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José Carvajal

Pasado y futuro de la literatura dominicana

La mejor literatura dominicana está en esos libros del ayer que casi nadie abre ni lee. Creo que la hojarasca literaria del presente se formó después del ciclón David, a finales de los años 70. Y en caso que se pueda hablar de esperanzas, no veo estas sino en esos jóvenes y novísimos escritores pertenecientes a ese período que los expertos en sociología llaman «Generación del Milenio». Lamentablemente de lo publicado entre 1980 y 2000 hay muy poca literatura dominicana salvable. Al parecer fue mucho lo que sucumbió a los cambios ideológicos, la falta de preparación y la manipulación política de las últimas dos décadas del siglo XX.

Llego a esta conclusión luego de pasarme casi tres años sin hacer otra cosa que no fuera leer y estudiar obras dominicanas de todas las épocas y todos los géneros. El cambio en calidad y profundidad se nota como si se tratara de un viaje por una buena carretera que de repente comienza a tener grietas y pequeños huecos que se hacen cada vez más grandes mientras avanzamos, hasta formar un abismo donde reina la oscuridad y se escucha el eco de ánimas en pena.

En el inicio de la novela «Conversación en La Catedral» uno de los personajes de Mario Vargas Llosa se pregunta «¿En qué momento se jodió el Perú?», y ahora yo hago lo propio en relación con este tema que para algunos puede resultar banal pero para mí es de extrema importancia: ¿En qué momento se jodió la literatura dominicana?

La mención del ciclón David al inicio de este artículo es solo una manera de establecer un punto de partida del mal que padecemos; y es también una metáfora, porque un fenómeno natural no discrimina a la hora de llevarse todo por delante; deja solo hojarasca y escombros en su trayecto. En el caso de la literatura dominicana el «meteoro» parece no tener nombre todavía; algún literato experto en sociología debería bautizar ese «agujero negro» de veinte años, para poder entender la verdadera causa de la debacle de nuestras letras. Uno podría especular que el problema se origina en el sistema de educación, o que radica en la política, en la facilidad con que algunos «letrados iletrados» (el falso espejo y su imagen) llegan a formar parte de la cultura asalariada, en la crítica complaciente, en la falta de un público lector atento y exigente, en lo fácil que resulta fabricar un éxito virtual que solo busca aplausos y que a nadie le interesa comprobar la triste realidad del que se lo inventa. Pero esas son cosas extraliterarias que se diluyen en la «nada cotidiana». Lo otro, lo serio, lo cuestionable, está en esos textos malogrados de renombrados y falsamente encumbrados poetas y escritores que se empeñan en ser sin preocuparse del saber. El vacío está ahí en casi todo, hasta en lo que aparenta lleno.

En realidad, a nadie parece interesarle demasiado la salud de la literatura dominicana. La mayoría de los buenos y muy pocos críticos que hemos tenido ya murieron y los que aun viven parecen haber cedido al cansancio que deriva del predicar en el desierto, donde nadie escucha; otros dan la impresión de haber acomodado sus vidas a los beneficios de colaborar con los estrechos círculos del poder político, al discurso de la adulación o a la burocracia empresarial.

De 1980 a 2000 ocurrieron muchos cambios en el mundo que sin duda afectaron el pensamiento insular. Pero desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el ciclón David, en 1979, la literatura dominicana contó con escritores que lograron la excelencia que debemos envidiar en nuestro tiempo. ¿Quién pone en duda, por ejemplo, para mencionar solo algunos, la calidad de Félix María del Monte, Salomé Ureña, José Joaquín Pérez, Gaston F. Deligne, Federico Bermúdez, Osvaldo Bazil, Fabio Fiallo, Manuel de Jesús Galván, Américo Lugo, Federico García Godoy, Manuel F. Cestero, Domingo Moreno Jimenes, Tomás Hernández Franco o los hermanos (Pedro, Max y Camila) Henríquez Ureña?

Cabe destacar también que en aquel entonces los que no se consideraban buenos tenían la valentía de reconocerlo públicamente. El mejor ejemplo de esto último, y el más noble de todos, fue Emilio Prud’homme, el venerado autor del Himno Nacional dominicano. En un artículo publicado en 1897 en Listín Diario, lo contó de esta manera:

«En 1883, hace 14 años, me invitó el señor [José] Reyes a que escribiera un himno a la patria para él ponerle música. Accedí a la invitación y compuse con entusiasmo sí, pero sin aptitudes, las pobres y desgraciadas estrofas con las cuales desde entonces se había venido cantando el famoso himno del Maestro Reyes.

«Cuando escribí las dichas estrofas era yo un joven principiante falto de conocimiento.

«Lo único que me animaba era la buena voluntad. Así salió aquello como Dios quiso.

«Por desdicha mía yo no he avanzado gran cosa en materia de conocimientos. Pero siempre el haber soltado una parte de la ruda corteza que me envolvía al principio me sirvió para reconocer que mi himno era una obra sumamente defectuosa.»

[…]

«Por respeto a la literatura nacional y por mi propio decoro de aficionado a la literatura ya que la benevolencia de mis amigos me han hecho figurar entre los que escriben en este país debía yo tratar de corregir mi himno, y en efecto lo corregí meses atrás con el propósito de publicarlo este 27 de febrero que acaba de pasar.»

Antes de concluir, saludando esa histórica autocrítica de Prud’homme, quiero subrayar que a lo largo del siglo XX República Dominicana fue también escenario de movimientos literarios que abrieron ventanas hacia los patios interiores, como reflejo o rechazo de las vanguardias trasatlánticas y en algunos aspectos de las corrientes literarias de esa tierra firme que conquistó el humanista mayor de la «América morena»: Pedro Henríquez Ureña, tan hijo de nuestra insularidad como aquel Whitman de Manhattan.

En fin, creo que la literatura dominicana venía por buen camino y se accidentó de mala manera en medio de las ráfagas del ciclón David.

 

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