Jueves 22 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

El asesinato del Che Guevara en 1967

El 9 de octubre de 1967, aproximadamente a las 12:30 de la tarde, los soldados bolivianos Mario Terán, Carlos Pérez Panoso y Bernardino Huanca recibieron de sus superiores una orden que los marcaría para siempre: “eliminar” al prisionero herido que en esos momentos se encontraba en un aula de la escuelita de La Higuera, una pequeña aldea de menos de un centenar de habitantes ubicada al sur de la provincia de Vallegrande (en el Departamento de Santa Cruz, Bolivia), a 60 kilómetros de la ciudad del mismo nombre.

El prisionero era Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido como “Che”, médico y revolucionario argentino de renombre internacional, y la orden de matarlo había llegado horas antes -en clave cifrada por la radio militar- procedente de La Paz, capital boliviana, donde el destino de aquel había sido objeto de consultas entre el presidente René Barrientos, el alto mando militar encabezado por el general Alfredo Ovando, la embajada de los Estados Unidos y parte del personal de la estación de la CIA en esa ciudad.

La historia había comenzado en la primera semana de noviembre de 1966, cuando el dirigente revolucionario, junto a un grupo de compañeros, instaló su campamento guerrillero en un área montañosa y selvática de las cercanías del río Ñancahuazú, en el sudeste de Bolivia.
El objetivo inmediato del Che era constituir un ejército rebelde al estilo del que había actuado en Cuba desde 1956 hasta 1959 bajo la dirección de Fidel Castro, y desarrollar un movimiento político-militar que culminara con el derrocamiento del gobierno del general Barrientos (que era bastante popular entre los campesinos y contaba con el apoyo de los Estados Unidos) y el establecimiento en Bolivia de un régimen revolucionario de tendencia socialista.

El grupo original estaba integrado por 47 personas: 16 cubanos, 26 bolivianos, 3 peruanos y 2 argentinos. La única mujer era Haydée Tamara Bunke Bider (“compañera Tania”, muerta en combate el 31 de agosto de 1967), una joven militante argentina de origen alemán que, aunque tenía prometido cubano, la CIA vinculaba sentimentalmente con el Che. No obstante, en el llamado “grupo de apoyo” también tuvo un importante papel la activista revolucionaria Loyola Guzmán Lara (“compañera Ignacia”, hasta hace poco aliada del gobernante MAS de Bolivia, pero en estos momentos opositora del presidente Evo Morales). El grupo adoptó el nombre de Ejército de Liberación Nacional (ELN), y contaba con secciones de respaldo en Argentina, Chile y Perú.

Como ya se ha señalado, Bolivia estaba oficialmente gobernada en ese momento por René Barrientos, general del ejército que había derrocado en 1964 al presidente Víctor Paz Estenssoro (poniendo fin a la revolución de abril 1952, de tendencia nacionalista, populista y agrarista, impulsada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario, MNR) y, luego, en 1966, había sido elegido como presidente en unas elecciones cuestionadas por sus adversarios.

El grupo guerrillero se había movilizado por territorio boliviano durante aproximadamente 11 meses, en principio con buenos auspicios pero después de manera penosa y precaria debido a la falta de apoyo logístico, el descalabro de la retaguardia urbana (sobre todo por diferencias con los comunistas), las deserciones, lo inhóspito de la zona geográfica en donde operaba y las delaciones de campesinos partidarios del gobierno o simplemente asustados.

En octubre de ese año de 1967 las fuerzas guerrilleras estaban prácticamente en desbandada (pese a que la lectura del diario del Che podría inducir a una opinión en contrario). Las tres cuartas partes del grupo original habían caído en combate. Las tropas regulares, asesoradas por especialistas estadounidenses en contrainsurgencia, hostigaban y cercaban a los guerrilleros. El avance de éstos era prácticamente en huida y de manera extremadamente lenta y trabajosa.

El día 8 el Che y sus hombres fueron sorprendidos en un irregular terreno llamado la Quebrada del Yuro. El jefe rebelde ordenó dividir el grupo en dos, disponiendo que los heridos o enfermos continuaran avanzando, mientras él y los restantes hombres se quedaban a enfrentar las tropas del gobierno que los perseguían y comenzaban a formarles un cerco. Los guerrilleros estaban exhaustos y hambrientos, pero aún así decidieron pelear.

Harry Villegas, uno de los sobrevivientes del movimiento, luego hizo un relato de estos dramáticos momentos:

“Yo pienso que él (se refiere al Che) pudo escapar. Pero traía un grupo de gente enferma que no se podía desplazar a la misma velocidad que él. Cuando el ejército comienza la persecución, decide pararse y dice a los enfermos que sigan. Entretanto el cerco se va cerrando. Sin embargo, los enfermos logran salir. O sea, el enemigo fue más lento que los enfermos. A los que venían en persecución directa, el Che los aguanta. Cuando él va a continuar, el cerco se cerró y entonces se produce el enfrentamiento directo. Pero si él hubiese salido con los enfermos, se habría salvado”.

El enfrentamiento a que se refiere Villegas, el último combate del Che, llevaba cerca de tres horas cuando el cabecilla guerrillero fue herido levemente en una pierna y capturado junto con Simeón Cuba. En el combate murieron tres hombres (Aniceto Reynaga, René Martínez y Orlando Pantoja) y uno resultó gravemente herido (Alberto Fernández Montes de Oca) y falleció al día siguiente.

El día 9 fue capturado Juan Pablo Chang, mientras que cuatro hombres que eran perseguidos de cerca por las tropas regulares (Octavio de la Concepción de la Pedraja, Francisco Huanca, Lucio Garvan y Jaime Arana) murieron en el “combate de Cajones” el día 13. De los seis guerrilleros que encabezaban el avance (Harry Villegas, Dariel Alarcón, Leonardo Tamayo, Inti Peredo, David Adriazola y Julio Méndez Korne) cinco se les escabulleron a las tropas (el último resultó muerto), y lograron escapar hacia Chile.

El Che y Cuba, prisioneros, fueron trasladados al caserío llamado La Higuera y confinados en la escuela, en aulas separadas y bajo estrictas medidas de vigilancia. En otras aulas fueron depositados los cadáveres de los guerrilleros muertos. Al día siguiente sería llevado a la escuela Chang, quién estaba herido.

La orden de fusilar al Che fue recibida en principio por el agente de la CIA Félix Ismael Rodríguez (presente en el campo de operaciones como “asesor”), quien la transmitió a los oficiales bolivianos y se la comunicó al propio jefe guerrillero. Antes de proceder al fusilamiento, Rodríguez conversó con el Che y lo sacó del aula para tomarle varias fotografías, que son las últimas en las que aparece éste con vida. Luego, instruyó al sargento Mario Terán (acompañado por el subteniente Pérez Panoso y el sargento Huanca) para que ejecutara la orden.

Terán narró el hecho de sangre, consumado aproximadamente a las 1:10 de la tarde, de la siguiente manera:

“… Ese fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme me dijo: ‘Usted ha venido a matarme’. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: ‘¿Qué han dicho los otros?’ (se refería a los guerrilleros Cuba y Chang, también prisioneros). Le respondí que no habían dicho nada, y él contestó: ‘¡Eran unos valientes!’… Yo no me atrevía a disparar… En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentí que se me echaba encima, y cuando me miró fijamente me dio un mareo… Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma.

‘¡Póngase sereno -me dijo- y apunte bien! ¡Usted va a matar a un hombre!’ Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga…El Che, con las piernas destrozadas cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto”.

Así murió el Che Guevara, famoso desde hacía años por su pensamiento radical y sus audaces trotes revolucionarios, y desde ese día se empezó a crear la leyenda: la que lo considera, desde la óptica de sus contradictores, un criminal aventurero y un despiadado jefe de bandidos y revoltosos, o la que, desde la mira de sus admiradores, lo devociona como un mártir idealista y un insigne revolucionario que murió en defensa de sus ideas y de los mejores intereses de la humanidad.

El gobierno de Bolivia, al dar cuenta del suceso, mintió por partida doble: antes del mediodía (es decir, horas antes de la ejecución) ya había anunciado que el Che, de 39 años de edad, había “muerto en combate”. El embuste, empero, no duraría mucho, pues muy pronto la verdad saldría a relucir espoleada por la propia conciencia de algunos de los participantes en el trágico acaecimiento... En realidad, el Che había sido asesinado.

(*) El autor es abogado y profesor universitario,
lrdecampsr@hotmail.com

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