Sábado 29 de Abril del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

De viaje con un "eslabón perdido"

Rafael Peralta Romero es uno de los integrantes del llamado “eslabón perdido” de la poesía dominicana; uno de los que mencioné en un artículo anterior como autor de una poesía rancia que no dijo nada en su momento ni dice nada ahora que se ha querido revivir aquel grupo bajo el nombre de “Independientes del 70”.

Sin embargo, Peralta Romero es un veterano del periodismo y un narrador experimentado que creo no tiene necesidad de volver a escribir poesía. La primera vez que leí algo suyo fue a principios de los años ochenta cuando publicó su libro de relatos “Punto por punto”, y luego he visto su nombre con cierta regularidad en los medios de comunicación. El periodismo es un oficio que ejerce hace más de treinta años, y la literatura una vocación que lo acompaña desde que aprendió a leer.

Por lo que digo en el primer párrafo pensé que un encuentro con un poeta del tardío “eslabón perdido” no era buena idea, porque a veces las reacciones a las críticas pueden ser agresivas; pero la literatura y la experiencia de vida tienen su manera de hacernos entender y respetar las diferencias, y en algunos casos vale la pena tomar el riesgo. De modo que eso fue lo que hice hace unos días cuando viajé por carretera al interior del país a dictar conferencias en varias escuelas, pues mi “compañero de boleta” era precisamente Peralta Romero.

Como es natural, antes de subirme al vehículo del Ministerio de Educación, cuya Dirección General de Cultura auspiciaba las conferencias, me preparé mentalmente para enfrentar cualquier argumento de parte de Peralta Romero, que no conocía en persona, y de quien acababa de leer su última novela “Pedro El Cruel”.

En principio, Peralta Romero solo me saludó. Por un momento pensé que había guardado cordura porque íbamos acompañados de dos funcionarias del Ministerio de Educación. Yo me había sentado en la parte trasera y él al lado del conductor Hugo Urbáez. Cinco personas en un vehículo es un llamado al diálogo obligatorio. Mientras unos comentan, critican, teorizan y cuentan anécdotas, otros asienten o reaccionan igualmente con comentarios, críticas, teorías y contando sus propias anécdotas. Este viaje al municipio de Moca, en la provincia Espaillat, a poco más de dos horas de Santo Domingo, la capital del país, no fue la excepción. Parecía una delegación de peritos: una representante de la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación (Maritza Alcántara), un técnico nacional docente (Irma Stamers Díaz) y dos periodistas que no iban en calidad de periodistas sino de conferencistas (Peralta Romero y yo).

Por suerte, en la primera parte del viaje la dinámica de la conversación no había dado espacio para la mención del “eslabón perdido”, pero cuando hicimos una parada Peralta Romero aprovechó un instante en que nos quedamos solos para asegurarse de que yo era yo.

—Pero ¿tú eres Carvajal, el escritor? —me pregunta.
—Sí, claro —le respondo con la firme seguridad de que nadie me iba a desmentir aunque fuera un impostor.

Y apareció el tema del “eslabón perdido”. Pero apenas mereció tres minutos porque la afinidad profesional entre Peralta Romero y yo es mayor que un burdo debate sobre lo que se piense o no de la fantasiosa promoción de los "Independientes del 70”. Más que la poesía, a Peralta Romero y a mí nos une el ejercicio periodístico, la vocación literaria y una manera de ver la vida de una forma muy distinta a la de los poetas. Por eso creo que durante el resto del viaje se habló de todo, menos de poesía.

En Moca, una de las funcionarias de Educación me acompañó a dictar mis conferencias en la escuela Salomé Ureña de Henríquez y en el Centro de Excelencia del Nivel Medio “El Corozo”, mientras que Peralta Romero fue conducido a otros planteles.

La experiencia fue única, porque conocí a los forjadores del futuro de República Dominicana que son esos maestros y directores de centros educativos que operan contra viento y marea; y será irrepetible, como todo lo bueno y lo malo que observo durante esta “pasantía intelectual” que luego de toda una vida en Estados Unidos me he impuesto pasar en este pequeño país, que cada vez me parece más grande; una pasantía necesaria para ver mejor las cosas, sin fantasías desde la diáspora, y sin Caperucita Roja de por medio.

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