Domingo 25 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Haití y una novela de Matos Moquete (y 4)

No me convencen los personajes creados (o recreados) por el dominicano Manuel Matos Moquete para contarnos esa novela breve que titula “La avalancha” y que se desarrolla en el barrio Pequeño Haití, en Santo Domingo.

Lo primero que debemos entender es que los personajes de una novela no tienen por qué ser distintos a nosotros. El que narra debe tomar en cuenta que el que escucha o el que lee la historia, tampoco es distinto; y que la lectura es una forma maravillosa de saciar curiosidades.

A veces queremos saber cómo sería tener de vecinos a esos seres imaginarios con los que el escritor pretende entretenernos de principio a fin. En ocasiones ayuda saber todo acerca de ellos: cómo son, cómo van vestidos, qué sienten, cómo piensan, de qué son capaces. Nunca es suficiente; de modo que el novelista que no se toma el tiempo para caracterizar sus personajes está condenado al fracaso.

Recordemos que las grandes novelas se sostienen en los excelentes delineamientos de su “elenco”. Para muestra pensemos solo en don Quijote y su eterno compañero Sancho Panza; basta mencionarlos para recordarlos con encanto familiar.

En el caso de “La avalancha” los personajes principales están débilmente caracterizados, por no decir que la mayoría son acartonados. Un ejemplo de mala caracterización figura justo en el cuarto párrafo del inicio de la novela. El autor dice: “La voz de Carina es como la voz del barbero, aunque podría ser la del joyero. ¿Acaso de quién era la voz? La del barbero era voz inconfundible. Era del barbero”. El problema de esa comparación es que a esa altura de la historia el lector todavía no sabe (y creo que nunca llega a saberlo) cómo es la voz del barbero ni por qué era inconfundible, lo mismo se desconoce la del joyero.

Otra débil caracterización es la que hace Matos Moquete de su personaje Irena: “Era delgada, de 22 años, estilizada hasta en la forma de mover los labios al hablar y de colocar los dedos al borde del escritorio”. Otra más de Irena: “Cual diosa maldita en su altar, insolentemente seductora esperaba cada noche en su alcoba al Ingeniero”.

A mí me parecen descripciones de colegial. Además, qué le aporta al personaje la forma de “colocar los dedos al borde del escritorio”. ¿Por qué “al borde” y no en otro lugar? Puedo dar más ejemplos, pero debo evitar extenderme porque con esta cuarta entrega quiero terminar los comentarios que he venido haciendo acerca de “La avalancha”.

En dicha novela hay también diálogos falsos, que atribuyen a los personajes conocimientos que no son propiamente de ellos, sino del mismo Matos Moquete. Eso es palpable con la misma haitiana Irena, a quien su amante ingeniero elevó a un nivel social para que no fuera rechazada por ser lo que se dijo en principio: “una pobre estudiante de arquitectura”.

Irena se le va de la mano a Matos Moquete cuando de “pobre estudiante” termina siendo una experta en arte y literatura. Habla de escritores y poetas haitianos, muchos de los cuales son conocidos en Europa, Canadá y Estados Unidos. Menciona con familiaridad a Jacques Roumain, Jacques Stéphen Alexis, René Depestre.

Y uno se pregunta: ¿de dónde le salió tanto conocimiento a la Irena, la pobre estudiante de 22 años que nos presenta Matos Moquete? ¿Cuándo se nos avisa o insinúa que ella es lectora o aficionada a la literatura, y que tiene la capacidad para declamar de memoria poemas en creol, como dice el narrador? Todo eso aparece de repente en uno de los últimos capítulos de la novela, como caído del cielo. En fin.

Lo expuesto en párrafos anteriores son solo ejemplos del porqué “La avalancha” no es una novela acabada, aunque sí un buen borrador que Matos Moquete se precipitó en publicar. Creo que el tema de la presencia haitiana en un barrio de Santo Domingo, y todos los aspectos sociológicos que introdujo en la historia, merecían un libro más extenso y no del poco más de las 120 páginas que tiene el ejemplar que reposa en mi mesa de trabajo. Quedaron muchas cosas por desarrollar (como la organización criminal La Mano Negra) y no menos por explicar, aparte de completar la caracterización de personajes principales: Carina y su marido el joyero Ignacio Paredes; Irena y su amante ingeniero; el capitán Puerrié, M’a Guiselle, y el que desde un principio se perfila como el más importante de todos, aunque el autor lo mantiene en las tinieblas como una figura legendaria: el encarcelado que luego muere decapitado Honson Baliat.

No quiero concluir sin anotar que en la edición de “La avalancha” que tengo en mis manos hay contradicciones, descuido de revisión y errores que afean el texto (cito de memoria: la palabra tisana, que se refiere al brebaje, aparece dos veces como “tizana”; sebo como “cebo”; pececitos como "pecesitos", en dos ocasiones). Esto último me resulta preocupante porque Manuel Matos Moquete es miembro de Número de la Academia Dominicana de la Lengua y goza de mucho prestigio como ensayista y catedrático de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

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