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Rafael Cox Alomar

La ruptura soberanista

Dejó de ser un secreto. Del rumor ni el rastro queda. Todo tiende a indicar que en breve hará su debut un nuevo partido político de orientación soberanista, cuyo nombre aún desconocemos.

No es ni la primera ni la última vez que habrá de surgir en Puerto Rico un partido político de corte ideológico cuyo único fin sea intentar destrancar el tranque de nuestro status político. De hecho nuestra historia política está plagada de tales experimentos. Esa ha sido la constante y no la excepción. Desde el momento mismo que surgió nuestra partidocracia a finales de 1870 con la fundación del Partido Liberal Reformista a manos de José Julián Acosta y José Celis Aguilera el récord histórico ha estado repleto de rompimientos, coaliciones, mogollas y rupturas.

Ahí el Partido de la Independencia de 1912 que surgió de la ruptura en el seno del Partido Unión y del rompimiento entre Matienzo Cintrón y Muñoz Rivera; el Partido Nacionalista de 1922 de José Alegría y José Coll y Cuchí que nació al calor del Proyecto Campbell y de la reorientación ideológica del Partido Unión bajo el liderato de Antonio Barceló; la Unificación Puertorriqueña Tripartita de 1940 entre liberales, socialistas y republicanos; los efímeros Partido Unión Puertorriqueña de Antonio J. González y Partido Auténtico Soberanista de Jorge Luis Landing; el Partido Socialista de Juan Mari Bras; el Partido de la Renovación de Hernán Padilla; y el invisible y ya irrelevante Puertorriqueños por Puerto Rico. La lista es francamente interminable.

Ahora bien, para aquellos de nosotros (dentro y fuera del PPD) que creemos firmemente en la consecución de mayores poderes políticos para Puerto Rico a través del cauce autonomista nada sería más contraproducente en la hora actual que caer en la trampa de la división electoral. Nada más repulsivo a nuestros propios valores. Nada más dañino a los propios intereses del País. Caer en la balcanización electoral por mero protagonismo es sucumbir al “platonismo estéril” del que nos advirtió Muñoz Rivera y, de paso, darle un cheque en blanco a la turba de politiqueros del PNP para que terminen de destruir desde el más absoluto poder político lo que queda de nuestro país e intenten descaradamente hacer lo propio con nuestro ser nacional. ¿O acaso alguien se cree que vamos a redimensionar nuestra relación con los Estados Unidos mientras el PNP detente todos los resortes del poder político y manipule a su antojo todos sus recursos? ¿A quién se le ocurre que desde la más abyecta minoría política se va a Washington con suficiente legitimidad como para negociar con el Congreso transformaciones a nuestra actual (e imperfecta) relación política?

Es desde el poder político y no desde la endeble trinchera de la minoría electoral que se encaminan las grandes transformaciones. Esa es la realidad. Y esa realidad la entendieron a cabalidad tanto Muñoz Rivera como Muñoz Marín -gestores de las dos transformaciones constitucionales de mayor envergadura de nuestra trayectoria política.

Hace unos meses, en ocasión del natalicio de Muñoz Marín, tuve el privilegio de escuchar a un gran puertorriqueño -líder indiscutido del PPD- pronunciar las siguientes palabras: “[E]s necesaria una ruptura. Una ruptura que haga posible crear las condiciones políticas que viabilicen un nuevo proyecto de país [...] capaz de exiliar la politiquería y a los politiqueros, y hacer posible un regreso a la política ilustrada y capaz; a las convergencias para lograr una agenda común y el retorno a un servicio público entusiasta, visionario y honesto”. Es en la consecución de esa agenda trazada por William Miranda Marín (Q.E.P.D.) que se nos va la vida a los puertorriqueños. Pero para alcanzarla se impone la obligación moral de librar juntos las grandes batallas que se avecinan. La ruptura con lo podrido y lo caduco no se logra desde la ruptura electoral. Todo lo contrario. He ahí la trampa de la ruptura soberanista.

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