Domingo 23 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La verdad como “roba la gallina”: Percepción y realidad en los gobiernos del PLD

Es ya una “jugada política” virtualmente erigida en costumbre la de que el presidente Leonel Fernández, cuando se convence de que algún tema del debate político nacional puede constituirse en una seria amenaza para la imagen de su gobierno (especialmente frente a los poderosos de aquí y de allá), se apresure a convocar un “encuentro” con los directores de los medios de comunicación más importantes de la República Dominicana.

(Copia de mala muerte de los eventos semejantes que efectúan periódicamente algunos soberanos europeos para “calibrar” las “tendencias de pensamiento cotidiano” de una opinión pública efectivamente encarnada en los jefes de medios, tales “encuentros” se realizan en nuestro país, bajo la techumbre intimidante y las consabidas amarras protocolares del Palacio Nacional, con una asistencia que, a fuerza de ser “depurada” bajo la lupa del interés político gubernamental del momento, siempre devela las mismas preferencias y exclusiones).

Naturalmente, cada vez que hay una convocatoria, sin parar mientes en que el ejercicio “aclaratorio” está dirigido en principio a los poderosos y no al pueblo, acólitos palaciegos y medradores del entorno gubernamental intentan insultar la inteligencia de todos justificando la avispada postura presidencial en el alegato (famélico como un tuberculoso terminal y circense cual un payaso en monociclo) de que es una prueba inequívoca de la apertura de pensamiento, la actitud de “oídos abiertos” y la “voluntad concertadora” del mandatario.

El conato de tomadura de pelo, desde luego, no alcanza para llegar, por ejemplo, hasta los reclamos salariales de los médicos, ya casi de factura antediluviana.

Por desventura, de todos modos, los hechos, los tercos y brutísimos hechos, evidentes e incontrastables más allá de los ecos mediáticos de la espesa y dulzona retórica presidencial, se empecinan inopinadamente en demostrar lo contrario: el fundamento de los “encuentros” en alusión no es otro que el ya manoseado criterio de que “en política la percepción es mucho más importante que la realidad”, tan caro para los estrategas capitolinos del peledeismo y, lamentablemente, tan “barato” para los sectores poderosos del país (éstos sólo reparan en el asunto cuando tienen que pagar “con dinero de su propio peculio” los platos rotos del régimen de turno).

En efecto, miradas bien las cosas lo primero que ponen de manifiesto las repetidas convocatorias presidenciales es la arrogancia política e intelectual de sus ideólogos y convocantes, puesto que lo que significan es -ni más ni menos- que les importa un comino la realidad tal y como está discurriendo a la vista de todos.

Al fin y al cabo negar o afirmar su existencia carece de trascendencia, pues lo que importa es teorizar sobre ella, esto es, “conceptualizar”: explicar su origen, analizar su anatomía, examinar sus alcances y desdibujar con espíritu “pragmático” sus secuelas. Total, mientras haya posibilidad de clientelismo y manipulación propagandística la realidad no tiene por qué preocupar en demasía.

Claro está, debido a lo reseñado precedentemente la mencionada arrogancia adquiere en la práctica dimensiones que pudieran sorprender hasta al más enconado enemigo de la racionalidad democrática: quienes manejan el Estado atribuyen tan escasa capacidad al dominicano común para entender sus posibles argumentaciones sobre el tema de referencia (por lo cual el presidente no dirige sus alocuciones a la nación, como se estila en cualquier país democrático, sino a los “hacedores de opinión”) que éste, de entrada, no cuenta para nada. Probablemente para esa gente aquello de “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no fue más que ilusoria majadería de un hombre impresionado por el mar de cadáveres de Gettysburg.

(En otro lugar hemos sostenido que el “comesolismo” -como filosofía y práctica de una ideología de la superioridad cultural, el sectarismo social y el “apartheid” político- es un fenómeno de raigambre intelectual y manufactura fascista que sentó sus reales en el PLD a partir de su ascenso al poder en razón del convencimiento de su cúpula y su dirigencia media de que la sociedad dominicana no sólo se dividía y se divide en peledeístas y enemigos -que ya no corruptos- sino que estaba y está compuesta mayoritariamente por carajos a la vela, pendejos e ignorantes que carecen de capacidad para “conceptualizar”.

El “comesolismo”, pues, es consustancial con la soberbia “conceptualizadora”, y en los dos últimos gobiernos del PLD se ha complementado exitosamente con la parranda de clientela y la inclinación a la manipulación de la conciencia ciudadana. Es, en muchos sentidos, la dictadura “democrática” perfecta).

Otra cosa que se desprende de la realización de los “encuentros” en cuestión es la clara intención gubernamental de instrumentalizar “institucionalmente” a los medios de comunicación: detrás de la “distinción” que supone la invitación, a la que nadie en su sano juicio se negaría, se procura poner a sus ejecutivos a “hablar” el lenguaje del presidente, esto es, a publicar los puntos de vista de éste y, subsecuentemente, a situarlos en el centro del debate político a partir de una visión previamente condicionada en calidad de noticia, comentario, editorial o simple opinión.

El carácter totalitario de esta maniobra es más que notoria, pues obliga a los órganos de prensa, por lo menos durante veinticuatro horas, a trabajar con la agenda informativa del gobierno. No son sólo “anuncios gratis” para éste, empero: también es presión indirecta irresistible del principal colocador de publicidad en los medios.

Por último, los famosos “encuentros” tienen como finalidad, a tono con la mencionada concepción de los actuales incumbentes de la cosa pública, crear una percepción en la sociedad (en el sentido limitado y excluyente en que éstos la asumen) sobre el tema de debate que sea favorable a las ideas de sus convocantes, de suerte que la consiguiente difusión “en masa” de la misma (para lo cual se usan todos los medios adicionales que la administración financia directa o indirectamente) termine trastocando la realidad en la conciencia de cierta gente y, si las circunstancias lo permiten, sustituyéndola en su sentir y su pensar. A la postre, pues, se trata de una engañifa que no deja de recordar a Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich: “Una mentira adecuadamente repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Hay que insistir, no obstante, en que toda esa política de prestidigitación psico-social alrededor de la realidad y su percepción, en razón de que se cimenta en la simulación y el truco, no sólo no cambia los hechos (éstos existirán o seguirán su curso al margen de toda teorización confusionista) sino que, a la postre, en algún momento se revertirá drástica y gravosamente contra sus creadores y practicantes. Es sólo cuestión de tiempo, y no me refiero a la imagen de algunos de los convocados, persuadidos de la treta, mordiéndose los labios de asombro o impotencia. Estoy hablando de algo más serio: esa singular política de “alienación del conciente”, como hemos sugerido, no es nueva, y sus gestores y utilizadores primigenios hace décadas que yacen en el zafacón de la historia.

La razón es simple, y déjenme recordarla, una vez más, con Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Y que conste: eso vale para el tema de la corrupción o para cualquier otro.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

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