Sábado 29 de Abril del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Los espacios de Pedro Camilo

Las reacciones me tomaron por sorpresa. Apenas coloqué en la red social de Facebook una breve nota en la que informaba que estaba leyendo un libro de relatos del escritor Pedro Camilo, surgió un pequeño grupo de supuestos admiradores de este narrador y médico dominicano nacido en 1947 en la provincia de Salcedo. Sin embargo, los “veladores literarios” me dieron la impresión de no haber leído los textos en cuestión, publicados en 2010, pues ninguno habló de la obra en sí, sino de lo buena gente que es el autor.

“Estoy seguro que lo que diré aquí, ahora, no tiene nada que ver con su obra, pero no me importa, lo diré de todas formas... Pedro Camilo es por mucho, uno de los escritores dominicanos de trato más afable y uno de los que por su superba calidad humana, más admiro”, escribió en FB el poeta Ramón Saba.

De Camilo leí en 2002 su primera novela “Chat”, la cual me pareció en aquel momento un texto novedoso en la narrativa dominicana, aunque un tanto arriesgado porque, como lo anuncia el título, toda la obra se desarrolla en diálogos por internet o lo que se conoce popularmente como "chateo".

“¿Por qué tanta timidez para expresar ese juicio sobre Pedro Camilo? Yo, no solo suscribo lo que dices, sino que diré más: Pedro Camilo es magnífico escritor y excelente persona”, indicó en un comentario el periodista y narrador Rafael Peralta Romero, en alusión a lo expresado por el poeta Saba.

Camilo pertenece a la llamada (y algo malograda) promoción de narradores dominicanos de los años ochenta, y ha sido galardonado en varias ocasiones con el premio de cuentos Casa de Teatro y distinguido con el Premio Nacional de Cuento 1994.

El libro que despertó el ánimo de los mencionados admiradores de Camilo fue "Los espacios perdidos y otros relatos”, un título que activa la memoria en relación con la maravillosa novela “Los pasos perdidos” del cubano Alejo Carpentier. Pero nada que ver. En este caso son siete relatos, divididos en dos partes: Los amores caníbales y La terrible libertad. Llegó a mis manos por cortesía de Editorial Santuario.

En el prólogo que escribe a su propio libro, Camilo dice que «Los espacios perdidos, cuento largo o novela corta que le da nombre a esta colección, posee dos secuencias narrativas: una, que presenta a Fernando paralítico, sumido en una agonía existencial y dependiendo de una monja para poder sobrevivir; y la otra, rescatada por la memoria, muestra al joven Sánchez cuando, después de llegar de España, donde había estado estudiando Medicina, visita en Ruicala un jardín que él había fijado no sólo como el último reducto de sus sueños, sino también como el lugar edénico donde el niño de tiempos atrás empezó a ser lo que entonces era el adolescente.»

Toda la explicación que aparece en el prólogo es válida, pero no necesaria para entrar en comunión con estos relatos de Camilo, que tiene la destreza de narrar muy bien, aunque sospecho que el alcance de su obra, al menos de este libro de relatos, podría estar limitado a lectores dominicanos, y tal vez solo a lectores de su época. Eso resalta en el uso de vocablos, frases y giros idiomáticos del habla profundamente criolla de a finales del siglo pasado, en algunos casos ya en desuso por las nuevas generaciones.

Creo que no debo continuar sin dar un ejemplo de lo que digo en el párrafo anterior. Transcribo del relato Striptease: «Sin responder, Alberto no se detuvo; buscó uno de los periódicos que su madre siempre le guardaba. Sentado en la sala, encendió un cigarrillo y comenzó a leer los titulares. Doña Rosa le acercó el cenicero, mientras preguntaba:
—¿Por qué llegaste tarde?
—Estaba trabajando —mintió él.
Tras un copazo lento, alzó la cabeza y dijo:
—La calle está muy dura.»

Ignoro el origen de la frase “un copazo lento”, pero la misma se refiere al acto de inhalar el humo de cigarrillo. Otra cosa es que el diccionario de la Real Academia Española define la palabra “copazo” solamente como “bebida alcohólica contenida en una copa o en un vaso”. O sea, no la relaciona en ningún momento con el acto de fumar.

Aunque son observaciones que no demeritan la calidad narrativa, otras palabras o giros idiomáticos que recuerdo aparecen en el contexto de lo criollo de estos relatos son “calieses”, “diañe”, “pague una carrera” (tome un taxi), "carro del concho" (carro del transporte público). De modo que eso, y un discurso marcado por acontecimientos de la historia reciente del país, y que serían parte de la memoria generacional del autor, me llevan a concluir que los relatos de Camilo son para el lector dominicano.

Motivado por mi breve nota en FB, el Premio Nacional de Literatura 2015, el novelista Roberto Marcallé Abreu, escribió en su muro de dicha red social: “Pienso que, sin conocerlo personalmente, pero por muchos comentarios que me han llegado, Pedro Camilo es una persona de excepcional calidad humana. Y que es, sin dudas, un escritor cuidadoso, esforzado y singularmente bueno”.

En realidad, todo escritor es “esforzado” aunque no sea “singularmente bueno”. El trabajo de escribir una buena obra no es menor que el de escribir una obra mala. También, el mundo literario está lleno de autores que son personas “de excepcional calidad humana”; un ejemplo de ello es el mismo Marcallé Abreu. Sin embargo, como ya dije por ahí, me parece una falta de consideración que a un escritor se le aprecie y admire más por el trato afable y calidad humana que por su obra.

En mi caso particular como lector, también dije que en el sentido literario no me interesan las personas, sino las obras con las que ganan nombradía; y que si la obra no me convence, tampoco me convence la persona.

En un próximo artículo diré cuánto me convenció este libro de Pedro Camilo.

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