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Euri Cabral

Solidaridad y amor con Haití

 

El pueblo haitiano sufrió este sábado 14 de agosto otra gran tragedia humana. Un nuevo terremoto, de magnitud 7.2 en la escala richter, afectó a esa nación hermana y ha provocado una gran cantidad de perdidas humanas y materiales, colocando ese sufrido país en un momento de mucho dolor, necesidad de auxilio y ayuda de todo el mundo.

            Este nuevo sismo, recuerda el muy lamentable y doloroso ocurrido hace 10 años, el 12 de enero de 2011, con una maginitud de 7 en la escala richter, que de acuerdo a cifras de las autoridades haitianas de ese momento, dejó una secuela de 316 mil personas fallecidas, 350 mil heridas, y más de un millón y medio sin hogares. Por esos trágicos resultados, ese terremoto ocurrrido en Haití en el 2010 ha sido considerado como una de las más graves catástrofes humanitarias de la historia.

 

            El pueblo haitiano tiene un devenir caracterizado, desde su nacimiento, por grandes y graves tragedias, momentos de enfrentamientos y luchas llenos de sangre y dolor, y una inestabilidad política y social casi permanente. Haití fue la primera nación de América Latina en lograr su independencia, el 1ero de enero de 1804, después de ganarle la guerra al ejército francés, en una acción libertadora muy sanguinaria, donde los haitianos, lidereados por Toussaint Louverture, lograron crear la primera nación negra libre de todo el planeta. 

 

            Pero ese manto de agresividad y lucha sin límites, ha marcado la historia de Haití. Luchas constantes en guerras civiles internas, golpes de Estado, asesinatos de mandatarios y una de las dictaduras más sanguinaria y criminal de todo el continente (los Duvalier), ha sido una constante en el devenir histórico de este pueblo hermano, que ocupa la parte este de una de las pocas islas del mundo donde conviven dos naciones.

 

            Hace poco más de un mes, el pasado día 7 de julio, fue asesinado a tiros en su propia casa y luego de ser brutalmente torturado, el presidente haitiano Juvenel Moíse, en una acción sorprendente que ha consternado a todos los gobernantes y naciones del mundo. Ese crimen, que todavía no ha sido aclarado, mantenía ese país hermano en una situación muy especial desde el punto de vista político y social, sobretodo porque hay un proceso electoral muy cercano con la finalidad de elegir un nuevo presidente y restaurar el congreso que había sido suprimido, precisamente, por el asesinado presidente Moíse.

 

             De este nuevo terremoto en Haití, las reales consecuencias la sabremos en las próximas semanas, pero se prevee que serán también muy dolorosas y profundas. Sus secuelas levantan un manto de duda y de temor sobre qué pasará en términos políticos y sociales en esta nación, que es una de las más pobres del mundo. Lo que si está bastante claro es que los dominicanos, que somos sus hermanos más cercanos, debemos nuevamente extender la mano solidaria y la más amplia ayuda al pueblo hatiano.

 

             En el 2010, cuando se produjo aquel fatídico terremoto en Haití, el presidente de entonces, el doctor Leonel Fernández, su gobierno y todo el pueblo dominicano, se volcaron en una solidaridad sin límites para nuestros vecinos. En este momento, ante esta nueva tragedia, el presidente Abinader, el gobierno y todos los sectores de la sociedad dominicana debemos repetir y multiplicar aquella acción solidaria de hace 10 años y volcar todo nuestro amor y solidaridad por Haití, una nación pobre y necesitada, que es una especie de hermano siamés de los dominicanos.

            Para quienes tenemos a Jesús como Señor y Salvador de nuestras vidas, es necesario no solo brindar un gran abrazo solidario y ayuda material a los haitianos en este momento, sino y sobretodo ofrecerles una gran ayuda espiritual. Debemos orar mucho por ellos, debemos apoyar las misiones cristianas que desde hace tiempo están poblando los pueblos y campos haitianos para llevarles el mensaje de Jesús, y sacarlos de sectas oscuras y malignas que tienen mucha fuerza e incidencia en la población de ese país, las cuales fueron impulsadas y enraizadas por la dictadura de los Duvalier. 

            Debemos estar convencidos que lo que ha sucedido en Haití no es un castigo de Dios, pues tal y como dice Santiago 1:17, de Dios no viene nada malo, todo lo que viene de Dios es bueno. Dios ama y quiere lo mejor para el pueblo haitiano y para todos los pueblos del mundo. Y nosotros, lo que seguimos las enseñanzas de Jesús, debemos multiplicar, hoy más que nunca, nuestro amor y nuestra solidaridad con los hermanos haitianos. Tal y como nos enseñó Jesús. 

Euri Cabral

Economista y Comunicador

euricabral07@gmail.com

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