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Carlos Martínez Márquez

Opusculo de añoranza.

’El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsado’’. Jean Paul

La escuelita hogar de la profesora Estela, sigue estando allí en la memoria de aquel tímido mozalbete, muerto de miedo, taciturno y ensimismado. Y con la difícil tarea de abrir la boca ante los demás, para participar en clase. Para aquel entonces, ya estaba en condiciones de controlar sus esfínteres, más sin embargo, no era capaz de comunicarle a la maestra, Estela, cuando deseaba pasar al excusado, para cualquier emergencia que se le presentase en el ínterin de la clase. Le era traumático pedir permiso, para realizar alguna necesidad que le hiciera verse en  apuros.

Era un día grandioso de inicio de primavera; su madre había dado de desayuno lo que más le encantaba: una rica avena con leche auténticamente de vaca y sin preservantes; aquel desayuno de cereal y tostada que degustaba con su hermana menor, sentados en la mesa, fue óbice para que pudiera lidiar con aquella emergencia inexorable, en donde las moscas hicieron asomo repentino, en todo el entorno que albergaba al resto de sus compañeritos. Ya era tarde para pararse de su sillita de guano y madera, la que solía llevar todos los días en su bracito derecho, y cuando no, encima de su cabeza. Aquel episodio fue todo un desastre e inolvidable, que aun late en su memoria.

Siempre he dicho que los niños jamás olvidan. La memoria es el mejor documento que archiva el cerebro de todos los acontecimientos que transcurren en días, en años, en horas y minutos en la vida de cada quien, para bien o para mal. Por suerte, cuando llegue al mundo de los vivos, de los buitres y de los lobos, llegue al seno de una familia, que supo darme afectos y cariño todo el tiempo. ¿Qué mejor regalo nos diera la vida, como la de convivir en una familia aristocráticamente humilde y de buenos sentimientos? Es algo en la que vivo apegado a mis raíces, siempre. Mis ancestros sembraron la semilla de todo en cuanto he sido a lo largo de mi existencia. Sigo siendo aquel mozalbete lleno de ilusiones, de esperanzas y de realizaciones. Sueño con un mejor país, y en la que su gente tenga la misma suerte que la mía, de nacer en una familia con principios éticos y morales; es (sencillamente) la base de una sociedad en avances. La educación es un accesorio que nos prepara para la vida, pero la crianza, es el alma de todo. Es la anatomía que por su estructura y fortaleza, nos da el soporte e inteligencia emocional, para enfrentar la vida con mucha filosofía, desafiarla y retarla del modo que nos propicie las circunstancias, como para emprender con ahínco, todo propósito, que conlleve a fortalecer a la familia y librarla de caer en desaciertos inoportunos.

La caligrafía Palmer y el libro de Coquito, fue a lo primero que eche manos. La ortografía por demás, era una necesidad, para dar calidad a los manuscritos. La maestra Estela, enseñaba con mucha entereza y cautela. Yo era dueño de una caligrafía única y ortodoxa. Mi hermana menor y yo, heredamos las letras de nuestra madre, quien apenas alcanzo un tercer grado de primaria, cuando en aquellos tiempos, a mediados de siglo 20, enseñaban con mucha eficacia y los niños eran alfabetizados a muy temprana edad.

¿Cómo olvidar aquella década en la que nací, cuando mis mejores años fueron en aquellos, que empecé a escuchar canciones del ayer tanto en lo romántico, afroantillano y anglosajón? El frio frio, el choco-choco, la pulpa de tamarindo, y los famosos helados Imperiales y helados Capri, en la que todas las tardes, mi madre nos llevaba a degustarlos. Los programas de radio, y televisión, con tan solo dos canales locales, ni soñar en aquel entonces con dispositivos de alta tecnologías y otros tipos de comodidades que nos mantuvieran comunicados como ahora. Eso era impensable; pero créanme, que nunca me fue necesario nada de eso, porque viví una época sana, de gente de buena fe, más solidarias y más entregadas a la familia y a sus amigos. Todo aquello era una especie de  ‘’Macondo’’ en mi imaginación (guardo cierta distancia con la descripción del macondo del Gabo, respecto a lo que retrato en mis recuerdos, con buenos calificativos y adjetivos que enarbolaban las cosas buenas de entonces) pero en tiempo real. Los pachulíes, la esencia del aire que respirábamos, el sabor criollo de la comida de entonces, eran único en cada hogar capitalino. Las calles, las navidades, los venduteros de a pie, el manicero, el sujeto que vendía el famoso ‘’borracho’’ que todas las tardes pasaba por los barrios, etc.; esas tradiciones eran insoslayables e importantes para documentarlo en mis gratos recuerdos. Esos tiempos, ya no volverán, pero en mi memoria reposan de por vida.

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