Domingo 23 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Vainas y sables en el PLD

El grueso de los analistas y observadores del panorama político dominicano coincide actualmente -punto más, punto menos- en que bajo las condiciones prevalecientes y al margen de quien sea su candidato presidencial -en general y con ciertas gradaciones que no pueden ignorarse-, el PLD es la organización política “a vencer” en la consulta electoral pautada para el mes de mayo del año 2016.

(Cuando se alude a las “condiciones prevalecientes” se está hablando aquí, sobre todo pero no únicamente, de los dos elementos nodales de la coyuntura de hoy: la indiscutible fortaleza política que exhibe el peledeismo -entendido éste una como corporación partidarista y empresarial con múltiples ramificaciones interiores y exteriores, no como la estructura orgánica unitaria que fue hasta hace algunos años- y la dispersión corpóreo-conceptual que acusa la insípida y timorata “oposición” -así, entre comillas- que se gasta en estos momentos nuestra democracia).

Sin embargo, valga la precisión, el juicio que precede es únicamente válido dentro de las “condiciones” reseñadas y, por supuesto, si el PLD “torea” adecuadamente los desafíos que tiene ante sí en el presente y el porvenir inmediato: es cada vez más evidente que en el interior y en los entornos de ese consorcio político-económico hay ruidos, turbulencias y hasta amenazas de cruces de sables que, si no se conjuran a tiempo, podrían poner en entredicho esa perspectiva favorable a sus intereses que es perceptible en buena parte del país.

En efecto, la vida doméstica del PLD de hoy no exhibe la uniformidad orgánica, la “disciplina” y la apacibilidad que tantos elogios le hicieran ganar en el pasado: a los aspavientos creados por el tema de la reelección (aún no dirimido concluyentemente a pesar de lo que se quiere vender hacia afuera) ahora se les han sumado los alborotos generados por la decisión de las altas instancias del Ministerio Público (encabezadas por el doctor Francisco Domínguez Brito, un subalterno coyuntural -¡ojo!- del presidente Danilo Medina) de promover el encausamiento judicial del senador Félix Bautista (un “enfant terrible” para muchos de sus conmilitones, pero colaborador casi de aposento del ex presidente Leonel Fernández).

Al margen de cualquier consideración sobre sus fundamentos o su justeza (como es harto sabido, el autor de estas líneas está inscrito en la corriente de opinión que favorece la investigación de toda persona sospechosa de corrupción), si el procesamiento judicial del ingeniero Félix Bautista no es parte de la política de “impugnación, acoso y derribo” que se ejecuta contra el doctor Fernández desde los litorales del sector peledeísta de Medina aplicando la vieja “maña” de María Ramos (la que “tira la piedra y esconde la mano”), por lo menos desempeña un rol conscientemente funcional a ella: le cae como anillo al dedo.

Y es que, ciertamente, si hay algo que está claro en estos instantes es que la premisa esencial para intentar procurarle viabilidad al proyecto reeleccionista reside justamente en sacar de la contienda al doctor Fernández (luego, y sobre esta base, se diseñaría la estrategia para la reforma constitucional que se requiere), quien es -a contrapelo de los cuestionamientos que les hacen importantes sectores de la vida nacional por su responsabilidad política en hechos punibles de variada naturaleza- el precandidato que está en mejores condiciones de constituir una alternativa a aquel en los aprestos del peledeismo por mantenerse en el poder.

(El ex mandatario parece tan consciente de lo que se acaba de decir que, debido a que sus “vientos” de clamor popular no han logrado amainar las apetencias reeleccionistas, se acaba de decantar por una senda que lo coloca en riesgo de ser acusado de soberbio: un acto -simbólicamente guerrerista, y no por la turba morada que agredió a periodistas y protestantes- en el que aparece santificado por representativos del gran empresariado nacional, una parte de los cuales -por cierto- previamente se había pronunciado en contra de la repostulación del presidente Medina esgrimiendo un argumento simplón que no logra ocultar el refajo porque no se usó en el pasado en circunstancias parecidas que favorecían al doctor Fernández: señalando -con cierto aire de fementida flema inglesa- que el “problema” es que la Constitución la prohíbe).

Ya algunos miembros de la cúpula morada han lanzado gritos de alerta en torno a la peligrosidad de la situación (como la advertencia genérica hecha por el doctor Euclides Gutiérrez Félix) y llamados para enfrentarla con el bastón disciplinario, pero un hecho es revelador de que la misma tiene meollos y meandros realmente inéditos: que el todopoderoso Comité Político (bastante conocido como “papá pegón” en caso de desavenencias o contrariedades interiores), en una actitud de vacilación indudablemente sospechosa, hasta el momento ha sido renuente a discutir los temas conflictivos que hoy parecen dividir a los peledeístas.

Obviamente, esa rara postura no puede ser resultado sino de una situación: entre los miembros del Comité Político del PLD no hay en estos instantes posibilidad de consenso sobre los referidos tópicos, y su división al tenor es tan profunda e inconciliable que se teme que las discusiones en cuestión produzcan secuelas contraproducentes: radicalización, intercambio de “verdades” y levantamiento de muros de incomunicación. La conclusión, pues, se cae de la mata: hay que jugar al tiempo para ver si las aguas se calman o, en el peor de los casos, aguardar por “mejores circunstancias” para desarrollar la controversia.

Desde luego, esas “mejores circunstancias” pueden referirse a dos posibilidades: la primera sería que aparezca un grupo promotor del consenso (como aconteció para las elecciones de 2012, cuyo vocero lo fue el doctor Gutiérrez Félix, según confesión propia) y se produzca un gran acuerdo “en la cumbre” con base en un “armisticio” de aposento y una candidatura presidencial intermedia; y la segunda implicaría que el danilismo abandone definitivamente toda aspiración reeleccionista y le abra las puertas a la candidatura del doctor Fernández o, por el contrario, que el leonelismo se convenza de que el de hoy no es su “momento” y se avenga a la “necesidad” de que el presidente Medina opte por una repostulación.

(En relación con el porvenir inmediato del doctor Fernández conviene no olvidar que si bien es cierto que las encuestas -contrariando la percepción social generalizada de que él encabezó un régimen de graves inconductas e “indelicadezas”- lo sitúan en una posición envidiable de preferencia para las próximas elecciones, no lo es menos que su estrella política no tiene los resplandores del pasado reciente, pues en ninguno de sus lances anteriores había encarado una oposición ciudadana tan beligerante ni tampoco se había visto con tantos cuestionamientos y escollos en el camino... En el lenguaje deportivo: mientras en 1996, 2004 y 2008 corría en el “carril de adentro” con el público mayoritariamente a su favor, ahora lo hace en el “carril de afuera” con el público mayoritariamente en contra).

Por otra parte, se sabe que los tambores reeleccionistas sólo podrían ser silenciados definitivamente por el propio presidente Medina (y los leonelistas son los primeros en tener conciencia de ello), pero también es historia conocida que las demandas de la “realpolitik” y la lógica de operación cotidiana del Estado (el miedo a la “soledad del poder”) se lo impiden a la distancia actual de casi dos años para la terminación de su período de elección: el jefe de Estado tiene que cuidarse de la “sangría” de apoyos que produce la cercanía del fin de mandato y, además, guardar su principal arma de negociación interna para cuando llegue el tiempo de ésta.

Naturalmente, debido precisamente a que está en manos del presidente Medina (un armador por excelencia y un pragmático por antonomasia), el asunto de la repostulación y la reelección -contrariamente a lo que creen algunos desde la oposición- podría tener un desenlace feliz en cualquiera de sus sentidos posibles (esto es, aceptándola o resignándola), y su verdadera peligrosidad reside en qué tanto puede dañar o no de manera irreparable la imagen y la unidad del PLD en el camino, es decir, mientras se discute y define... O sea: el tiempo puede ser un aliado, pero también un sepulturero.

En realidad, más azaroso y potencialmente dañino para el PLD lo es el tema de la corrupción, pero no exactamente porque vaya a afectar sus niveles militantes de adhesión político-electoral (la hipocresía social, su formidable aparato clientelar y su avasallante control mediático, lo “blindan” bastante bien en este sentido), sino por las heridas internas (en algunos casos con tendencia a convertirse en llagas purulentas) que ya ha provocado y podría seguir produciendo... En la política dominicana moderna lo que importa no es que se sea o no “uñas largas”: lo que impacta es que se diga o no, porque la mera denuncia se interpreta como “lodo” contra la reputación, y ya se sabe en lo que esto termina entre compañeros.

En ese contexto, y por encima de sus deseos, los peledeístas tendrían que enfrentar un par de desafíos difíciles de superar: la reconciliación después de una tormentosa batalla referida a la ética y a la preservación de los bienes (leimotiv del resentimiento político-personal más borracoso, según Maquiavelo) y el desmadre que podría implicar para su cúpula dirigencial el posible “efecto dominó” de las investigaciones y los encausamientos: el caso del senador Bautista sería la puerta de entrada para sentar en el banquillo de los acusados a mucha gente tanto dentro como fuera del PLD.

Es natural, pues, que la posibilidad de concreción de este “efecto” (léase: que los imputados por el rumor público de corrupción tengan que rendir cuentas ante los tribunales para esclarecer el origen de sus fortunas) siembre el pánico en no pocas instancias del peledeismo gobernante, la “clase” política y hasta el empresario nacional. En otras palabras, como ha sugerido el propio senador Bautista (“si yo caigo, otros caerán conmigo), el asunto no es tan simple como se ve: demasiadas barbas ya debe haber en remojo ante la amenaza de incendio, y no sólo en el PLD -se reitera- sino también en cierta “oposición” y en el mundo de los negocios privados... No es casualidad que haya tanta gente de diferente prosapia social y política (una verdadera “santa alianza”) buscando cómo descalificar al doctor Domínguez Brito (¡por sospecha de ser precandidato presidencial!) e indirectamente defender al senador Bautista.

Por lo demás, en lo que concierne al tema de la corrupción tampoco hay que ser más ingenuo de la cuenta: el doctor Domínguez Brito puede tener “cabeza propia” y hasta podría estar buscando bonificación política y recibiendo apoyo de la embajada estadounidense (normal en nuestro mundo global porque las prácticas corruptas afectan el comercio internacional y tocan a recursos provenientes de ayudas, donaciones o préstamos públicos blandos), pero -como se insinuó arriba- su permanencia en la Procuraduría General de la República depende de un decreto presidencial... Más claramente: el jefe del Ministerio Público sólo podrá llegar en su cruzada contra el senador Bautista hasta donde lo permita el presidente Medina... ¡Ni más ni menos, Perogrullo!

Por eso, el autor de estas líneas (que tiene tres decenios presenciando espectáculos con fuegos artificiales en materia de lucha contra la corrupción) debe confesar que, a despecho de sus deseos, aún es prisionero del escepticismo: no descarta que todo devenga nuevamente circo fatuo y, a la postre, se termine aplicando la antigua conseja del compadrazgo y la impunidad: “Hoy por mí, mañana por ti”... Sería terrible y frustrante, sin dudas, pero nada nuevo en esta tierra de nuestros amores y nuestros dolores... (¡Zafa!).

(*) El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com

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