Luis Brito
Por una ley de desarme
El año que recién inicia los dominicanos tenemos muchos temas de agenda sobre los cuales procuraremos su solución, si no avanzar en el proceso de superarlos.
Cada ciudadano prioriza sus inquietudes en función del tema que le interese. Así lo establece una encuesta de El Nuevo Diario, en la que se dividen opiniones cuando se pregunta sobre asuntos de inmigración haitiana, corrupción, delincuencia, energía eléctrica y empleo.
Yo, en lo particular, tengo mi prioridad en los asuntos que los dominicanos tenemos por delante para solucionar. Es el desarme de la población, retirar todas las armas de fuego que hay en manos de civiles.
Es una cuestión de vital importancia, única opción para parar ya la violencia y la criminalidad que amenaza seriamente con extinguirnos, con diezmarnos.
No basta con discursos politiqueros, oportunistas y aventureros, de los cuales hemos escuchado tantos como el número de armas que hay en las calles, y sin embargo no ha habido solución al problema. Y no la puede haber porque en la clase política, toda, no ha habido seriedad, voluntad ni firmeza en encarar esta tragedia.
Se necesita que alguien dé un paso en firme y someta al debate del Congreso Nacional una Ley Nacional de Desarme, que procure dos aspectos esenciales: El retiro masivo y absoluto de todo material bélico de las calles, y encarecer enormemente la compra y posesión de un arma de fuego.
También conllevaría multas alarmantes por el monto alto a pagar, y prisión desde cinco a 20 años para todo aquel que porte o posea un revólver, una pistola u otro artefacto similar en violación a la Ley en cuestión.
En esa Ley el legislador debe establecer parámetros de precios prácticamente inalcanzables para la compra de un arma, y más inalcanzables aún los impuestos a pagar para la expedición y renovación de licencia para el porte y tenencia.
¿De qué hablamos? Que casi nadie atine a invertir una fortuna, un “montón” de dinero, para adquirir un arma. Es lo mejor que le puede pasar al país.
Un arma no es una necesidad (sin ella podemos vivir, con ella podemos morir) obviamente cuando estemos seguros de que el submundo delincuencial haya sido despojado de las armas. Es ahí donde las autoridades, al aplicar la Ley que proponemos, deben emplearse a fondo, muy a fondo.
Esta luce una idea ilusa y utópica, pues los legisladores forman parte del problema, proveyéndoles armas a sus cuadros, seguidores y acólitos.
Solo desear que ojalá y se dé el milagro.