Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La "política del gran garrote" de los EEUU

En la política exterior de los Estados Unidos, el siglo XX significó un vuelco de la “Doctrina Monroe” con la formulación del denominado “Corolario Roosevelt” -convertido por primera vez en hecho tangible y oficial en 1905 con la intervención de las aduanas de la República Dominicana-, que también se ha conocido como “Big Stick Policy” o “Política del Gran Garrote”.

(Como habrá de recordarse, la “Doctrina Monroe” fue la matriz conceptual de política exterior nacida en diciembre de 1823 a partir de la advertencia a las potencias europeas con respecto a actitudes que el gobierno norteamericano del presidente James Monroe consideraba inaceptables, a saber: las supuestas intenciones de la Santa Alianza -Austria, Prusia y Rusia- de restituir el sistema colonial en tierras americanas, los amagos expansionistas de Rusia en Alaska, y las “muy preocupantes” actuaciones “sediciosas” de los ingleses en Oregon).

El “corolario” fue formulado por Theodore Roosevelt (vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, 1901-1909) en su informe del 6 de diciembre de 1904 al Congreso sobre el estado de la Unión teniendo como telón de fondo las amenazas de Alemania, Inglaterra e Italia contra Venezuela entre 1902 y 1903 para presionar el pago de deudas contraídas en las últimas décadas del siglo XIX, y la activa injerencia civil y militar en la República Dominicana durante ese mismo año. En el primer caso, aquellos países europeos iniciaron un bloqueo naval que no tuvo consecuencias mayores porque finalmente las partes accedieron a someterse a una solución de arbitraje.

En el citado mensaje, el recio gobernante hizo un abordaje referencial de las preocupaciones norteamericanas en torno al destino de sus vecinos, y aunque comenzó asegurando que Estados Unidos no sentía “hambre alguna de tierra” ni acariciaba “proyecto alguno respecto a otras naciones del Hemisferio Occidental excepto aquellos que sean por el bienestar de ellas”, en definitiva sugirió que su gobierno estaba en el deber de contribuir a “impedir” que sus vecinos se convirtieran en insolventes. A esos efectos, declaró que consideraba legítima cualquier intervención estadounidense en territorio de América en procura de semejante objetivo.

En ese último sentido, las palabras exactas del gobernante norteamericano fueron las siguientes: “Un mal comportamiento crónico o una impotencia que resulte en un relajamiento general de las normas de una sociedad civilizada puede en América, como en cualquier sitio, requerir a la postre la intervención de parte de una nación civilizada, y en el Hemisferio Occidental la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina de Monroe puede forzar a los Estados Unidos, aun a su pesar, en casos flagrantes de tan mala conducta o de impotencia, al ejercicio de un poder de policía internacional".

Tal planteamiento, como se puede observar, constituyó una reformulación de la “Doctrina Monroe” bajo las nuevas condiciones históricas de América, y el hecho de que Roosevelt dedicara una parte de sus posteriores reflexiones a aclarar la naturaleza y los alcances de aquella así lo confirma: “Tenemos que reconocer que en algunos países de América del Sur ha habido mucha sospecha sobre si no interpretamos la Doctrina Monroe en alguna forma opuesta a sus intereses, y tenemos que tratar de convencer a todas las demás naciones de este continente de una vez por todas de que ningún gobierno justo y ordenado tiene nada que temer de nosotros”.

(No se debe olvidar que, ciertamente, en América la amenaza de la reconquista europea -y de la subsecuente expectativa de restablecimiento de sus instituciones políticas y su establecimiento económico, aún de carácter monárquico en gran parte- ya había perdido toda posibilidad de hacerse viable, pero aún persistían la presencia y la influencia de las potencias extracontinentales debido, sobre todo aunque no únicamente, a los gravosos compromisos financieros contraídos por algunos gobiernos irresponsables del área, y esta situación inquietaba a los Estados Unidos en razón de que pudiese convertirse en excusa válida para ocupaciones territoriales momentáneas o permanentes).

Con aquel mensaje de Roosevelt del invierno de 1904 quedó oficializada una política exterior hacia el resto de América que desbordaba la que estaba en marcha por lo menos desde el decenio de los años cincuenta del siglo XIX y que, en general, se caracterizó por la intromisión en los asuntos que eran propios de cada nación o Estado soberano sin llegar a una intervención directa: básicamente se llevaba a efecto a través de elementos nativos que actuaban como “cabezas de turco”, empresas comerciales o aventureros y mercenarios. Los casos de México (1823 y 1846), Nicaragua (1855 y 1856), Cuba (1898) y Panamá (creación de la república fantoche entre 1903-1904 para apoderarse del canal), con características combinadas de injerencia y de intervención directa, no obedecieron, sin embargo, a una regla general de actuación o matriz de política exterior.

Roosevelt había enfatizado la posición de su gobierno en la parte inicial del tramo aludido de su mensaje con una sentencia moral admonitoria de espíritu casi paternalista: “Si una nación demuestra que sabe actuar con una eficiencia y una decencia razonables en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de los Estados Unidos”, pero obviamente se trataba de puntos de vista inaceptables: el veneno estaba en la cola, e implicaba que los parámetros de la eficacia y la decencia “en asuntos sociales y políticos” eran los que fijaba el Estado norteamericano (lo cual tenía mucho de totalitarismo en ciernes), aparte de que se estaba arrogando un derecho de tutelaje que nadie le había otorgado y que se emparentaba con otra doctrina chovinista: la del “Destino Manifiesto”.

(Se llama “Doctrina del Destino Manifiesto” a la concepción de ciertos sectores políticos de los Estados Unidos de los siglos XIX y XX -surgida a partir de los planteamientos del periodista John L. Sullivan en 1845 para apoyar la anexión de Texas- según la cual “es nuestro destino manifiesto expandirnos por el continente que nos ha dado la Providencia”. En general, se ha esquematizado con base en un cuasi silogismo de postulados muy singulares: 1. Los Estados Unidos, su gente y sus instituciones son únicos en el mundo por sus virtudes especiales; 2. Los Estados Unidos, en razón de lo anterior, están obligados moralmente a “beneficiar” al resto del mundo con esas virtudes; y 3. Dios respalda a Estados Unidos en esa tarea providencial).

Por otra parte, conviene recordar que Roosevelt dedica una parte significativa de su mensaje a la República Dominicana, y la pone como ejemplo de una nación que le ha hecho a Estados Unidos “un llamado para que la ayudemos”, solicitud que, en su opinión, “todo principio de sabiduría” y “todo instinto generoso” obligan a responder satisfactoriamente por una serie de razones entre las cuales menciona el hecho de que “Santo Domingo durante mucho tiempo ha ido de mal en peor hasta que hace un año la sociedad estaba al borde de la disolución”, pero por fortuna, “justo en este momento, un gobernante surgió... que junto a sus colegas vio los peligros que amenazaban al país y apeló a la amistad del único vecino grande y poderoso que tenía el poder y, también como ellos esperaban, la voluntad de ayudarlos”.

En los renglones siguientes, Roosevelt matiza la situación dominicana con caracteres de alarma: “Había peligro inminente de intervención extranjera. Los gobernantes anteriores de Santo Domingo habían incurrido temerariamente en deudas, y debido a sus desórdenes internos no eran capaces de encontrar medios para pagarlas. La paciencia de sus acreedores extranjeros se había agotado, y por lo menos dos países extranjeros estaban a punto de intervenir, y no lo habían hecho por las seguridades extraoficiales de este gobierno de que él mismo trataría de ayudar a Santo Domingo en su hora de necesidad”.

El remate de esas consideraciones sobre la República Dominicana está constituido por las palabras siguientes de Roosevelt: “...la rama ejecutiva de nuestro gobierno negoció un tratado conforme con el cual hemos de tratar de ayudar al pueblo dominicano a enderezar sus finanzas... Bajo este arreglo el gobierno dominicano ha nombrado americanos en todas las posiciones de importancia en el servicio de aduanas y están ocupándose del cobro honrado de las rentas, entregando el 45 por ciento al gobierno para correr con sus gastos y poniendo los otros 55 por ciento en un depositario seguro para su equitativo prorrateo en caso de ratificarse el tratado por los diversos acreedores, ya sean europeos o americanos”.

Como se señaló al iniciar estas glosas y se hace evidente con los párrafos que preceden, la República Dominicana tiene el indeseable “honor” de haber sido el país “inaugural” del “Corolario Roosevelt” o la “Política del Gran Garrote”: el acuerdo a que se refería Roosevelt fue pactado el 7 de febrero de 1905 por el gobierno del presidente Carlos Morales Languasco, y por supuesto lo que no mencionaba el mandatario estadounidense era que el mismo había sido rechazado vigorosamente por la mayoría de los dominicanos y que se había impuesto porque era lo que más se parecía a un “ultimátum” de guerra (desembarco de tropas incluido). Tampoco hacía alusión a las amarras que el tratado suponía para nuestra soberanía financiera, como se puede percibir, por ejemplo, en la disposición que sigue: “Mientras no esté completamente pagado el total de las deudas que el Gobierno de los Estados Unidos toma a su cargo, no podrá hacerse ninguna reforma arancelaria sino de acuerdo con el presidente de los Estados Unidos...”.

El convenio, empero, no fue ratificado por el Senado norteamericano bajo el argumento de que establecía un “protectorado” sobre la República Dominicana y ello contravenía los deseos de su pueblo, por lo que estuvo en el aire hasta que se ideó, aproximadamente un mes después, la fórmula conocida como “Modus Vivendi”, que no era otra cosa que la puesta en vigor provisionalmente de las estipulaciones fundamentales del tratado hasta que se negociara otro que fuese de la aceptación de los legisladores de los Estados Unidos. El nuevo instrumento para sustituir el “Modus vivendi” se aprobaría en el año de 1907 con el nombre de “Convención Domínico-Americana”.

En los años posteriores, los gobiernos norteamericanos (Taft, Wilson, Harding, Coolige y Hoover) validaron y aplicaron abundantemente el “Corolario Roosevelt”, y realizaron incursiones militares directas en el resto del continente (Panamá, 1908 y 1918; Nicaragua, 1910 y 1912; Haití, 1915; República Dominicana, 1916; Honduras, 1924, etcétera) siempre invocando la existencia de una “situación de caos” que ponía en peligro la seguridad nacional o los “intereses” de los Estados Unidos. La conocida frase “América para los americanos” se transfiguró, en muchos sentidos, en otra menos feliz: “América para los norteamericanos”.

La lógica conceptual del “Corolario Roosevelt” declinó con las administraciones de otro Roosevelt, Franklin Delano, quien adoptaría frente a América Latina la política del “New Deal” (“Nuevo Trato”) en un marco histórico dominado por la Segunda Guerra Mundial, y sería superada definitivamente al llegar a término la conflagración bélica e inaugurarse la “Guerra Fría”: con ésta nace la época en que la política exterior de los Estados Unidos estaría informada por la “Doctrina de la Seguridad Nacional”, una reformulación de anatomía medularmente anticomunista cuya herramienta legal fundamental en el continente lo sería el aún vigente Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1947... Pero ésta, naturalmente, es otra historia.

(*) El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com



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