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José Carvajal

Antes de Federico Henríquez Gratereaux

Escribo estas notas durante uno de los recesos que me tomo de la tarea de completar mi lectura de la obra de Federico Henríquez Gratereaux, y con la ilusión de todo emborronador: que del otro lado haya por lo menos una sombra que las lea. Y es que el Premio Nacional de Literatura 2017 parece ser un acto de justicia para con Gratereaux; pero ¿por qué ahora, si a la vista de todo lector avezado, de los que se supone debe estar compuesto el jurado de la mayor distinción de las letras dominicanas, resaltan la calidad de su prosa y sus conocimientos enciclopédicos?

El discurso literario de Gratreaux es incluso superior al de la mayoría de los galardonados a lo largo de los 27 años de existencia del Premio, que se otorga en reconocimiento a la trayectoria de un escritor dominicano. Una explicación puede ser los indicios de un premio politizado. Eso se vio desde la primera edición en 1990, cuando se otorgó de manera compartida a Joaquín Balaguer y Juan Bosch; aunque intelectuales de alto calibre, ambos eran entonces las figuras señeras (Balaguer presidente y Bosch principal opositor) de la vida política del país. La idea parece haber sido quedar bien con Dios y con el Diablo desde el principio, pero haciendo eso se ponía en juego la seriedad de la valoración literaria y abría paso a la politización y al “lobbying” (mecanismo de presión, tráfico de influencia), que es en parte lo que ha ocurrido con la mayoría de los 28 galardonados, de los cuales resalta a la vista la desproporción de que solo cuatro de los premiados son mujeres, y que para que se reconociera la primera de estas debieron transcurrir 12 años desde la creación del Premio.

Otra mirada objetiva a la lista del Premio Nacional de Literatura delata desnivel en la calidad de la obra de unos y otros, lo que hace pensar que el “lobbying” ha sido mucho más efectivo que la valoración literaria. De ahí lo vergonzoso por lo tardío del premio a Gratereaux, que sin duda lo merecía mucho antes de por lo menos diez de los galardonados en el pasado. Esto último lo digo basado en la indudable calidad de la prosa, las reflexiones que dan brillo universal a una obra en constante erupción filosófica, y el conocimiento enciclopédico de Gratereaux. Creo que antes que él no debieron recibirlo (y no es que no lo merezcan) Franklin Domínguez, Diógenes Valdez, Andrés L. Mateo, Jeannette Miller, Mateo Morrison, Armando Almánzar, José Mármol, Tony Raful, Roberto Marcallé Abreu y Ángela Hernández.

Quizá la explicación de lo tardío está en que Gratreaux no hizo “lobbying” y que como todo intelectual nato, en el fondo nunca se sintió merecedor del Premio. Eso ocurre con mucha frecuencia entre escritores que han forjado su carrera literaria paralela al ejercicio del periodismo profesional, que es la mejor escuela para evitar ridiculeces tan cuestionables como la de hacerse “lobby” para poder alcanzar el “mérito” de obtener un premio.

Relata la crónica de Listín Diario que al recibir la llamada que le informaba del Premio, lo primero que hizo Gratereaux fue invocar a Dios y recordar que se había pasado toda la vida contradiciendo a su madre: «Ay Dios mío, ay Dios mío, óyeme, eso fue por contradecir a mamá, que siempre me decía que no me ocupara ni de la literatura ni de la filosofía, que mejor estudiara contabilidad.»

Gratereaux cumplirá 80 años en septiembre. Y aunque su obra puede dar la impresión de ser improvisada por tratarse casi toda de recopilaciones de ensayos y artículos periodísticos, lo cierto es que hay poca improvisación en todo lo que ha escrito. En su breve ensayo «El escritor ante el espejo de Narciso» confiesa algo de eso: «[…] no improviso nada. Puedo escribir a máquina yo mismo; puedo escribir con pluma o lápiz en un hotel; puedo dictar con el papel puesto en la máquina de escribir. Parecería que improviso, porque todo ha de ser rápido; el artículo ha de ir antes de que cierre la edición del periódico. Pero en realidad no improviso nada más que las palabras que dicto o escribo, la “escrituración” únicamente. Los asuntos los he rumiado durante días, semanas, meses, años y, en ocasiones, desde niño.»

Al parecer Gratereaux no se conforma con la idea de que «el periodista escribe para el olvido», como diría Borges citando las palabras de un amigo que tal vez nunca existió más allá de su propio anhelo de «escribir para la memoria y el tiempo.»

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