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José Carvajal

España y Max Henríquez Ureña

Lo primero que se me ocurre pensar es que fue el entusiasmo, o la seguridad de que escribía en un castellano capaz de despertar el interés de los lectores de aquel lado del Atlántico, lo que habría impulsado al joven Max Henríquez Ureña a enviar un ejemplar de su primer libro de poemas a una de las voces más vigorosas y relevantes de la literatura española del cruce de los siglos XIX y XX.

«He aquí un poeta cubano, que me envía un tomo de versos. Cada tomo de versos que recibo me trae al pensamiento las mismas ideas: la comparación entre el período romántico y el actual, tan indiferente a los lirismos, tan positivo, tan dispuesto al desacato y a la risa burlesca.», escribió en una revista de Barcelona de 1914 la autora, quien por error llamó «cubano» a Max, nacido en República Dominicana, hijo de la poeta y maestra Salomé Ureña y hermano del humanista continental Pedro Henríquez Ureña.

El tomo de versos era «Ánforas» y la destinataria la condesa Emilia Pardo Bazán, autora ella misma de más 50 novelas y libros de cuentos, más de 15 volúmenes de ensayo y crítica, más de 10 de viajes, y otros tantos de poesía, teatro, biografía, y hasta de periodismo. Era tanto el prestigio del que gozaba la prolífica condesa, que los estudiosos la considieran parte de los mejores novelistas españoles de la época, junto a los no menos famosos Leopoldo Alas (Clarín) y Benito Pérez Galdós.

A esas manos de la también precursora del feminismo y ferviente defensora de la corriente naturalista en España llegó el pequeño libro del dominicano Max Henríquez Ureña, exponiéndose a todo tipo de juicio, prejuicio o falta de atención de la autora española. Sin embargo, la Pardo Bazán, a quien recuerdo siempre por su novela «Los pazos de Ulloa», que me vi obligado a leer como parte de un curso de literatura española en mis años de universitario, tuvo la delicadeza de hacerle caso al joven poeta que habría hecho el envío desde las Antillas, tal vez desde Cuba, donde vivió temporadas.

El tono de la reseña se establece desde el principio: «Si el libro que tengo delante, y que (impropiamente a mi ver) se titula “Ánforas”, se hubiese publicado allá por los años de 1830 ó 1835, en los tiempos de Larra y Zorrilla, cuando las damas bebían vinagre para palidecer y se peinaban en luengos tirabuzones, una aureola rodearía la cabeza del mozo, y soñarían con él las jóvenes beldades de estrecho corpiño.»

A la especulación anterior la condesa agrega lo que parece ser un elogio, pero con cierto pesimismo: «Hoy, la poesía del sentimiento, que muchos juzgaron eterna, está gastada. Se ha dicho ya hasta la saciedad lo que tenía que decir el lirismo. Y aunque se diga bien, como lo hace el Sr. Max Henríquez Ureña, nadie escucha.»

E. Pardo Bazán (1851-1921)
Es una reseña extensa, una crítica de impresión, entre el estilo de Taine y el de Sainte Beuve, más que análisis profundo. A veces se nutre de anécdotas contadas probablemente por el poeta en el corpus del libro. Aún así, Pardo Bazán se detiene en lo que le interesa:

«Entre los versos del tomito hay una composición que atrae mis ojos, y más aún, despierta mi sentimiento profundo, que es el de mi raza. Me refiero a la titulada La catedral sin torre. Esa catedral que no llegó a tener remate, se alza, dice Henríquez, en la isla llamada por Colón Hispaniola. Allí, los españoles descubridores alzaron un templo, y sin torre lo dejaron,

»“dejando también trunca, en la joven América,
su labor imperfecta de civilización”.»
Pardo Bazán concluye con un discurso de observación y reclamo histórico:

«No puedo menos de objetar dos cosas: que ya a América nadie la llama joven, y que no quedó trunca nuestra labor en ella. América no es joven, porque, según los sabios, acaso sea más antigua que el Viejo Continente. El nuevo fué nuevo para nosotros, cuando lo descubrimos; pero parece que el hombre rojo americano era anterior, o por lo menos coetáneo, del otro hombre blanco o amarillo que aparece en el período cuaternario, sin que falte quien crea que el más viejo de todos los hombres fué el negro africano –todo lo cual es, naturalmente, muy opinable y discutible– . En resumen, América era vieja ya, en sus razas autóctonas, al tiempo que nuestras carabelas pusieron la proa hacia “las playas antípodas distantes”. Y estas razas americanas tenían su peculiar civilización, la que eran capaces de tener; pero, justamente porque siendo tan antiguas como Grecia, Roma y la India, no pasaron de lo que encontramos al descubrir, pudiera suponerse que, a no abordar nuestros descubridores a las playas americanas, aun hoy en día se ofrendasen corazones sangrientos a Huitzilopotzli, el gran Dios feroz…

»Nosotros fuimos los civilizadores, al estilo europeo más adelantado que entonces se conocía, de ese país y de muchos más. La raza que allí existe de nosotros procede casi toda. El habla es la nuestra. Nuestra la religión. La catedral tiene torre. Y esa torre es de arquitectura hispánica.

»Perdone el poeta que yo lo afirme. No le puedo obligar a que lo confiese. Cuento sin embargo con la voz de su conciencia. Y, como dijo otro poeta, que era un clasicón; gracias a quien nos trajo las gallinas”.»

Max Henríquez Ureña era colaborador asiduo de revistas y diarios de España y Francia desde temprana edad. En los archivos de los mismos se encuentran cuentos y poemas del dominicano. Una de aquellas narraciones breves que cobraron vida en páginas europeas figura «La novela de Juanillo», que ocupó siete hojas de la Mundial Magazine, editada en París (1913); y el poema «Sidérea» en Hojas Selectas, de Barcelona (1905).

Ahora bien, yo me pregunto ¿cuál habría sido la reacción de un crítico exigente como Pío Baroja ante la obra de Max Henríquez Ureña? Baroja no escondía el rechazo a la literatura hispanoamericana, la cual cuestionó tajantemente en su libro «Juventud, egolatría», editado en 1917, y donde llama estúpido al continente americano. Cito a Baroja:

«América es por excelencia el continente estúpido.

»El americano no ha pasado de ser un mono que imita.

»Yo no tengo motivo particular de odio contra los americanos; la hostilidad que siento contra ellos es por no haber conocido a uno que tuviera un aire de persona, un aire de hombre.

[…]

»La misma falta de simpatía que siento por los hispanoamericanos, experimento por sus obras literarias. Todo lo que he leído de los americanos, a pesar de las adulaciones interesadas de Unamuno, lo he encontrado mísero y sin consistencia.

»Comenzando por ese libro de Sarmiento, “Facundo”, que a mí me ha parecido pesado, vulgar y sin interés, hasta los últimos libros de Ingenieros, de Manuel Ugarte, de Ricardo Rojas, de Contreras. ¡Qué oleada de vulgaridad, de esnobismo, de chabacanería, nos ha venido de América!

»Muchos afirman que nosotros, los españoles, por política debemos elogiar a los americanos. Es una de tantas recomendaciones que salen de esos antros de hombres de sombrero de copa y con un discurso dentro que llaman sociedades iberoamericanas.»

»No creo que esa política tenga eficacia alguna.»

Las opiniones de Baroja puede que solo reflejen el sentimiento puro del español del cruce de siglos XIX y XX frente a la literatura que les llegaba desde América, y es probable que las cosas hayan cambiado en estos tiempos, aunque no creo que suficiente; pues no son pocos los libros y otras publicaciones de este lado del Atlántico que se reeditan con el propósito hacerlos inteligibles en el mercado español. El último caso que constata la posible persistencia de lo que algunos llaman el «prejuicio español» resultó en escándalo internacional a finales de 2018, cuando la exitosa película «Roma» de Alfonso Cuarón apareció subtitulada, es decir «traducida» del español mexicano al español de España.

Una nota al margen: ante esos casos del pasado y del presente solo nos queda esperar lo que sucederá con nuestra literatura insular durante la Feria del Libro de Madrid 2019, cuyo país invitado de honor es República Dominicana.

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