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José Carvajal

Gratereaux, Mieses Burgos y Borges

A Federico Henríquez Gratereaux debemos que el ilustrísimo argentino Jorge Luis Borges escuchara versos de Franklin Mieses Burgos. No es invento mío; está escrito en uno de esos libros dominicanos que nadie lee; de esos que pasan «sin pena ni gloria» hasta que ocurre algo que les sacude el polvo, como que al autor le concedan el Premio Nacional de Literatura.

En «Empollar huevos históricos», publicado en 2001, Gratereaux relata su encuentro con Borges, y las circunstancias que de no haber conocido la literatura de su país habrían puesto en apuros al ensayista dominicano. Primero veamos cómo se encontraron ambos en Argentina, debió ser en 1981: «Conocí a Borges en Buenos Aires, durante los actos que precedieron al traslado a Santo Domingo de las cenizas de Pedro Henríquez Ureña. Estaba en el salón de actos del Palacio Errazuriz, en compañía de don Enrique Anderson Imbert, sentado en una silla de la primera fila, con un bastón más retorcido que una columna hebrea. Fui presentado a Borges, intercambiamos un saludo. Y todo fue como un chispazo, desde las primeras palabras.»

Como periodista lo primero que hago es dudarlo todo, pero en este caso quiero pensar que lo que dice Gratereaux es cierto: «Borges simpatizó conmigo en el acto; con la rapidez que cierra un circuito electrónico, comenzó una conversación que nos llevó en poco tiempo a una cálida “intimidad precoz”. Me dijo que había aprendido alemán leyendo al poeta Heine; agregó que el aprendizaje del alemán le sirvió para conocer algunos aspectos de la literatura escandinava antigua.»

Mis dudas se disipan cuando el discurso comienza a parecerme verdad casi irrefutable, y en cierto sentido no tengo por qué poner en tela de juicio un testimonio tan importante como este de Gratereaux y su encuentro con Borges, que ahora toma estructura dialogal.

«—[Borges] El anglosajón es una lengua sumergida en el inglés; oiga usted esta composición -Borges me pidió que me acercara y recitó, pegándose a mi oreja, unos versos extraños-. ¿No lo conoce usted?
»—[Gratereaux] Me parece una oración, una plegaria.
»—[Borges] Es el Padre Nuestro. Así sonaba en los primeros tiempos de la cristianización del norte de Europa.»

Pausa del diálogo; regresa la voz del narrador Gratereaux: «El público tenía la vista fija en Borges y en ese desconocido dominicano a quien “el maestro” hablaba al oído. Borges me prestaba una atención exagerada, me obligaba a repetir algunas frases. Todos guardaban silencio.»

En ese momento, relata Gratereaux, un diplomático le dice al escritor argentino que su interlocutor «es un pariente de Pedro Henríquez Ureña», y entonces el tema es la amistad del argentino con el humanista dominicano. El diálogo entra en asunto filosófico; se habla de hombres inteligentes, ingeniosos. Por alguna razón se menciona a Kant, que para Borges «no era ingenioso. Era, desde luego, inteligentísimo.»

El diálogo fluye sin tropiezos, como debe ser entre personas que conocen profundamente los temas que tratan.

«—[Borges] ¿Qué piensa usted del ingenio? ¿Se ha detenido a pensar bien el asunto?
»—[Gratereaux] Creo, señor Borges, que el ingenio surge cuando la inteligencia pasa por el humor, como se pasa un huevo por agua. Pedro Henríquez Ureña era demasiado serio. Tomaba en serio su tarea de enseñar. Era hijo de maestros: su madre, su padre, su tío, eran educadores. Las influencias básicas que reinaban en su casa procedían de Hostos, o eran inspiradas por Martí. Los deberes sociales del magisterio son responsabilidades muy serias. Oscar Wilde era ingenioso, pero también un poco irresponsable. Y buscaba la paradoja desde el humor.
»—[Borges] No había pensado en eso. Es un punto de vista muy interesante.
»—[Gratereaux] La inteligencia no está nunca segura de la utilidad de sus aciertos. Ni de que acierte. Por eso puede ironizar; burlarse de sus propios engendros.»

Acá me permito un salto de esos que solo puede darse el lujo el lector que ha leído algo muchas veces, para caer en el mosaico Franklin Mieses Burgos que habría de mostrar cómo llegó Borges a escuchar, en esa «precoz intimidad» con Gratereaux, los versos del poeta dominicano; un hecho curioso que da origen a este artículo.

«—[Borges] Henríquez, ¿le gustan a usted los versos largos?
»—[Gratereaux] ¿Los poemas largos o los versos de muchas sílabas?
»—[Borges] Los versos, los versos…
»—[Gratereaux] Sí me gustan. Los temas complejos requieren versos largos.
»—[Borges] Dígame algunos, de algún poeta de su país.
»—[Gratereaux] Oiga estos dos versos de Mieses Burgos: “Saber es el pensar de un Dios desmemoriado / que tiene que inventarse continuamente el mundo”.
»—[Borges] Es una bella idea. Un Dios sin memoria que debe recomenzar continuamente la creación para salvarla de su propio olvido. A los dioses se les atribuye siempre infinita sabiduría e infinita memoria.»

Y así fue la cosa. De acuerdo con Gratereaux, el encuentro quedó sellado cuando el escritor argentino le entregó un libro firmado, mientras decía: «Este es el único género en que ya puedo descollar: el autógrafo.»

Borges tendría entonces 82 años; murió en 1986. Mieses Burgos había fallecido en 1976 y Gratereaux acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura 2017.

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