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Editorial

Un cenotafio para Rosa

En el bicentenario de su nacimiento, Rosa Duarte Díez merece volver a su Patria

Rosa Duarte no pudo volver a Santo Domingo. Lo intentó hacia el final de su vida, pero la negativa a retornar de Manuel, el hermano menor con trastorno mental, hizo que desistiera. Solidaria, decidió quedarse en Caracas, Venezuela, para cuidar al hermano enfermo, igual que había hecho antes con su hermano héroe, Juan Pablo, y con su sacrificada madre, Manuela.

Era 1884. El ayuntamiento de Santo Domingo había concedido a Rosa y sus hermanos Francisca y Manuel, los Duarte Díez sobrevivientes en Caracas, un aporte de dos mil pesos para adquirir una casa en la capital dominicana y una pensión vitalicia de 45 pesos mensuales.

El gesto, tardío, no fue espontáneo. Llegó después de la dramática exposición que en 1883 hiciera uno de los tíos materno de los Duarte Díez, José Prudencio Díez, ante el Congreso Nacional dominicano, en la que informaba de la precaria situación económica de sus parientes y su deseo de regresar a la patria fundada por su hermano Juan Pablo, de la cual habían sido expulsados a perpetuidad treinta y ocho años antes.

Cabe recordar que Juan Pablo Duarte, en su labor independentista, tanto en 1844 contra los haitianos como en 1864 contra los españoles, había comprometido buena parte de su patrimonio y el de su familia; que su enfermedad menguó considerablemente los recursos de que disponía la misma; y que después de su muerte, en 1876, sus hermanos se quedaron sin su apoyo económico. De manera que, aunque no eran pobres de solemnidad, como afirma la antropóloga e historiadora Cecilia Ayala (1), los Duarte Díez atravesaban quizás su peor momento económico.

También vale mencionar que antes de la solicitud de José Prudencio al Congreso Nacional, los Duarte Díez jamás pidieron nada al gobierno dominicano a cambio de su labor patriótica. Por el contrario, vendieron varios de sus bienes para contribuir a la causa libertaria. Un ejemplo de esa generosidad quedó testimoniado en la carta que en 1844 escribiera desde Curazao Juan Pablo a su familia pidiéndole vender lo que poseía para destinar recursos a la lucha por la separación de Haití.


Invitación previa

Casi una década antes del ofrecimiento del ayuntamiento de Santo Domingo a los hermanos Duarte Díez, Juan Pablo había recibido, el 19 de febrero de 1875, una carta del presidente dominicano Ignacio María González, en la que le expresaba su deseo de que regresara a la Patria junto con su familia, para lo cual autorizó que le facilitaran los recursos correspondientes. La carta, que Juan Pablo no contestó, fue encontrada debajo de su almohada, aún dentro de su sobre, el día de su muerte. El historiador Pedro Troncoso Sánchez cree que Juan Pablo leyó la carta pero no pudo contestarla por el agravamiento de su quebranto de salud; en cambio, Crispín Ayala Duarte, descendiente de esta ilustre familia, piensa que ni siquiera quiso abrirla, aparentemente desencantado por la indiferencia de que había sido objeto y por las recurrentes crisis políticas del país.

Por otra parte, el 11 de diciembre de ese mismo año, el héroe de la Restauración de la República, general Gregorio Luperón, propuso a la membrecía de la Sociedad Liga de la Paz, de Puerto Plata, reunir fondos para facilitar el regreso al país de Juan Pablo Duarte, “benemeritísimo patriota, Padre de la Patria y mártir de todas nuestras contiendas”. Treinta un años después de la Independencia Nacional, despertaba el interés por el retorno de Duarte a su Patria, pero era tarde para él: moriría unos meses después.


Morir donde se meció mi cuna        


Rosa sí quería volver. En carta de 1885 a Emiliano Tejera, escritor, político y gran amigo de la familia Duarte Díez, las hermanas manifiestan su deseo de que “vayamos a morir en donde se meció mi cuna, en donde únicamente se encuentra el verdadero reposo, la verdadera felicidad”. En otra misiva al mismo Tejera, pero de 1888, en la que lamentan “la deplorable situación que está atravesando el país”, reconocen que “en particular somos nosotros (los culpables), que en lugar de andar errantes debíamos haber vuelto a morir al pie de nuestra bandera”.

Pero se quedó para cuidar a Manuel. Rosa Duarte Díez murió de disentería a las 10 de la noche del 25 de octubre de 1888, en la calle Sur, casa nº129, de la parroquia Santa Rosalía, Caracas, y fue sepultada al día siguiente en la fosa nº 1428, 2º cuartel de la sección 77, Cementerio General del Sur, también conocido como Tierra de Jugo, de la capital venezolana (2).

Durante décadas, varios gobiernos dominicanos pudieron haber hecho el esfuerzo de exhumar sus restos y trasladarlos a Santo Domingo, como merecen ella y todos los Duarte Díez. Ya es imposible. Según Cecilia Ayala, la sección 77 del citado cementerio fue removida con fines de ampliación. Los restos venerables de Rosa están esparcidos junto a los de numerosos hermanos venezolanos.


El cenotafio, una forma de regreso

La historia permite el cenotafio o tumba vacía para rendir tributo a los héroes y personas prominentes cuyos cuerpos no se hayan encontrado. Rosa Duarte, hermana predilecta del Padre de la Patria, colaboradora de la sociedad secreta La Trinitaria fundada por Juan Pablo para independizarnos de Haití, fabricante de balas junto a su maestro balero y novio trinitario Tomás de la Concha, soporte espiritual y económico de su familia en el país y en el extranjero, cuidadora de la obra y del legado de su insigne hermano, autora de los valiosos “Apuntes” a través de los cuales se conoce documentalmente a Juan Pablo Duarte, y por todo esto, declarada Heroína de la Patria por la Cámara de Diputados de la República Dominicana; merece un cenotafio que cumpla, aunque sea simbólicamente, su deseo de retornar a la Patria que ayudó a liberar. Esa tumba, vacía de huesos pero llena de agradecimiento, deberá estar en el Panteón de la Patria.

En el 200 aniversario del nacimiento de Rosa Duarte Díez, que se cumple este año 2020, queda en manos del actual gobierno propiciar su regreso.

Luis Martín Gómez

Editorialista colaborador

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