Domingo 25 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Venias y aplausos para Mateo Morrison

¿Qué se busca en una tertulia literaria en la que participa la mayoría de los miembros de una generación de poetas dominicanos cuyos nombres fijaron posiciones sociales y políticas durante la Guerra Fría? Asistí a una, y para mi sorpresa aquello parecía una reunión de aficionados, donde más que la reflexión y la profundidad primaron el elogio y los espaldarazos entre integrantes de un grupo que ha sabido agenciarse su espacio en el oficialismo y traicionar sus propios ideales y el tono de la palabra.

También noté que la llamada Poesía de Postguerra, ya entrada en años, sigue siendo solidaria entre sí. El poeta Mateo Morrison no leyó para todo el público, sino para buscar venias y aplausos de sus compañeros de antiguas juergas. Tony Raful y Alexis Gómez estaban en primera fila, por lo que las miradas de Morrison no pasaron de primera fila, a su derecha, donde también estaba Federico Jóvine Bermúdez, y como si en el fondo no le importara que los demás escucharan la lectura que hacía de un libro inédito que paradójicamente titula “La tempestad del silencio”.


En esta foto aparecen
Alexis Gómez (primero en la fila),
Tony Raful (segundo)
y Federico Jóvine Bermúdez (último),
de la generación de postguerra.
Por cada poema leído por él y aplaudido por su generación, Morrison lanzaba la sonrisa infantil que lo caracteriza, orgulloso de contar todavía con la aprobación de sus “compañeros”. Estos, ya consagrados con las más altas distinciones que da el país a sus figuras literarias, dejaron claramente demostrado que no están en ánimo de opinar ni discutir sobre si la poesía es buena o mala; por eso aplauden, aplaudieron y seguirán aplaudiendo. Un aplauso cualquiera es un gesto afable que no hace daño a nadie, pero el aplauso de las voces más sobresalientes de una generación es un aplauso de la historia, de multitudes, y por eso puede tener consecuencias. De modo que en la tertulia que el Centro Cultural del Instituto Dominicano de Telecomunicaciones dedicó a Morrison, las multitudes aplaudieron. Y eso es bueno a puertas cerradas.

Sin embargo, ni los elogios ni el aplauso a Morrison me parecieron sinceros. Aquellas palabras de compañeros destilaban una savia diplomática propia de un discurso más político que literario; como si en el fondo hay que decir que todo está bien, cuando sabemos que todo está mal. Pues la poesía inédita de Morrison, al menos la que leyó, es penosa. O quizá debo decir que no la leyó bien, o que la escuché mal. No está a la altura de lo que se espera de un poeta consagrado con el Premio Nacional de Literatura. Por eso no aplaudí. Además, no creo que a Morrison le hubiera importado.

¿Qué se busca en una tertulia literaria en la que participa la mayoría de los miembros de una generación de poetas cuyos nombres fijaron posiciones sociales y políticas durante la Guerra Fría? Yo esperaba reflexión, profundidad, un discurso inteligente, un intercambio de experiencia y una definición de la poética dominicana a los más de cuarenta años de la generación de postguerra; esperaba poesía de la buena; de esa en la que aparecen los signos en rotación, o los monos gramáticos, o la serpiente que se muerde la cola, o los golpes fuertes en la vida, yo no sé.

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