Jueves 30 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

¡Otra vez la iglesia!

La iglesia Católica ha perdido perdón en innúmeras ocasiones. Les tomó más de quinientos años pedir perdón por el maltrato ocasionados a los indígenas de lo que ellos llamaron “El nuevo mundo”

Pidieron perdón por haber tratado como bestias a más de 70 millones de almas. Seres sobre los cuales el teólogo español, Tomás Urtiz escribió: “Los indios no se diferencian en nada de los animales, vegetales y minerales. Por su propia naturaleza son esclavos y deben ser sometidos a la obediencia de criaturas más racionales”.

Sin embargo, estos mismos “indios” fueron los creadores del Gran Imperio Inca. Con técnicas tan avanzadas en Ingeniería, medicina y agricultura que todavía hoy contemplamos con admiración.

Unos “Animales” que fueron capaces de crear Tenochtitlán, la bellísima capital del imperio Azteca que muchos historiadores de la época reconocieron que sus amplias avenidas estaban mejor trazadas que las de muchas ciudades europeas.

“Vegetales” que, como los mayas en Centroamérica, eran grandes Astrónomos y Matemáticos.

Estos “Minerales” fueron capaces de construir pirámides perfectas, mejores que las egipcias.

Aun así, cronistas españoles como Gonzalo de Oviedo se atrevió a escribir cosas como estas: “Los indios son gentes ociosas y viciosas, de poco trabajo. Muchos de ellos, por pasatiempo, se matan con veneno. Y lo hacen sólo por no trabajar. Son tan salvajes que piensan que todo es común”.

Hasta Voltaire se atrevió a decir que: “Los indios son perezosos, estúpidos, son hombres inferiores”.

Fray Cornielle de Paw decía que: “No tienen alma. Son sólo bestias degeneradas y flojas”.

Más de quinientos años después, la iglesia católica pide perdón y reconoce que los indígenas “Sí tienen alma”.

Al pedir perdón, la iglesia católica admitió que se equivocó. Que cometió un error. Se confesó.

Pero esta no es la primera vez y estamos seguros que no será la última, en la cual la iglesia católica se ha equivocado. El ‘Mea culpa’ de los católicos no se queda ahí.

En el 1982 Juan Pablo II pidió perdón por los “errores de exceso” y por la “intolerancia y hasta la violencia en el servicio de la verdad” de los inquisidores.

En 1997, refiriéndose al Holocausto expreso su tristeza por las conciencias adormecidas de algunos cristianos y la resistencia espiritual de otros grupos ante la persecución de los judíos por el nazismo.

En el 1995 calificó las expediciones armadas, Las Cruzadas, como graves errores.

En 1985 pidió disculpas a los africanos por la forma en la que fueron tratados en los siglos recientes. En Estados Unidos, en 1984, pidió perdón por los excesos de los misioneros y en 1987 reconoció que los cristianos estuvieron entre los que destruyeron la forma de vida de los indios.

Los aborígenes nuestros fueron testigos del sermón de Adviento de Fray Antón de Montesinos.

En una carta de 1995 que examinó la discriminación histórica de las mujeres, el Papa afirmó que dentro de los responsables se encontraban "no pocos miembros de la Iglesia"

Lo mismo ha hecho la iglesia con la esclavitud, el racismo, su cercanía con los poderes dictatoriales y hasta con científicos como Galileo Galilei.

Ni que decir del Ecumenismo.

Como vemos, la iglesia católica ha pedido perdón por muchísimas equivocaciones.

Lo penoso de todo esto es que los que pudieron haberlos perdonado, hace muchos, muchísimos años que ya no pertenecen al mundo de los vivos.

Por todo lo antes expuesto, nos asaltan algunas preguntas que pudieran surgir en un futuro muy cercano.

¿Cuánto le tomará a la iglesia católica pedirles perdón a dos hermosas niñas que vivieron sin los mimos de su madre porque el tercer embarazo de su progenitora fue uno de alto riesgo y en dominicana no le permitieron hacerse un aborto terapéutico y murió en el parto?

¿Cuántos años pasarán antes de que la iglesia le pida perdón a esa niña que fue violada por su padre y que hoy pasa por la pena de no saber cómo llamarle a esa criatura que ella trajo al mundo, pero que no pidió, si su hijo o su hermano?

¿Será más temprano que tarde cuando la iglesia católica se arrodille y con el corazón en la mano le pida su indulgencia a esa joven que la obligaron a tener un hijo fruto de una violación por un infectado de VIH y que ahora está condenada a ver, en la cara de su hijo, también portador del virus, el rostro de su violador?

Ojala a la iglesia católica dominicana no le coja tanto tiempo para pedir perdón. Que pueda hacerlo de forma que las perjudicadas, las mujeres quisqueyanas, estén todavía en condiciones de exculparlos.

Pero, aquellos que se hicieron cómplices, con la aprobación del insensible artículo 30 de la “Nueva Constitución”, unos por acción, otros por omisión y la mayoría, según palabras del Presidente de la Cámara de Diputados, por miedo, no tendrán ningún tipo de absolución. Nadie, absolutamente nadie, sale absuelto del confesonario de su propia conciencia.

26 de Abril del 2009, 12:16 PM

Testimonio de una católica

Esa reforma constitucional esconde más de muerte que de defensa a la vida.


Lo digo desde el inicio para que no haya dudas: soy absoluta y radicalmente anti-aborto. Al principio de mi único embarazo, me dijeron que había la posibilidad de problemas de no sé cuántas cosas. Respondí que si había de parir un lagarto, yo creaba el hábitat adecuado para reptiles en el patio y le tomaba amor al verde. Con lo que sé de mí hasta ahora, creo que nunca me haría un aborto, así estuviese mi vida en peligro. Total, tanto la he arriesgado en los llamados "barrios peligrosos de Santo Domingo" que siento que la muerte me daría el premio de la vida eterna que aún no merezco. Lo aclaro de entrada por lo que voy a decir a continuacion:

1) Ninguna ley, disposición o prohibición constitucional, salva a un bebé (me niego a llamarle embrión) de ser abortado. El único lugar en el que se salva un hijo es en el corazón de la madre. Bien harían, a mi juicio, todos los que hacen vigilias frente al Congreso en detenerse un poquito a examinar el modo en que se acercan a las mujeres para ayudarles a amar a sus hijos engendrados.

Si queremos luchar contra el aborto y a favor de la vida del no nacido, comprendamos las causas de los embarazos no deseados, luchemos contra la pobreza extrema que causa tanta angustia a las mujeres pobres (cuántas historias he escuchado, Dios mío), tratemos de reducir los niveles de violencia familiar y las condiciones de hacinamiento que son fuente de tantas violaciones. Seamos más generosos y viendo menos televisión dediquemos más tiempo a dar educación sexual a las niñas y adolescentes de nuestros barrios. Seamos más proactivos, que es tarea más fácil poner el asunto este en una ley --y quitarnos la responsabilidad que tenemos todos los que creemos en la concepción como origen de la vida-- que luchar para defender la vida del no nacido, de verdad, no con pura cosmética. Para mi, esta modificación constitucional es lo más parecido a un maquillaje cosmético.

2) Soy católica, amo profundamente a la Iglesia, como ama un hijo a una madre: uno conoce sus defectos, pero no puede dejar de agradecerle la vida, en este caso, la fe. Pienso que nos hemos equivocado, y me averguenza el modo en que hemos querido imponer nuestra opinión a los demás. Hemos juzgado las intenciones de quienes piensan distinto de nosotros y los hemos condenado al fuego del infierno. Nos hemos creído mejores que aquellos que no creen que la vida comienza en la concepción. Jesús no se impuso. Jesús vivió y amó. Creo que nos ha faltado la humildad del que se pone en el lugar del otro, del que intenta comprender que pasa por la cabeza de aquellas que deciden abortar un hijo. Nos falta amar un poco más la historia de cada persona, estando conscientes de que Dios conoce el corazón del hombre y sus intenciones y que nosotros no lo podremos hacer nunca. Quizás esto que a mi me parece que es una equivocación coloque a la Iglesia, nuestra madre, en un lugar que obligue a los católicos a ser más humildes, a pedir perdón de nuevo, quizás no ahora, pero dentro unos años, como tantas veces ha pasado ya.

3) Por imponernos, los defensores de la vida hemos dejado que nos usen como distracción.... aprobado el artículo 30, como si lo demás no importara. Y no es así. Esa reforma constitucional esconde más de muerte que de defensa a la vida. Y no abundo más sobre el tema... los corazones y la "nobleza" de nuestros legisladores es conocida desde hace mucho tiempo, así que no digo nada nuevo si afirmo que al final del día a día este articulo no significa que la mayoría de nuestros congresistas aman y defienden otra vida, distinta de la suya.

La defensa de la vida, de toda vida humana, no puede ser selectiva: no podemos defender al no nacido, y que nos importe un rábano después que nace y es un niño de la calle, una mujer o adolescente violada, un hombre preso en esos almacenes humanos que son nuestros centros carcelarios. Eso es hipocresía. Y me perdonan. Si nos importa la vida, nos tiene que importar toda vida: la de los delincuentes asesinados por la policía porque para ellos --y al jefe de la Policía—parece que la vida de un delincuente no vale. Si nos duele la vida del bebé que nacerá con muchos problemas de salud, nos debe importar la vida de los ancianos de nuestros asilos (y de nuestras cárceles); si nos duele que un bebé no deseado sea asesinado, nos debe doler la vida de la madre que no lo desea... El texto constitucional, si quería defender la vida, tenía que escribirse de un modo que no sirviera de excusa para provocar muertes. O peor aun, para fastidiarle la vida a la mujer que lleva dentro al bebé. De hecho, solo por la gracia y misericordia de Dios este artículo no servirá para que los abortos clandestinos que se hacen y se seguirán haciendo en la República Dominicana, no maten a más mujeres, con sus hijos, de los que ya se están produciendo.

Tuve un embarazo difícil. No hubo nada que comiera que no me produjera un dolor horrible de estómago. Lo aguanté porque mi esposo y yo queríamos un hijito desde tiempo antes. Mi espalda, arruinada después de años cuidando a una discapacitada, se resintió, durante los últimos meses de embarazo caminé cojeando del dolor. Dormía unas cinco o seis horas en la noche, despertándome, cuando no por una cosa, por otra. Pero el amor por mi hijo me sostuvo y me mantuvo la alegría. Y no estuve sola. Mi esposo me acompañó, se desveló conmigo. Saber que mi hijo nacería en un hogar que lo esperaba y lo deseaba me hizo superar las dificultades. Durante todos esos meses no dejé de pensar en las mujeres con embarazos no deseados, las que están solas en la noche sin saber qué carajo hacer con su vida y la vida del que llevan dentro; aquellas que han sido abusadas por sus maridos, aquellas que temen que sus hijos no tendrán qué comer, aquellas muy pobres que no saben de dónde sacarán para conseguir leche; aquellas que son adolescentes que se embarazaron huyendo de un padre alcohólico refugiadas en un novio adulto, esas que están cansadas de oír que las mujeres que no tienen hijos "no están completas". No dejé de pensar es esas que llevan un embarazo así como el mío, pero sin el amor que a mi me sostuvo siempre.

Esas mujeres son heroínas y merecen nuestro respeto, nuestra compasión. Si deciden no seguir adelante, ya les tocara a ellas hablar con Dios de su decisión, pero recordemos: Dios es un padre que es todo amor y toda bondad. Él sabe comprender lo que nosotros no comprendemos y tiene en su corazón un espacio para el bebé abortado y para la madre que también aborta en el proceso. No podemos sustituir a Dios, ni al quitar la vida de otros, ni al pretender dirigirlas imponiendo nuestras ideas.

María Javier

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