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Editorial

El alma de las cosas

Pedro Mir no es sólo nuestro gran poeta nacional. Es también un formidable historiador y un gran cronista.

De sus «Crónicas de ayer menos cuarto», (1970-1971), recuperamos para los lectores, a propósito de la cercanía de la Navidad, «El alma de las cosas», donde el Poeta Nacional resalta las luchas que ha librado el arbolito de Navidad, rechazado como pagano ayer, venerado como cristiano hoy:

El alma de las cosas
Pedro Mir (El Nacional, 10 de diciembre de 1970)

En un mundo convulsionado por la tragedia, por el sacrificio de los hombres en los campos de batalla, por los actos de violencia, por la angustia que sigue el destino de los nacionalistas vascos, que ha sacudido hasta a los gobernadores de Idaho y de Nevada, a miles de millas de distancia y separados, además, por las tradiciones y la lengua, apenas sí hay un sitio en el planeta hacia donde pueda dirigirse una mirada de sosiego.

Y estamos ya en los albores de la Navidad.

En algunos hogares llamea apaciblemente el clásico arbolito, con una aurora de mansedumbre hogareña. Parece ser, o quizás lo sea realmente, un símbolo de paz y solidaridad humana.

Sin embargo, no es absolutamente incierto que es también, o lo ha sido en otros tiempos, un símbolo de lucha. Todavía el arbolito risueño libra su propio combate, aunque en nuestro país, donde según parece no tiene una tradición muy antigua, apenas sí se vislumbran sus contradicciones.

El arbolito tiene un viejo rival que es el “nacimiento”, el conjunto de figuritas que reproducen el nacimiento o natividad del Niño Jesús en el pesebre.

En otros países, los dos símbolos navideños se excluyen y repelen. En la casa donde se construye el nacimiento se desplaza el arbolito y viceversa.

Entre nosotros, no. A veces el pesebre se organiza debajo del arbolito, en una incongruencia geográfica sumamente divertida, donde se mezclan alusiones desérticas gratas a los camellos, con alusiones invernales y nórdicas dulces para la escarcha. Todo esto, en la tropicalidad antillana, bajo una sacrosanta y neumónica llovizna.

Lo que aparentemente luce como una controversia religiosa, ya que el árbol de Navidad domina los hogares protestantes y el “nacimiento” los hogares católicos, en verdad se dirige, con más inteligencia que el Papa, hacia la unidad cristiana.

Y el milagro es obra de la propaganda comercial y de la actividad de los recursos técnicos modernos. Una bola dorada que centellea cuando la hieren los bombillos intermitentes, es una tentación para las mariposas nocturnas y para los padres diurnos.

Y en estos últimos años, los propios bombillos se convierten en bolas, muy parecidos a las lámparas chinescas que se usaron hace treinta o cuarenta años.

En el pasado, no obstante, el arbolito afrontó sus luchas de manera más activa y fragosa. Por su origen pagano debía encontrar resistencia en el seno del cristianismo.

Según cuentan las crónicas, fue San Bonifacio quien tradujo a términos de cristiandad la tradición pagana del árbol. Los vapores de la niñez. El Tesoro de la Juventud todavía nos trae la imagen del misionero destruyendo el árbol de Odín en las tinieblas germánicas, para traer el mensaje de la cristiandad.

De modo que, sólo por un artificio inteligente, el abeto pasaba a incorporarse a las tradiciones navideñas, ocultando graciosamente su oscuro pasado.

Las cosas se enfrentan así, oscuramente, en las sombras que descienden cuando los niños, y a veces los padres, se entregan al sueño profundo.

En un mundo estremecido por un aliento belicoso, en el que se percibe el rumor de la miseria y la opresión, y donde las fuerzas más escalofriantes se organizan para la tragedia, también las pequeñas cosas libran sus propias batallas.

Algunos filósofos aseveran que en el seno de toda sustancia, madera o marfil, alabastro o pan de fruta, más allá de las moléculas y los átomos, la materia esencial está constituida por equipos de electrones y diminutos batallones de neutrones y otros combatientes en el campo de batalla de lo infinitamente pequeño.

Sin prestar mucha atención a esos divertimentos de sabios, no hay duda de que el arbolito de Navidad es un viejo luchador. Los puritanos lo proscribieron en Estados Unidos, por su origen pagano, hasta mediados del siglo pasado.

Ahora, en Navidad, se levanta orgulloso ante la Casa Blanca. Y con el mismo orgullo, y además lleno de juguetes, dicen que se levanta también en el Kremlin.

Pero en el seno de su alma nocturna, quién sabe qué reconditeces remontan el vuelo para solidarizarse con los luchadores vascos. Es posible que hasta ciertos árboles sean sensibles a confraternidad humana.

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