Domingo 25 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

La minúscula Feria de Santo Domingo

Es la primera vez que me encuentro en el país previo a la celebración de la Feria del Libro de Santo Domingo, un evento magno para los organizadores y participantes locales, pero minúsculo para la industria editorial internacional.

Aunque algunos no lo crean, en ocasiones he tenido que defender nuestra feria ante los críticos internacionales cuyas quejas en conversaciones de sobremesa son siempre las mismas: falta de profesionalidad y poco conocimiento sobre la verdadera función de una feria para el visitante extranjero.

Ahora, testigo inevitable durante esta “pasantía intelectual” que me he impuesto a mí mismo, obligándome a permanecer todo este año 2014 en el país, reconozco los aciertos de aquellas valiosas críticas de los industriales del libro y de los que tejen a diario el edredón literario que arropa desde hace muchos años las tierras continentales de América latina.

Somos malos organizadores de feria. Tal parece que ni el esfuerzo vale la pena, porque no hemos sabido ganarnos la confianza internacional, ni conquistar lectores locales, ni dar a conocer a nuestros escritores dentro del propio país. Esto último lo he confirmado en viajes por el interior, pues ni siquiera los nombres de los flamantes premios nacionales tocan la diana en la mente de lectores de provincias.

Tal vez por eso tiene sentido lo que me dijo hace poco un escritor con el que hablaba por Whatsapp: “tenemos que inventar lectores”. Pero los lectores no se inventan como los personajes de los cuentos y las novelas, los lectores se crean, se conquistan, se multiplican cuando existe voluntad, gestión empresarial efectiva y conocimiento de cómo funcionan las cosas. En otras palabras, no puede haber lectores donde no se tiene una idea clara del porqué se celebra una feria del libro, ni cómo funciona ese mundo tan singular y exigente cuando de ser profesional se trata.

El experto en exposiciones industriales William W. Mee escribió hace unos años que “los expositores y visitantes de ferias que tengan experiencia saben que su éxito exige mucho más que estar allí”; es decir, hay que poner atención a los números (ventas), a las oportunidades de negocios y a los contactos profesionales que derivan de esos encuentros nada fortuitos para los participantes y el público en general. Cuando esos elementos fallan, el que llega a explorar, posiblemente no se aventuraría en una segunda oportunidad. De acuerdo con el propio Mee, “el 40 por ciento de los expositores que participan por vez primera en una feria no se repiten”.

En el caso de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo observo falta de organización, poca promoción de masa, y mucha incapacidad para comunicarse de manera efectiva con el grueso de la población. Todo esto a pesar de que se manejan recursos suficientes para lograr un mejor trabajo, pues solo este año la feria costará más de 80 millones de pesos que a mi juicio no dejarán ningún tipo de beneficio al país ni a los escritores dominicanos.

Si la Feria funcionara debidamente, los escritores dominicanos no estuvieran tan desorientados como parecen en relación con el aspecto profesional del oficio y la literatura dominicana fuera más saludable en cuanto a proyección internacional.

Voy a concluir con un par de preguntas: ¿cuántos escritores dominicanos han logrado negociar, concretar o firmar un contrato con editoriales extranjeras durante la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo? ¿Cuántos han hecho contactos importantes sobre la venta de sus derechos de autor para ser publicados en otros idiomas, países o continentes?

Creo que gastarse tantos millones de pesos para que no ocurra por lo menos uno de esos dos milagros de las interrogantes, es una gran pérdida de recursos y esperanzas. Que abra el portón para disfrutar el circo.

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