Juan Barek
Debemos dejar en Dios todas nuestras cargas
No digo que no podamos o que no debamos dejar en Dios todas nuestras cargas, lo que digo es que preocupa que esto se lo haga transformando la alabanza en un anti-estresante.
Pero si bien por un lado unos buscan su libertad en el libertinaje, por el otro hallamos a quienes buscan su libertad en la religión.
Innumerables ocasiones me he preguntado cómo muchas personas pueden so-portar todas las imposiciones que muchas iglesias les imputan para seguir a Dios. No comer esto o aquello, vestirse de esta o de aquella manera, someterse a tal o cual auto-ridad, la misma que de manera arbitraria hace cuanto le viene en gana con su congre-gación. Aunque parece insólito existe este tipo de iglesias y movimientos religiosos y existen personas que asisten a los mismos. Martín Lutero antes de descubrir la verdad del evangelio fue un ejemplo de este tipo de personas.
La angustia y el miedo eran dueños de su vida y lo manipulaban a su antojo. El Dios iracundo y justiciero que conoció debido a sus clases de religión lo atemorizaba y lo empujaba a buscar la salvación a toda costa. Su carácter excéntrico hizo que en el monasterio en que estudiaba le impusieran el lavado de pisos por muchos años, lo cual aceptó Lutero con agrado. Él suponía que de esta manera purgaba todas las culpas que llevaba en su corazón. A toda costa pretendía complacer con sus obras a un Dios tirano cuyas exigencias de la ley para poder ser salvos eran inconcebibles para un mortal.
En la película misión, sobre la vida de los primeros jesuitas que trajeron la reli-gión católica a los pueblos Aymaras del amazonas, se ve otro ejemplo de este anhelo de purgar las culpas personales por medio de la autoflagelación y el castigo continuo. Un traficante de esclavos negros halla a su hermano teniendo intimidad con su novia y f-tura esposa y para evitar reaccionar de mala manera sale del lugar.
No obstante, su her-mano lo persigue hasta la calle donde lo reta. El hombre saca su espada y se bate con su hermano en un duelo en el cual sale victorioso pues pone a su hermano entre la espada y la pared. Sin embargo no lo mata, sólo le pide que lo deje en paz. El hombre se aleja y su hermano lo sigue atrás para atacarlo por la espalda. En una reacción instintiva, pro-pia de un traficante de esclavos, el hombre saca un pequeño cuchillo y apuñala a su hermano, el cual muere de inmediato.
Desde este punto y casi a lo largo de la mitad de la película vemos a este hombre sufriendo la cárcel, el frío, y el sufrimiento que el mismo se infringe buscando librarse de la culpa que lo atormenta. Quien había sido un traficante se convierte en sirviente de un monje jesuita y lleva a cuestas todas la armadura y demás cosas necesarias para una expedición al corazón del amazonas en busca de llevar el evangelio a los pueblos indí-genas de la zona. Por más que sus acompañantes cortan la cuerda y votan el tremendo peso que carga sobre sí al fondo de un barranco para que ya deje de atormentarse de esa manera, él desciende y una vez más sube por pendiente y peligrosos acantilados con su carga a cuestas. Podían pues cortar la cuerda de aquella carga física, pero nadie hallaba la forma de cortar con la pesada carga de culpa que llevaba dentro. No quiero contarte toda la película pero sólo déjame decirte que al final logró sacar de su corazón ese peso de culpa a través del amor de Dios y de sus amigos.Qué hacemos con este tipo de religiosidad. Aquella que busca liberar al hombre de la culpa que lo persigue y que no lo deja ser feliz.
Tampoco la religión que atormenta al hombre, aprovechando su culpa es de D-os. Aunque tenga una gran cruz en la entrada y se llame cristiana, si en su interior v-mos al pastor o al grupo de liderazgo aprovechándose de la gente que viene cargada de culpa, esa iglesia no representa a Cristo sino a Lucifer pues él es el acusador de nuestros hermanos como lo describe Apocalipsis 12:10-11
Así fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y S-tanás, y que engaña al mundo entero. Junto con sus ángeles, fue arrojado a la tierra.
Luego oí en el cielo un gran clamor: "Han llegado ya la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios; ha llegado ya la autoridad de su Cristo. Porque ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y por el mensaje del c-al dieron testimonio.
No es ésta tampoco la forma de conseguir la libertad. En definitiva vemos que en lugar de conseguir la libertad, tanto el libertinaje como el legalismo no logran librar-nos de la esclavitud a la que como personas y como humanidad estamos sometidos. La búsqueda del hombre por la libertad se ha vuelto una carrera desenfrenada por conse-guir las mejores cadenas para nuestras vidas.
Lo cierto es que sólo en Cristo tenemos plena libertad, la redención de nuestros pecados y la vida plena. Quizá esto que hemos estado comentando era algo a lo que debió enfrentarse Pablo en su apostolado. Una de las cartas que mejor refleja esta si-tuación es la que dirige a las iglesias que se encuentran en Galacia, esto es la epístola de Pablo a los Gálatas. En los seis capítulos que componen esta carta encontramos de m-nera contundente como pablo enfrenta ambos problemas.
En Gálatas 5:13 dice Porque vosotros, hermanos, a libertad habéis sido llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión a la carne, sino servíos por amor los unos á los otros. Buscando cuidar a la iglesia de buscar la libertad en el libertinaje y en Gálatas 5:1 dice: Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no volváis otra vez á ser presos en el yugo de servidumbre. Buscando que tampoco se busque la libertad en el legalismo que pro-duce al igual que el libertinaje, servidumbre en lugar de libertad.
Para Pablo solo hay un camino seguro para obtener libertad del pecado y su et-erno aliado la culpa: Cristo. Y a lo largo de la carta a los Gálatas, Pablo mismo nos da la razón por la cual él cree que sólo en Cristo se puede hallar libertad y esta es el funda-mento divino sobre el cual se erige todo el edificio de salvación del evangelio.