Santo Domingo RD.- En los rincones más olvidados de Trench Town, un barrio marginal de Kingston que muchos llamaban «cloaca abierta», no era extraño encontrarse a un adolescente de mirada esquiva, pasmado frente a un improvisado taller de soldadura. Ese joven aprendiz, que respondía al nombre de Robert Nesta Marley, observaba el mundo con un asombro que pronto se transformaría en el grito poético de una generación.
Bob Marley nació el 6 de febrero de 1945 en Nine Mile, un pequeño pueblo en la parroquia de Saint Ann. Su madre era una joven negra de raíces campesinas, mientras que su padre era un supervisor blanco que casi nunca estuvo presente y cuya familia desheredó por aquel matrimonio. Esa condición mestiza, combinada con la pobreza extrema de los suburbios, le permitió a Bob construir una mirada doble: entendía el mundo desde la herida, pero también desde la promesa.
El chico que hojeaba revistas de astrología en vez de jugar al fútbol dio sus primeros pasos en la música junto a Peter Tosh y Bunny Wailer, con quienes formó The Wailers en 1963. Pronto dejarían de imitar a los artistas extranjeros que sonaban en la radio para narrar, en clave de ska y rocksteady, las historias crudas de los rude boys del gueto. Ese giro fue revolucionario: por primera vez la música popular jamaicana hablaba con la voz de sus propios marginados.
Pero lo que terminaría por definir la leyenda no fue solo la música; fue el misticismo. En los años 60, Bob se sumergió en el movimiento rastafari, una espiritualidad afrocéntrica que ve en Etiopía la tierra prometida y en el emperador Haile Selassie I la encarnación de lo divino. Según indica el sitio oficial bobmarley.com, a partir de entonces su obra se volvió inseparable de un mensaje de paz, justicia y resistencia espiritual. Más que un cantante, Marley era visto como un amplificador pop de un culto que hasta entonces resultaba marginal incluso en su propia isla.
Sus canciones se convirtieron en himnos que cruzaban océanos. No Woman, No Cry rememoraba las noches de hambre en las barriadas de Kingston, mientras que Redemption Song destilaba un llamado íntimo a la liberación mental. El disco Exodus, compuesto en Londres tras un atentado que casi le cuesta la vida, fue elegido por la revista Time como el álbum más importante del siglo XX: una obra que, en palabras de la publicación, supo ser «un nexo político y cultural, que se nutre del Tercer Mundo para devolverle una voz al planeta entero».
El año 1976 marcó un antes y un después. En medio de una Jamaica dividida por el enfrentamiento entre el Partido Nacional del Pueblo y el Partido Laborista, Marley aceptó participar en el concierto Smile Jamaica. Dos días antes, un grupo de hombres armados irrumpió en su casa y le disparó a él, a su esposa Rita y a su representante. Bob recibió un balazo en el brazo. A pesar de la conmoción, se presentó frente a 80 000 personas con el torso vendado. «Los que hacen daño al mundo no descansan», dijo. «¿Cómo voy a descansar yo?».
El desgaste físico, sin embargo, había comenzado. En 1977, mientras jugaba un partido de fútbol en París, se lastimó el dedo gordo del pie. La herida no cicatrizaba. Una biopsia reveló una forma de cáncer de piel muy agresiva.
Los médicos recomendaron la amputación del dedo para evitar la propagación, pero Marley se negó: su fe rastafari consideraba el cuerpo como un templo que no debía mutilarse. La enfermedad avanzó lentamente mientras él seguía componiendo, grabando y subiéndose a los escenarios de Europa y Estados Unidos.
A principios de 1981, el cáncer ya había hecho metástasis. En un intento por prolongar su vida, viajó a Alemania para recibir un tratamiento alternativo a cargo del doctor Josef Issels, pero ya era tarde. El 11 de mayo de 1981, con 36 años, murió en un hospital de Miami.
Poco antes, había sido bautizado en la Iglesia Ortodoxa Etiope con el nombre de Berhane Selassie (Luz de la Trinidad), lo que algunos interpretaron como un regreso a las raíces cristianas de su infancia, aunque el debate sobre si aquello supuso un abandono del rastafari nunca se ha cerrado del todo.
En la muerte, la leyenda explotó. El Gobierno de Jamaica le concedió la Orden del Mérito. Su compilación póstuma Legend, lanzada en 1984, se convirtió en el disco de reggae más vendido de todos los tiempos, con más de 28 millones de copias en todo el mundo, de acuerdo con Universal Music.
Naciones Unidas ya le había entregado en 1978 la Medalla de la Paz, y en 2018 la Unesco declaró el reggae Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo explícitamente el papel de Marley como «vehículo de opiniones sociales» y medio de expresión del conjunto de la población jamaicana.

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