Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Leonel: El “zóon politikón”

En medio de la campaña electoral del año 2008, cuando la publicidad política y la retórica partidista cumplían con mayor estrépito su consabido empeño de condicionar la verdad y tomar por asalto la conciencia colectiva, el autor de estas líneas -que acompañaba a su esposa en su incansable búsqueda de precios “especiales”- se encontró en un supermercado de Santo Domingo Este con un antiquísimo y caro amigo.

Como hacía bastante tiempo que no nos veíamos, un fuerte abrazo sancionó la feliz coincidencia en aquel singular recinto abarrotado de parroquianos, y tras las preguntas y consejas de rigor sobre la salud y la familia, el amigo de referencia me pidió hacer “un aparte” y, de inmediato, me lanzó dos interrogantes que se caían “de la mata” dadas las circunstancias y nuestras comunes simpatías políticas: “¿Cómo tu ves el panorama electoral? ¿Quién crees que va a ganar?”.

Desde las elecciones de 1986 (en las que los resultados oficiales burlaron no sólo las expectativas sino también las realidades, mostrando que la “realpolitik” usualmente se impone sobre la razón, la idealidad y la lógica jurídica) tengo la tendencia a sujetarme a los hechos “tangibles y mensurables” al momento de ofrecer opiniones políticas no proselitistas, y aunque en incontables ocasiones ello me ha generado inconvenientes con personas de mi más estrecha cercanía emocional -porque mis pronósticos no son de su agrado-, todo el que me conoce sabe que aún persisto en esa postura tan poco acreditada en los días que corren.

Lo cierto es que en aquella estruendosa primavera de 2008, con la voz modulada pero de manera firme y plena de convicción, le ofrecí al amigo de referencia una respuesta directa, breve y precisa: “Lamentablemente no hay manera de ganarle al doctor Leonel Fernández, sobre todo por tres razones nodales: el uso abrumador de los recursos del Estado en una sociedad de gruesas carencias materiales y culturales, la fortaleza que exhibe el PLD en los grandes centros poblacionales y -pese a su notable recuperación con respecto a la situación en que quedó en 2004- la ya irreversible incapacidad que exhibe el PRD para superar el “techo” del 43 por ciento de las simpatías electorales”.

El amigo escuchó mi contestación con la boca medio torcida y los ojos desorbitados, y en un arranque de enfado que me pareció impropio de su estatura intelectual e incompatible con nuestra vieja fraternidad, me replicó en tono atropellado y poco amistoso: “Tu estás desfasado, hermano... Nada de lo que dices es verdad, pues el PLD está totalmente desacreditado y al PRD no hay quien le gane las elecciones...”. Por supuesto, a esta escueta filípica le siguió todo un “análisis” de la coyuntura política destinado a demostrar que mi percepción era “profundamente errónea” porque “ignoraba aristas fundamentales” del proceso electoral.

A pesar de que no compartía las líneas generales de su evaluación del panorama político -era obvio para mí que confundía sus deseos con la realidad- y de que sutilmente me acusaba de ser punto menos que un analfabeto en la materia, escuché con atención al amigo por más de diez minutos, y cuando terminó le solicité que me permitiera exponer brevemente mis puntos de vista con relación al tema a los fines de “precisar” lo que precedentemente le había dicho con toda la buena intención del mundo y en razón de que estaba hablando “con un hermano de vasta experiencia y reconocida capacidad de análisis, y no con un obnubilado militante de base”.

El amigo (con un “okey, okey” que no podía ocultar su impaciencia y su incomodidad) consintió en ello, pero sólo de palabras: no me permitió cumplir lo que deseaba, pues interrumpía mi exposición cada quince segundos para ofrecerme un “dato” que -según él- yo desconocía, “aclarar” alguna “inexactitud” o hacer “una acotación necesaria”. Y, por supuesto, cada vez que lo hacía no sólo insistía en que yo estaba “desinformado” (o en que asumía “el discurso de los adversarios”) sino que también me flagelaba con una risita de burla y con ese inefable aire de perdonavidas que adoptan los políticos de cierto nivel jerárquico frente a sus contradictores o sus subalternos.

La verdad es que ni siquiera pude completar mi argumentación, y la conversación -en un momento dado convertida por mi amigo en un genuino diálogo de sordos- terminó con una despedida abrupta y fría que, de parte de aquel, fue coronada con una invectiva que me pareció desconsiderada pero que no respondí como se merecía por un mero prurito de educación cívica: al alejarse me espetó, en el cenit de su soberbia militante, que “con amigos como tu los perredeístas no necesitamos enemigos”... Este final fue tan desagradable que, según creo, nuestra amistad quedó lacerada hasta el sol de hoy.

Aleccionado por incidentes como el que acabo de narrar (porque no ha sido el único) cuando alguien cercano a mis afectos o a mis simpatías partidistas me pregunta sobre las realidades y expectativas político-electorales del país trato de responderle con una sonrisa cinematográfica y unas palabras sin envoltura que intentan constituirse en dique para las interpretaciones erróneas, los arrebatos de sectarismo y los arrestos de mala conciencia: “¿Qué quieres escuchar: lo que deseo que ocurra o lo que creo que va a ocurrir?” Por supuesto, todos sin excepción se decantan, haciendo protestas de apego a la “objetividad”, por la última parte de la interrogante.

Sin embargo, en los hechos lo que acontece es otra cosa: casi todos los amigos, compañeros o alumnos que se me acercan para hablar sobre la coyuntura política o los procesos electorales en perspectiva (debido que generalmente ya tienen sus propias “lecturas” del panorama y, más aún, son prisioneros inocentes de una racionalidad triunfalista sólidamente asentada en el hondón de sus ansias de progreso individual o social) terminan tratando de refutar mis consideraciones por un motivo para mí subjetivo pero completamente entendible: porque normalmente no se avienen con sus creencias y anhelos, y por consiguiente constituyen un atentado contra sus esperanzas... “Veritas odium parit”, según PublioTerencio.

El asunto, empero, es simple para mí, valga la reiteración: carezco de predisposición o experticia para decir “solamente” lo que los demás quieren escuchar, y si no estoy haciendo proselitismo (y en muchísimas ocasiones lo hago, que conste) siempre intento ponerme los zapatos del analista “a secas” y, por ello, pondero el panorama situándome mentalmente en las graderías (es decir, colocándome fuera de la racionalidad militante) para que el subjetivismo no termine minando mis apuestas por la verdad. ¿Lo logro? A veces no, pero por lo menos puedo asegurar que mis pronósticos “internos” -habitualmente formulados tres o cuatro meses antes- han resultado correctos en los últimos seis procesos electorales del país.

Todo eso viene a cuento porque -lo he de confesar- hace varios meses me está ocurriendo lo mismo cuando intento reflexionar con algunos amigos o compañeros acerca de las posibilidades reales de que el doctor Fernández (sin dudas actualmente en el peor momento político de su carrera) vuelva a ser candidato presidencial por el PLD y, subsecuentemente, sea elegido nuevamente primer magistrado de la nación: por desventura, el fanatismo y los deseos se sobreponen a la referencia histórica, los hechos diarios y las proyecciones racionales, y se tiende a subestimar deportivamente las potencialidades del ex mandatario... Y esto acaece, increíblemente, con militantes, dirigentes y líderes de todos los pelajes y gradaciones.

En otro lugar he expresado que con el Fernández, guardando las diferencias de tiempo y espacio, ocurre algo parecido a lo que vivimos con el doctor Joaquín Balaguer hasta su último hálito de existencia: nadie tiene dudas de que tratará de ser otra vez candidato presidencial, y por ello cotidianamente se aguarda por sus “señales”, sus poses o sus proclamas. Fernández, como Balaguer, ya aparenta vivir únicamente para aspirar al “sillón de los alfileres” (incluso desde la poltrona de “Funglode” luce permanentemente en campaña), aunque -también cono éste último- los mensajes directos al tenor sólo los formulan sus colaboradores más íntimos... Las palabras “retiro” o “relevo” no parecen figurar en el diccionario político del exitoso estadista de Villa Juana.

No sé si en el PLD -como decía el estribillo del movimiento balaguerista aquel- todavía “Lo que diga Leonel es lo que va” (en estos momentos enfrenta serios cuestionamientos de una parte importante de sus conmilitones y de la sociedad dominicana en general), o si -como decían algunos en 2008 y 2012- “Leonel es una necesidad nacional” (razones hay de sobra para dudarlo), pero sí estoy convencido de que “Leonel va” (a menos que el presidente Medina le “meta el pie” y lo haga tropezar o caer de bruces), y de que en esa entidad hay muchas personas que opinan sinceramente que “mientras Leonel respire que nadie aspire”.

Por otra parte, en torno al doctor Fernández siempre hay que recordar que aunque se ha jactado de decir que él nunca se propuso ser presidente (otra vez el parecido con el doctor Balaguer no es invento mío: es parte de nuestros anales), “rifó” en las primarias del PLD para las elecciones de 1996 a todos sus adversarios de la vieja guardia, le cedió en el 2000 la candidatura al licenciado Danilo Medina por impedimento constitucional (y a sabiendas de que sus posibilidades de victoria eran mínimas), no dejó que nadie sacara la cabeza para el 2004, aplastó al actual presidente en las bregas internas para el 2008, y no fue candidato en el 2012 -más allá de las consideraciones legales sustantivas- acaso porque entendía que su partido caminaba hacia una posible derrota... Imagínense: ¿y si se hubiera propuesto ser presidente, cómo habría sido el asunto?

En opinión de este humildísimo escribidor están soñando -por no decir otra cosa- quienes en el PLD o en la oposición creen que el doctor Fernández va a dejarle olímpicamente su espacio a algún miembro de su antigua comparsa: los líderes de su prosapia no albergan semejante generosidad (por lo demás impropia de su aludido carácter de “animal político”), y tal y como ha dicho en múltiples ocasiones piensa que el líder peledeísta sólo abandonaría sus aspiraciones presidenciales en dos escenarios por el momento no verosímiles: si el presidente Medina decide optar por una repostulación, o si el PLD se descalabra políticamente y sus expectativas de triunfo se tornan inciertas... Todo lo otro -reitero- es interesado y vaporoso espejismo.

El doctor Fernández -es procedente repetirlo- ha demostrado fehacientemente en los últimos tres lustros que es un verdadero “zóon politikón” (y que, por lo tanto, en la arena pública es un gladiador zorruno, pragmático y amoral que sólo pelea con ventaja), pero muchos de sus adversarios insisten en evaluarlo y tratarlo como si fuera un torpe predicador de alma blanca o un piadoso cura de zona rural: a su “inteligencia” y sus garras políticas (patentes en excelentes estrategias y en el uso sin remordimientos de todas las “armas” disponibles, sin excepción) se le responde con vulgares vacuidades conceptuales y con una “decencia” práctica que es lo que más se parece a la cobardía... Tal ha sido una de las razones -hay otras, desde luego- por las que, hasta ahora, ha sido tan difícil hacerle morder el grisáceo polvo de la derrota.

(*) El autor es abogado y profesor universitario.
lrdecampsr@hotmail.com

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