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José Carvajal

Antología esencial para los tontos

Hace tiempo que la academia dejó de ser autoridad en materia literaria, pero el atraso de los académicos, el encierro en que vive la mayoría de estos, en claustros mentales que los convierten en monjes teóricos, no les han permitido darse cuenta de esa inefable realidad. Poco a poco se han ido quedando sin argumentos, y el ruido que hacen solo es escuchado en el aula por los pobres estudiantes universitarios sometidos al régimen del «saber único», convencidos de que así podrán competir mejor en un mercado laboral dirigido mayormente por los ineptos que se aprenden de memoria las lecciones del maestro, porque de lo contrario no lograrían el título que llena de orgullo a la familia y que hace al graduado aparentar más inteligente de lo que realmente es.

Sin embargo, cuando el académico que se cree autoridad sale de las aulas, el público es otro; menos dócil que el pobre estudiante de término, más variado, más exigente del gusto, más rebelde, más dispuesto a la polémica, al reclamo, y a la denuncia. Y la razón de eso es que, contrario de lo que ocurre en el aula, el público de fuera es el que pone la nota al académico que intenta ser maestro de la humanidad sin haber aprendido bien la lección.

Todo lo anterior lo digo luego de montar un tren de lectura, un tren que me dejó por unos días en una parada llamada «Antología esencial del cuento dominicano», cuyo arquitecto es el académico Miguel Ángel Fornerín. Las columnas de dicha estación tienen nombres propios, pero la base sobre la que fueron construidas es de material sintético, y por tal razón el deterioro y el derrumbe son inminentes en el tiempo.

En realidad, la de Fornerín no es una «Antología esencial del cuento dominicano», aunque al profesor dominicano de la Universidad de Puerto Rico se le ocurrió que sí, y como es suyo el trabajo teórico que elabora desde la pretenciosa autoridad académica del siglo XXI, hay que respetarle el criterio, pero no tomarlo necesariamente como algo de valor incuestionable.

Más que una «antología esencial», este libro es tal vez una cuidadosa recopilación de cuentos dominicanos cuya finalidad no queda clara desde el principio. Hay mucho acomodo en la «Introducción necesaria» y agujeros negros en «La aventura del cuento dominicano en el siglo XX», ambos textos representan el material argumentativo del editor y antólogo.

El propio Fornerín se encarga de echar por tierra lo de «esencial» con el afán academicista de elaborar una sospechosa tabla de valores entre los mismos autores seleccionados. La sospecha surge del número de cuentos incluidos por autor. Eso último podría inducir a pensar en el dos por uno; es decir, la sutil entrega de dos antologías en un solo cuerpo con respiración canónica.

Si vemos el índice, encontramos por ejemplo que Juan Bosch, Hilma Contreras, José Alcántara Almánzar, René Rodríguez Soriano y Virgilio Díaz Grullón aparecen con tres cuentos cada uno (primera antología), mientras que Marcio Veloz Maggiolo, Néstor Caro y J. M. Sanz Lajara figuran solo con dos, y el resto con uno (segunda antología). Los que tienen dos cuentos quedan en zona ambigua, ni arriba ni abajo, y son tan pocos en número de autores y textos que no darían para pensar en una tercera antología. La observación se desprende del hecho de que Fornerín no explica la desigualdad sobre el número de relatos incluidos (el más y el menos) por autor.

Ahora echemos un vistazo a «frases de pocas luces» en la «Introducción necesaria», escrita por Fornerín en su calidad de editor. Dice que dicha antología está «basada en criterios puramente estéticos y sin la pretensión de hacer un panorama del cuento dominicano», pero no explica cuáles son esos «criterios puramente estéticos» ni cómo podríamos identificarlos en los cuentos seleccionados.

Desde la segunda oración de la «Introducción necesaria» comienza el desinfle: «Esta [antología] que tiene en sus manos el amable lector es una verdadera flor». Llegué ahí sin esfuerzo alguno, pero el tropezón fue tan brusco que debí cerrar el libro y decir algo: ¡Qué cursilería! (una verdadera flor) ¡Qué expresión más “unamuniana”! (el amable lector).

También hay tres «frases suicidas» en el primer párrafo de la introducción, y que podrían poner en tela de juicio la seriedad del trabajo de Fornerín: «Tal vez no sea la primera vez…»; «Si nos hubiese motivado el deseo de hacer…»; y «Tampoco nos ha animado el interés…»

Y luego la historiografía saltamontes, el discurso que salpica un líquido incoloro que no es agua bendita ni se empoza ni conduce a ninguna parte: «Si nos hubiese motivado el deseo de hacer una muestra del devenir del cuento escrito en Santo Domingo pudimos haber comenzado con los iniciadores de este tipo de narración y, la autora de “Risas y lágrimas”, Virginia Elena Ortea sería la primera en este recorrido, la seguirían Fabio Fiallo y José Ramón López…»

El problema de este tipo de antología es que siempre responde a la idea entusiasta de un escritor amigo del académico, dispuesto a colaborar e incluso costearlo todo con tal de aparecer antologizado entre «grandes» del género en cuestión, y eso se nota o se intuye. En «Antología esencial del cuento dominicano» hay quince narradores, de los cuales diez ya fallecieron; de los cinco restantes que aun viven cuatro son ganadores del Premio Nacional de Literatura; el «último mohicano» de la fila es coeditor de la compilación.

El argumento queda sobre la mesa. Ahora que salgan los magistrados.

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