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Luis R. Decamps R.

La reivindicacion historica del balaguerismo

En abierto contraste con sus resonancias neoclásicas y sus proyecciones demagógicas, el pensamiento político del doctor Joaquín Balaguer, entendido como su pensar y saber en tanto figura conscientemente envuelta en las porfías del partidismo, se configuró entre nosotros -y en términos estrictamente históricos- como una auténtica ideología de la transición.

Las ideas políticas del doctor Balaguer no admiten encasillamientos ordinarios, pues aunque en su primera juventud se identificó con causas patrióticas y liberales, su posterior vinculación con el licenciado Rafael Estrella Ureña y, sobre todo, su “realista” conversión en prosélito de Rafael Leónidas Trujillo, supusieron una ruptura con las mismas: tras ser parte del movimiento que lideraba el tribuno filofascista cibaeño y respaldar al antiguo perseguidor de los “gavilleros” nacionalistas, terminó abrazando los grandes temas de la agenda conservadora de la época.

(Debe enfatizarse, en el mismo respecto, que el doctor Balaguer, sin ser de origen político trujillista -como ya se insinuó, su militancia original estuvo en el Partido Republicano de Estrella Ureña, quien era simpatizante de Benito Mussolini-, fue desde el principio hasta el fin uno de los artífices intelectuales y burocráticos de la dictadura, y el papel que desempeñó en el nacimiento de la democracia tras la decapitación de la tiranía en 1961 le sobrevendría en calidad de virtual albacea político de ésta -puesto que era en esos momentos el presidente fantoche de la república-, y no como demócrata convencido).

El “incidente” de Europa (un choque del cándido humanista con la realidad que implicó la cancelación de su nombramiento en legación dominicana de Madrid por la publicación del libro “Trujillo y su obra”, en la que hacía el elogio de Estrella Ureña sin saber que éste había “caído en desgracia” en el país) probablemente constituyó la primera gran lección de “política real” que recibió el joven Balaguer, y es casi seguro que influyó bastante en sus posteriores “mutaciones” conceptuales: en lo adelante jamás cayó en “gancho” ni se dejó dominar por la emoción o el sentimentalismo.

La ideología política balaguerista propiamente dicha no sólo se perfiló entre la agonía de la dictadura de Trujillo (a la que, valga la insistencia, le sirvió con conciencia y obsequiosidad) y el nacimiento de la democracia (proceso en el que participó por puro albur del devenir), sino que implicó -tanto en sentido ideológico como operativo- una virtual hibridación de la racionalidad de la primera con la de la segunda: en su mejor momento unos la definían como semidictatorial y otros como semidemocrática... Siempre en el punto medio, como los expertos equilibristas de circo.

(Una vez más: no debe confundirse el concepto de ideología con el de doctrina... Donde quiera que haya un conjunto más o menos organizado de creencias o ideas -aunque sean instintivas o primitivas- hay una ideología, pero para que ésta alcance la estatura de la doctrina requiere un cierto nivel de elaboración y sistematización conceptuales, es decir, convertirse en un cuerpo de concepciones basadas en reflexiones y razonamientos intelectualmente legibles y “trabajables”... Todos tenemos una o varias ideologías, pero no todos abrazamos una doctrina).

En los hechos, el doctor Balaguer, como político y estadista, siempre pareció vivir en una singular tensión entre el autoritarismo y la libertad... El escenario internacional de la Guerra Fría, siendo nuestra media isla parte del “patio trasero” de los Estados Unidos, le serviría de perfecta coartada para manejar esa tensión a su antojo... Sus dotes de cauto reformador (era un conservador con agallas, no un transformista de raza) empujaban las buenas ejecutorias, mientras que el “peligro comunista” excusaba las malas.

Como se ha dicho en otro lugar, la visión balaguerista de la política y el Estado, a diferencia de lo que creen prosélitos y adversarios, se encuentra más emparentada con los preceptos de Azorín que con los de Maquiavelo, independientemente de sus ya insinuados arrestos culturales humanísticos. O sea: el “librito” del español, patentizado para el siglo XX, le “cuadró” mejor que el del florentino, concebido para el medioevo... Ambos son lugares comunes, pero el viejo es menos sutil que el nuevo, y por consiguiente este último estaba más a tono con su “estilo”... Era la seda que cubría el garfio.

En adición a ello, conviene no olvidar que los reclamos balagueristas de “sentido práctico” y mucho de lo “zorruno” que se le atribuía, en realidad eran simples concesiones pragmáticas en el contexto de una estructura de ideas adscrita en buena parte, como ya se señaló, a los dogmas del neoclasicismo y a los viejos criterios sobre el gobierno como fuente “fundamental” de la autoridad social... Eran -ni más ni menos- las líneas maestras de la tan cacareada “realpolitik” de los europeos, pero aplatanada y con el conocido descaro caribeño.

En tal virtud, el balaguerismo dio a la luz gobiernos que entre los decenios de los años sesenta y setenta estuvieron en un punto medio entre dictadura y democracia -con oscilaciones coyunturales fácilmente identificables-, y desempeñaron con “éxito” en la República Dominicana el rol de “regímenes de seguridad nacional” -pautado por los intereses estadounidenses en el marco de la Guerra Fría- que en casi toda la América les correspondió a las dictaduras civiles o militares de derecha... Esos gobiernos fueron el equivalente político dominicano de tales dictaduras, pero con el doctor Balaguer -apoyado con delirio criminal por los uniformados, aunque él no exhibía ramos en las hombreras ni botas en los pies- como conductor indiscutible: una verdadera “dictablanda”.

(Se puede argüir que los últimos diez años de administración balaguerista no respondieron a ese esquema, pero se trataría de una verdad que exige salvedades: el fin de la “Guerra Fría” y el proceso de “democratización” de América Latina se produjeron en esta época invalidando las demandas de la “seguridad nacional” de los Estados Unidos y, por consiguiendo, haciendo inviable el pensamiento semidictatorial y los métodos del doctor Balaguer, exactamente del mismo modo que aconteció con las dictaduras civiles y militares de derecha en el resto del continente... Fue él mismo quien en un cierto momento de transparencia lo aseguró con limpieza: dijo que él no había cambiado “sino las circunstancias”).

El balaguerismo, desde luego, inicialmente fue una ideología neotrujillista (le dio refugio a los seguidores del dictador menos comprometidos con la depredación política y más dispuestos a insertarse en los nuevos espacios creados por la democracia) y “de Estado”, pero después devino el hábitat más cálido de las masas rurales del país, la clase media desarrollista y los círculos conservadores de las urbes, y concluyó siendo una ideología populista de derecha tipo “gatopardo”: promovía o hacía “cambios” para que nada cambiara... Las simpatías manifiestas de los Estados Unidos con el doctor Balaguer, sobre todo a partir de 1965, contribuyeron a cerrar el “circulo de fuego” de sus ideas, pero entrañan una dimensión de escrutinio intelectual que escapan al objeto de estas notas.

La “revolución sin sangre” prometida por el doctor Balaguer en la campaña electoral de 1966, aparte del reconocimiento y la crítica que implicaba respecto de la guerra recién concluida, resumía con bastante precisión el contenido “gatopardista” del balaguerismo: algunos cambios en las estructuras del Estado y la sociedad, pero no a la velocidad ni con la profundidad que pautaban sus adversarios del centro y de la izquierda, sino con la gradualidad que imponen los conservadores cuando reparan en la inevitabilidad de esas modificaciones... La apertura de las compuertas antes de que haya ruptura o desbordamientos.

El balaguerismo es, pues, y la reiteración es absolutamente necesaria, una ideología política que, como su exponente, desde el punto de vista ontológico se quedó a medio camino entre la dictadura y la democracia... Intentó muchas veces saltar las barreras del autoritarismo, pero casi siempre quedó trabada, y aún en sus momentos de mayor gloria -cuando estremecía en la tribuna pública a las multitudes con su verbo de profeta o disparaba desde los podios estatales sus refulgentes salvas hacia el porvenir- lució con un pie en el pasado y otro en el presente... De ahí que en la parte postrera de su vida personal y política hiciera lo impensable: prometer que haría “el gobierno que soñó desde niño”.

La victoria del balaguerismo sobre las restantes ideologías del período histórico posterior a la dictadura de Trujillo -asumido como de democracia, pero aún con múltiples tareas pendientes- es, a despecho de su carácter de ideología de la transición, un hecho evidente en la República Dominicana de hoy: la mayoría de los partidos, líderes, dirigentes banderizos, empresarios, ciudadanos y hacedores de opinión evocan, ensalzan, comparten, ponen en práctica y difunden sus “métodos”, sus concepciones sobre el Estado y, en general, el contenido esencial de su “saber político”... Es algo extraño y antidialéctico (como si el país caminara con el rostro vuelto hacia el pasado), pero absolutamente innegable.

Y -seamos sinceros- no se trata sólo de una victoria: también tiene visos de una reivindicación histórica, y parece estar relacionada, más que con su hibridez frente al fenómeno del manejo del poder o los dictámenes de la globalización y la era digital, con la decadencia de la cultura, el incremento de la ignorancia, la crisis de identidad del partidismo y el subsecuente declive de las apuestas por el bien común en la sociedad dominicana del siglo XXI.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.
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