Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Ni Marx ni Cristo: ¿El signo de la época?

En las postrimerías del siglo pasado, cuando los paradigmas ideológicos empezaron a desmoronarse y la desilusión política invadió el pensamiento de las generaciones militantes de la posguerra, un raro fenómeno se puso en boga entre nosotros: muchos antiguos marxistas cruzaron las fronteras filosóficas que los separaban de los creyentes y, acicateados por el humanismo subyacente en su formación, comenzaron a colocarse al pié de los púlpitos religiosos.

El autor de estas líneas, en un artículo periodístico con título parecido al del presente, hizo a la sazón un modesto análisis del citado fenómeno, y entre otras cosas estimó que el “salto” no sólo era relativamente entendible (se pasó de un ideal transformador y solidario a otro similar, aunque de militancia distinta y de diferente sentido de la espiritualidad) sino que era “preferible a que toda esa gente terminara sumada al bando de la perversidad social, la política de clientela o la indiferencia irresponsable”.

“El paso de Marx a Cristo, del Manifiesto Comunista a la Biblia, del Partido a la Iglesia -sin importar cómo esta se llame- me parece un paso saludable”, decía quien escribe en el artículo en alusión, luego de referir la sorpresa experimentada ante el hecho de que un viejo amigo (“antiguo preboste del marxismo-leninismo pensamiento Mao Zedong” y “ateo de los del número del Distrito Nacional”) se había aparecido en su casa, en son de visita testimonial, con un ejemplar del texto sagrado cristiano en la mano y una verdadera catarata de palabras piadosas resbalándole de los labios.

Dado que el fenómeno era cada vez más socorrido entre los antiguos militantes revolucionarios, y que involucró en un momento a gestores de ideas y a importantes figuras del arte, la cultura y la política (que empezaron a integrarse a novedosos y promisorios “ministerios” asentados fundamentalmente en los sectores de las clases media y alta de la sociedad), hubo quienes pensaron seriamente que se trataba de una ruptura espiritual que podría ser nodriza de un nuevo pensamiento y de otras utopías de cambio estructural en la nación y el mundo.

(Se trataba, valga la reiteración, de un hecho totalmente inédito: la desenfadada pero sincera “conversión” al idealismo cristiano de antiguos materialistas ateos -lo que no tenía nada que ver con las ruidosas alianzas políticas o guerrilleras establecidas décadas antes por comunistas de toda laya y religiosos de la “teología de la liberación” en distintas latitudes del mundo-, y la sustitución de sus antiguos métodos “de lucha” y de sus consabidas apelaciones a “las masas” por una labor de contenido medularmente educacional basada en “la palabra de Dios” y el contacto puramente personal).

Al cabo de dos decenios, empero, ya es evidente que tales expectativas no se cumplieron: el impacto de la crisis de la educación y la cultura en la conciencia individual, la reinventada “ideología” del mercado, la decadencia intelectual de los partidos (“cualquierización” de la dirigencia y los liderazgos), el creciente empobrecimiento de la gente sencilla y, finalmente, el aterrador ocaso del humanismo, han provocado que en amplias franjas de la sociedad no sólo Marx sino también Cristo hayan caído virtualmente en desuso.

Desde luego, pudiera ser entendible la actual aversión generalizada frente al Marx filósofo, político y economista (su legado histórico-metodológico es “otra fragancia”: ni siquiera Milton Friedman lo descartaba absolutamente), puesto que sus discípulos mas prominentes del siglo XX caricaturizaron sus propuestas con el establecimiento de Estados totalitarios y modelos económicos ineficientes y empobrecedores, y con ello crearon las condiciones para la resurrección de las apuestas individualistas y la subsecuente revitalización de las opciones encarnadas en las entonces desacreditadas e inicuas democracias capitalistas tradicionales.

(El proyecto marxista original -bastante alejado conceptual y fácticamente del Estado creado en la URSS tras la Revolución de Octubre de 1917 y en Europa del Este con los tanques y la soldadesca de aquella- tenía un fundamento ideológico radical pero humanístico: su fin último era construir una sociedad basada en la fraternidad y la solidaridad en un ambiente de producción y reparto común de las riquezas y de respeto por los derechos y las libertades inherentes al ser humano. El formidable pensador judío-alemán lo resumió en cierta ocasión diciendo que aspiraba a una sociedad en la que “el reino de la necesidad” fuera sustituido por “el reino de la libertad”. Como se sabe, sin embargo, a la postre la metáfora marxista de “dictadura del proletariado” fue convertida en una dictadura “sobre” el proletariado -y todo el resto de la sociedad- ejercida por una “nomenclatura” uniformada, corrupta, endiosada y despótica).

Lo que resulta alucinante, empero, es la actual ruptura del liberalismo clásico -tan apegado a la libertad individual y tan hostil al totalitarismo- con el cristianismo a través de la racionalidad inhumana, salvaje y en los hechos atea que impone el fundamentalismo del mercado, no sólo porque las prédicas del rabí de Galilea -sea en su interpretación católica o en su zaga protestante- fueron siempre la referencia cultural básica de los liberales y el cimiento mismo de la civilización occidental (obra de ellos en muy buena medida), sino también porque con tal disyunción estos últimos quedaron sin la base ética que le tributaba aquella y que, en muchos sentidos, le servía de justificación espiritual, dique de contención conductual y hasta legitimación conceptual.

(Aunque un político y estadista ruso dijo hace ya mucho tiempo que si los axiomas geométricos chocaran con los intereses de los hombres ya habría aparecido quien los refutara, el problema existencial que plantea ese desfase del fundamentalismo del mercado respecto del cristianismo reside en que, liquidando toda regla convencional de convivencia civilizada y extrañando todo prurito de moralidad en las acciones humanas, podría estar creando el germen de su propia destrucción: la descomposición espiritual que esto comporta apunta hacia una prevalencia de la “ley de la selva”, y es un lugar común de la historia que bajo ésta sólo sobreviven los dueños de la fuerza bruta y los “inteligentes” que se convierten en sus súcubos).

Es harto sabido que la sociedad posideológica, hamaqueándose jubilosamente sobre la ola de la globalización y las tecnologías de la información, ha permitido que el fundamentalismo del mercado penetre en todas las esferas de la actividad humana (incluyendo al laborantismo religioso), y en estas circunstancias ha dado cancha abierta a una tendencia de racionalidad que crea un tipo de hombre o de mujer que sólo trabaja y vive para el consumo y las frivolidades que vende la publicidad, que desprecia la espiritualidad no comercial (o no utilitaria), y considera una “tontería” toda apuesta de reivindicación colectiva y una “debilidad” todo arresto de solidaridad piadosa o de humanismo. Es decir, como se ha señalado, ya no es contra el viejo marxismo el asunto: también es contra el cristianismo original, extrañamente profiriendo algunas de las imputaciones que Nietzsche le hacía a éste a fines del siglo XIX y que, a partir de la segunda década del XX, asumieron y promovieron los ideólogos del fascismo y el nazismo.

En el caso nuestro, desventuradamente semejante tendencia es perceptible desde hace algunos años con la creciente pérdida de influencia real de la religión católica en la vida social y familiar (hecho ostensible que no parece preocupar a sus jerarcas), que durante siglos fue, a la par que interlocutora casi única del pueblo dominicano frente a la divinidad, la máxima conductora y orientadora de la espiritualidad nacional, la forjadora de una interrelación social y racial acunada en la bondad, la convivencia fraternal y la misericordia, y la base de sustentación de muchas de nuestras mejores acciones individuales y ejecutorias sociales y políticas.

Correlativamente, en el mismo período de tiempo hemos asistido a un incremento de los prosélitos de las congregaciones protestantes de todos los colores y procedencias (entre las cuales, claro está, hay muchísima gente buena y sincera), pero con la evidente preeminencia de las nacidas o establecidas en territorio estadounidense, cuya ética económica, como se sabe, es fundamentalmente calvinista, por lo cual muchas veces privilegian la creación de riquezas -teóricamente generadas por el “trabajo honesto”, pero realmente hijas de la codicia, la usura y la expoliación- en sus interacciones sociales y, en general, practican una solidaridad limitada a sus integrantes o relacionados (todo eso porque en el fondo creen que “la vida es aquí y ahora”, y que Dios no es juez de la conducta humana sino una especie de todopoderoso “ayudante personal” del individuo en sus trances vitales).

En el terreno más vasto de la vida política, económica y social, la referida tendencia se hace notoria fundamentalmente en la prostitución generalizada del sistema de partidos, la sumisión servil frente a los poderes del establecimiento, la inclinación a procurarle soluciones individuales a los problemas sociales, la generalización de la corrupción en el Estado, el irrespeto por las leyes y las normas ancestrales de civismo y buena conducta, y la cada vez mas difundida rebelión (en los hechos, aunque siempre se oculta con engañosas proclamas e invocaciones farisaicas) contra Dios y las normativas contenidas en los textos sagrados, a los cuales no sólo se les hace caso omiso en el devenir cotidiano sino que ya no se les teme de cara al misterio (sí, aún es un misterio, a despecho de creyentes y no creyentes) del destino final del ser humano.

(En realidad, en nuestra época abunda el ateo como la verdolaga, pero no del tipo filosófico o científico -que teje sus argumentos con base en una elaboración racional del pensamiento y enfila sus actuaciones en dirección al “voluntarismo” humano y a la reivindicación de la praxis y la experimentación como “madres” de la sabiduría- sino del tipo hipócrita o cínico que es capaz de asistir a misa o evocar constantemente a Dios, pero que en los hechos sólo se interesa por su propio bienestar, le importa un carajo la suerte de sus congéneres y, claro está, se decide por sus intereses egocéntricos -estratégicos o coyunturales- cuando estos colisionan con algún mandato divino o simplemente ético-religioso alegando que “una cosa no tiene nada que con la otra”. No se atreve a confesar su ateísmo, pero “por sus hechos lo conoceréis”).

Por supuesto, tal situación no sólo es lamentable (porque la Historia muestra que conduce al envilecimiento de las personas y el descalabro de las naciones) sino también desgarradora (porque el hoy se está tragando las posibilidades del mañana). Lastimosamente, parece que es el signo de los tiempos, y contra éste es difícil, muy difícil luchar: es el siempre desigual combate del deber social y los ideales contra la ruindad y los intereses en una atmósfera de gran miseria material, ignorancia generalizada y ausencia de valores. Y desde la sublevación del joven Luzbel contra la autoridad de su Padre Creador, ya se sabe quienes han sido los triunfadores en el alma humana y en la sociedad... Es una pena, pero es la mera verdad: demasiado gente ya no quiere ni a Marx ni a Cristo sino a Mercurio y a Baco, y lo demuestra todos los días con sus actuaciones, que no son otra cosa -eufemismos aparte- que un retorno a la barbarie y a la sinrazón sobre bases históricas superiores.

(*) El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com




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