Miercoles 24 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La “agenda Fernández”

El profesor Jean Jacques Broussonet, distinguido politólogo belga que ha hecho fama en los círculos intelectuales de la Europa meridional por su defensa de la “inteligencia de la historia” y el “saber metodológico” de Nicolás Maquiavelo, estuvo entre nosotros durante varias semanas en actividades académicas y, siguiendo su costumbre, analizó “proyectivamente” junto a un grupo de amigos la “realidad política actual” de la República Dominicana.

De las discusiones con el profesor Broussonet (quien, como siempre, se negó a darle publicidad a sus puntos de vista bajo el alegato de que podrían constituir “una intromisión en asuntos que no son de incumbencia de un extranjero” y, por lo tanto, “una falta de respeto a la prensa y al país”) emergió, entre otros de similar importancia, un cuerpo de consideraciones sobre el presente y el futuro inmediato del presidente Leonel Fernández como líder político.

En la etapa de balance del encuentro, el mencionado cuerpo de consideraciones (hijo, salvo los matices, fundamentalmente del pensamiento de Broussonet), a propuesta del autor de estas líneas (que fungió como relator), pasó a identificarse en el grupo de análisis como la “Agenda Fernández”, y sus puntos esenciales, en apretada síntesis, son los que se exponen a continuación:

El presidente Leonel Fernández, a pesar de que en los últimos tiempos luce severamente afectado en su imagen como líder y estadista tanto por el dramático desenlace de la crisis económica y financiera (que se abalanzó impiadosamente sobre la toda la nación desde el segundo semestre del año pasado) como por las ya recurrentes revelaciones de actos de corrupción en su gobierno (algunas sin precedentes en la historia dominicana reciente), continua desarrollando el programa político personal -aunque de miras generales- que elaboró para el presente cuatrienio.

(Más aún: hace varias semanas, ofreciendo una demostración de imperturbabilidad ante el clamoroso trompeteo de cuestionamientos originado por la publicación de nuevas y más embarazosas denuncias sobre peculado, nepotismo y prevaricación contra su administración, el Primer Mandatario de la Nación ha retomado con inusitado vigor los aprestos en la dirección de materializar el citado programa reuniéndose con varios precandidatos presidenciales de su partido con el notorio y avispado propósito de conducir y arbitrar el proceso interno de su partido).

Es obvio que el elemento nodal de la “agenda” en cuestión (porque le sirve de plataforma y de guía al mismo tiempo) es el proyecto de reforma constitucional, que le garantiza al actual mandatario no sólo apuntalar su muy cara proyección como reformador y promotor de la institucionalidad democrática (sea o no cierta tal calidad a la luz de los hechos) sino también (cambiando el tono del artículo 49 del texto constitucional vigente) dejar totalmente abiertas las puertas para su eventual retorno al solio presidencial.

Aunque la necesidad de la reforma constitucional fue argumentada entre los peledeístas con base en las ganancias que les redituaría en los términos “progresistas” ya planteados y, adicionalmente, en función de que alegadamente se constituiría en un “torpedo” hacia las interioridades del PRD (porque reviviría políticamente al ex presidente Hipólito Mejía y lo lanzaría al ruedo contra el ingeniero Vargas), la verdad es que, sin desdecir de aquello, su principal objetivo estratégico parece residir en la preservación del liderazgo del doctor Fernández más allá de 2012.

(Se da por descontado que, como ya aconteció en el pasado, el doctor Fernández retendría la presidencia del PLD para garantizarse el control político de éste, y de tal modo no sólo se mantendría decisivamente activo en el escenario nacional sino que, al mismo tiempo, podría armar desde allí su plan de retorno, primero paralelamente al ejercicio del poder y, luego, desde el podio del liderazgo de la oposición).

Naturalmente, al doctor Fernández no le es en absoluto ajena la cuestión de que para garantizarse la repetida posibilidad de regreso, sin importar la redacción o la interpretación de la disposición de la nueva Carta Magna que toque el tema, ha de estar dispuesto (y todo indica que lo está) a resignar el poder a partir del año 2012 y, más aún, a apostar soterradamente por la derrota del candidato de su partido (propio o postizo, en el contexto de una alianza político-electoral) siempre con la finalidad ulterior señalada: salvaguardar su liderazgo.

(Alguna gente que no le da seguimiento a los giros de pensamiento y a la conducta cotidiana del presidente Fernández, y que por ello mismo no parece entender bien la sinuosa pero racional mecánica de su estilo político, aún alberga dudas con respecto a lo que éste hará en el porvenir inmediato. “Se trata -según Broussonet- de incautos que se empecinan en desconocer el contenido maquiavélico -o pragmático, como se dice ahora- de toda política cuando es ejercida por figuras que se consideran a sí mismas providenciales, iluminadas o insustituibles”.

En este caso, lo que importan son las conveniencias -no las ideas, ni los laureles que no son propios, ni los deseos de los compañeros de la base-, y las del doctor Fernández están más que claras: que el PLD pierda en 2012 para tratar de ganar en 2016 sin los ripios de una gestión peledeísta inmediatamente precedente).

La feliz consumación de semejante estrategia involucraría, claro está, dos condiciones esenciales: una opción opositora vigorosa de cara a 2012 y un candidato “comodín” (propio o ajeno, insistimos, y conciente o inconcientemente) apoyado por las huestes peledeístas y sus aliados. Es evidente que la primera condición está prácticamente lograda, pues en el PRD nadie realmente está en posición de promover con posibilidades de éxito una división o una fragmentación tipo debacle. En lo atinente a la segunda, en eso parece trabajar actualmente el líder del PLD.

Por supuesto, el doctor Fernández también sabe que debe cubrirse la retaguardia política ante la posible victoria electoral de la oposición en 2012 (que podría amargarle la vida removiendo expedientes o hurgando en los manejos de su administración más reciente), y por ello está en estos momentos empeñado en armar una estrategia destinada a lograr una participación en las elecciones de medio término de 2010 que le garantice a gente suya una buena presencia en el Congreso Nacional (preferiblemente dominante para disponer de posibilidad de nombramiento en el Consejo Nacional de la Magistratura, la Junta Central Electoral y la Cámara de Cuentas, si es que no ejerce su poder al efecto inmediatamente después de la reforma constitucional) y en los gobiernos municipales del país.

En el marco de esa agenda política aparentan inscribirse los denodados esfuerzos que hace la administración Fernández en estos instantes (aunque ello implicara negarse o desmentirse a sí misma) por acopiar disponibilidades financieras (sobre todo de “bonos soberanos” o de organismos internacionales, que son los únicos hoy en día disponibles en los mercados de capitales) que le permitan cierta holgura presupuestaria desde el último trimestre del año en curso hasta por lo menos la mitad del que viene a los fines de intentar sortear las dificultades monetarias que la acogotan y poder dirigir recursos hacia las zonas del país (el Sur, por ejemplo, que ya es escenario experimental de una línea de imposición de candidatos económicamente apabullantes) más susceptibles de ser influenciadas por el uso indiscriminado de éstos.

Claro está, el presidente Fernández también deberá manejar los posibles imponderables de su programa personal: la contingencia de que los resultados de las elecciones congresuales y municipales no le sean favorables, la eventualidad de una rebelión al interior de su partido, los posibles movimientos en su contra del candidato que lo sustituya, las tendencias socio-políticas que marque el proceso electoral de 2012 y, por supuesto, el trato que le de el gobierno que sustituya al suyo.

El programa, sin dudas, está bastante bien concebido, pero no deja de tener sus riesgos tanto a corto como a largo plazos: en algunos puntos, según palabras del maestro belga, “asume las características de una ruleta rusa”.

¿Tendrá razón el profesor Broussonet? ¿Podrá consumarse al pie de la letra la “agenda Fernández”? ¿No le aguarán la fiesta algunos imponderables? La verdad es que aunque el curso de la política dominicana casi siempre es lineal y previsible, las respuestas a tales interrogantes sólo las podrá dar el tiempo, supremo verificador de los análisis políticos y las apuestas humanas…Por eso, sólo nos queda esperar.

Luis R. Decamps R. (*)
* El autor es abogado y profesor universitario


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