Lunes 27 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

En ultramar, una generación envejece y otra surge

Si tomamos como promedio 25 años como el tiempo que dura una generación, ya que esta es la cifra más estandarizada, podríamos decir con propiedad, que en la diáspora dominicana, está naciendo en estos momentos, la tercera generación de aquel flujo de ciudadanos dominicanos, que comenzó a viajar en cantidades apreciables, luego de la muerte del Dictador Rafael Trujillo.

Este acontecimiento por sí solo, ha contribuido con el mayor porcentaje del actual nivel de desarrollo que exhibe nuestro país. Esos primeros viajantes influenciaron, desde el simple saludo besándose en las mejillas, hasta algo un poco más complejo como vivir en un régimen de condominios.

Pero, como acotamos al principio, con el surgimiento, allende los mares, de una tercera generación de criollos, los lazos se van soltando. La obsesión de la primera oleada quisqueyana era regresar lo más pronto posible, con una mejor situación económica, al lar que los vio nacer. Tanto es así, que la mayoría no se preocupó por echar raíces en los países que los acogieron y mucho menos en aprender el idioma si no se hablaba castellano.

La segunda generación, una gran cantidad nacidos fuera del país de sus padres, tienen menos contacto con la isla. Muchos dirán que el aumento de las remesas desmiente esta aseveración, pero este incremento se explica, entre otras circunstancias, porque los salarios en los países desarrollados no son estáticos y las economías de esas naciones han crecido, en consecuencia, el desempeño económico de los que envían remesas a sus familiares, también ha aumentado.

Esta surgente tercera generación, que además de castellano, habla inglés, francés o italiano y que cada día come más callos madrileños, hamburguers, crepes o pasta y mucho menos mangú con queso frito, cada día se identifica menos con el país de sus abuelos.

Los gobiernos que se han sucedido en el poder, desde el magnicidio, poco han hecho para que estos lazos no se desaten. Poniendo en alto riesgo la continuidad de unas remesas que hoy representan el 7% del PIB nacional.

La conexión entre los gobiernos y sus ciudadanos de ultramar, se ha venido efectuando a través de los partidos políticos, cosa que no motiva a nuestros jóvenes. A tal punto, que son pocos los militantes de instituciones partidistas en el extranjero, que conocen a los hijos de sus compañeros de partido.

Una prueba más de que la generación actual no está motivada en conservar el cordón que los une con la patria de sus ascendientes es, que actualmente, en la ciudad de Nueva York se han empadronado para votar en las próximas elecciones, poquito más de 80,000 dominicanos, cifra muy inferior a los más de 100,000 que se registraron para las elecciones del 2012. Mucho más baja aún, si tomamos en cuenta que la población ha crecido en los últimos tres años.

Nuestra joven diáspora, formada en países donde se respetan las reglas de juego y se tiene un alto concepto del deber, de la responsabilidad y de la ética, no logra comprender como se puede vivir y desarrollarse, en una sociedad, donde el estiércol político y social, nos lo quieren vender, como abono orgánico.

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