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Luis R. Decamps R.

La robótica ultranacionalista

Una avería de mi vehículo obró el milagro de convertirme en usuario momentáneo del servicio de taxi (los que me conocen saben de mi fobia al respecto), y durante el trayecto desde la “tienda por departamentos” (a cuya cafetería acudí junto a mi hijo a almorzar) hasta el lugar donde me hacían la reparación, una amena conversación se desarrolló:

-Parece que todo esos extranjeros por fin se van- dijo el conductor, mirando a un grupo de nacionales haitianos que laboraban afanosamente en una construcción.

-¿Extranjeros? -le pregunté, extrañado del vocablo "castizo".

-Si... Usted sabe: esos que se ven ahí -respondió el hombre, torciendo la boca en dirección al lugar donde se encontraban los trabajadores inmigrantes.

-Ah, okey- repuse, sin poder reprimir una carcajada.

-Me gusta como usted lo dice -intervino mi hijo, compartiendo risa-. De ahora en adelante me referiré a ellos con esa palabra.

-A esa gente no le gusta que le digan haitianos -explicó el taxista-. Se ponen guapos los malditos... Por eso yo les digo extranjeros.

Silencio... Mi hijo y yo nos miramos nuevamente sorprendidos, pero el distinguido ciudadano no nos da tiempo para reaccionar, y agrega de inmediato:

-Hay que sacar a toda esa gente que no tiene papeles, no importa lo que grite el tal Almagro ese que se atrevió a decir que ellos y nosotros somos un solo país.

Mudez y asombro otra vez entre los pasajeros...

-El señor Almagro no dijo eso -intento aclararle-. Se trató una versión periodística falsa, y eso se esclareció debidamente.

-¿Ajá? ¿Y cuando eso se aclaró?

-Hace unos días. El mismo señor Almagro publicó un documento negando que dijera eso, y además presentó el video de sus declaraciones a CNN como prueba. En realidad, lo que dijo ese señor fue exactamente lo contrario: que somos una isla con personas, historia y cultura totalmente diferentes.

-Bueno, usted sabe que de todos modos tenemos estar vigilantes con todos esos países que quieren unificar la isla, porque si lo intentan aquí va a ver sangre.

-Nadie quiere unificar a RD con Haití, señor -le digo-. Eso es un disparate que quien tenga dos dedos de frente no puede creer. Eso no lo ha planteado nadie.

-¿Cómo que no? Adiós, ¿y eso no es lo que quieren Estados Unidos, Francia, Canadá y las ONGs de aquí a las que ellos les dan cuartos?

-Se lo repito, señor: nadie ha planteado eso. Semejante idiotez no se le puede ocurrir a gente inteligente. Los que trazan la política exterior de esos países no son papanatas. Ellos saben que nacionalidades diferentes no se pueden unificar, y que cuando se ha intentado (como en el caso reciente de Yugoslavia) todo ha terminado en una carnicería humana. Esa gente conoce la historia universal, y no va a sugerir una estupidez de ese tipo.

-Pero es que ellos no quieren que saquemos de aquí a los ilegales...

-Eso es mentira también, señor. Lo que ellos han planteado es que el que haya nacido aquí antes del 2010, aunque sea hijo de indocumentados, tiene derecho a la nacionalidad dominicana; que los que están en condiciones de ilegalidad deben tener la oportunidad de legalizarse de acuerdo con nuestras leyes; y que los que no se legalicen pueden ser deportados, pero respetando su dignidad y derechos como seres humanos.

-¿Y eso es lo que ellos quieren? Ah, pues si es así no hay problema. Lo que yo digo es que el que tiene papeles o se legaliza tiene derecho a estar aquí, pero el que no tiene papeles se tiene que ir, y el gobierno lo que debe hacer es sacarlo pero tratándolo como la gente.

-Estamos de acuerdo, señor- interviene otra vez mi hijo.

El taxista era un negro retinto, de pelo crespo, labios gruesos y vivaces ojos oscuros, y como ya estábamos frente a la puerta de entrada del lugar donde reparaban mi vehículo, nos despedimos amigablemente. Antes de arrancar, empero, me lanzó una cuasi filípica que probablemente no pueda olvidar jamás:

-Todo está bien, señor, pero lo que no entiendo es por qué gente blanca y buenamosa como ustedes dos está defendiendo a esos prietos hediondos y traicioneros. Los malditos mañeses o se van o lo sacamos a patadas de aquí.

Al final, pues, sólo quedó en el aire mi sonrisa cuarteada y el rostro de sorpresa de mi hijo...

(Por supuesto, en lo que se refiere a mí, buenísimo que me pase, pues violé una vez más mi promesa de que no volvería a referirme al tema de referencia hasta que no pase la grotesca y abrumadora ola de ultranacionalismo que actualmente amenaza con aplastar lo poco que nos queda de conciencia humanística en el país... “Perro huevero...”.).

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.
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