Domingo 23 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

El atentado de 1981 contra Juan Pablo II

Eran aproximadamente las 5:15 de la tarde (17:15 horas en Roma) del 13 de mayo de 1981, y una alegre multitud de más de 20,000 personas provenientes de todas las latitudes del mundo se congregaba en la Plaza de San Pedro para asistir a la acostumbrada audiencia general de los miércoles del papa Juan Pablo II y celebrar la festividad de Nuestra Señora de Fátima.

En ese momento, un joven de piel morena, mal afeitado y de mirada extraña se abre paso entre los peregrinos. Viste traje gris y camisa blanca, y se mueve con resolución entre el gentío. Es obvio que el joven trata de situarse cerca de la trayectoria que habría de cubrir el papamóvil, un vehículo blanco marca Toyota, identificado con el escudo pontificio, que acababa de entrar a la plaza por el Arco de las Campanas.

El Santo Padre ya había dado una vuelta en su transporte descapotado alrededor de la plaza y, como era habitual, salía para un segundo recorrido. La muchedumbre lo esperaba expectante, y él, de pie en la parte trasera del vehículo, saluda con afable y suave gesticulación. Le acompañan dentro del carro Stanislav Dziwisz, su secretario, y Antelo Gugel, su asistente personal, y afuera, caminando a paso doble, varios guardias suizos en ropa normal lo escoltan discretamente. El papamóvil avanza con calculada lentitud, y los asistentes, hombres y mujeres de todas las edades, se esfuerzan por darle la mano o tocar al Vicario de Cristo.

El joven de tez morena, por su parte, ha logrado ubicarse a unos cinco o seis metros de la barrera que separa a la gente de la vía de marcha del carro papal, y mientras observa atentamente los movimientos del Pastor Universal, empuña en su bolsillo un arma de fuego. Juan Pablo II, desde el vehículo, en ese instante se encorva para darle una caricia a un niño, y luego de bendecirlo con la señal de la cruz en la frente, se levanta saludando a los fieles que lo rodean.

Eran ya las 5:17 de la tarde, y es entonces cuando tres sordas detonaciones se escuchan en la plaza: se trataba de disparos de bala procedentes de algún lugar de la multitud, dos de los cuales impactaron en el cuerpo del Santo Padre, quien -con una contracción de sorpresa y dolor en el rostro- se derrumbó como en cámara lenta sobre su secretario. Gritos de terror y desesperación se oyen por doquier... Un atentado criminal se había perpetrado contra Juan Pablo II en plena Plaza de San Pedro y ante una gigantesca multitud de feligreses.

Con el rostro empalidecido y la ropa blanca salpicada de sangre, el Sumo Pontífice se quedó como petrificado por un momento. En medio de la confusión, rápidamente varios oficiales de la Guardia Suiza rodearon el coche y le ordenaron al conductor retornar al interior del Vaticano a través del Arco de la Campana, mientras el obispo Dziwisz sujetaba la cabeza del herido y lo acomodaba en el asiento trasero del carro. “¿Dónde?”, le preguntó Dziwisz al Santo Padre. “En el vientre”, respondió éste. “¿Le duele?”, inquirió el obispo. “Me duele”, dio Juan Pablo II con voz apagada. La sangre ya salía de su cuerpo, y la faja que se ceñía a su cintura comenzaba a teñirse de rojo.

Los acompañantes de Juan Pablo II deciden con premura trasladarlo al Policlínico Universitario Agostini Gemelli (adscrito a la Universidad Católica del Sagrado Corazón) y, para eso fines, lo montan rápidamente en una ambulancia que siempre se encontraba detrás de la Plaza de San Pedro. El papa, que no había perdido el conocimiento, casi indiferente al estupor de sus colaboradores, alzó la vista hacia el cielo y comenzó a rezar: en aquella hora dramática de su existencia, invoca a Cristo y se pone en manos de su Dios. “Señor, que se haga tu voluntad”, musita transido de dolor.

Cuando llega al centro de salud, el Santo Padre es examinado de emergencia por un equipo de reputados médicos, quienes concluyen que las heridas son de suma gravedad y lo conducen a una habitación del décimo piso reservada para los casos especiales: los facultativos determinaron que una bala le había atravesado el cuerpo de un lado a otro, lesionando el sigma y los intestinos en varios puntos, y otra le perforó el antebrazo derecho a la altura del codo y le laceró el dedo índice de la mano izquierda. Debido a la seriedad de las heridas en el vientre, era imprescindible una intervención quirúrgica urgente.

Los galenos deciden, pues, llevar inmediatamente al Santo Padre al quirógrafo. Aquí se presenta una dificultad inesperada: el herido se estaba desangrando y ya había perdido el conocimiento, y la sangre para transfusiones que había en el hospital no correspondía a su grupo. Afortunadamente, empero, en la clínica se encontraban en esos momentos varios miembros del personal médico con el mismo grupo sanguíneo del papa, y éstos, generosamente, ofrecieron su sangre para tratar de salvarle la vida.

La noticia del atentado contra Juan Pablo II se transmitió en minutos a todo el mundo. Un estado de consternación general se experimentó en toda la cristiandad. Un periodista radial italiano ofrece una noticia liminar que acentúa el sentimiento de angustia que siente toda la humanidad católica: “El papa se encuentra en estos momentos en estado preagónico”. Entre tanto, miles de fieles entristecidos se resisten a abandonar la Plaza de San Pedro y esperan por nuevas y más alentadoras noticias sobre la evolución de la salud del Santo Padre.

La operación que los médicos le practicaron a Juan Pablo II duró cinco horas y veinte minutos. Al cabo de la misma, los galenos emitieron un boletín oficial informando sobre sus incidencias y concluyendo que la vida del Santo Padre estaba fuera de peligro. La humanidad cristiana recibió con alegría la noticia, y en la Plaza de San Pedro, donde aún permanecía una considerable multitud orando, hubo un verdadero estallido de alegría... El papa había sobrevivido.

Con respecto al joven que hizo los disparos, la historia tuvo un giro típico: aunque en principio logró huir aprovechándose del caos reinante y abriéndose paso a la fuerza entre los presentes, a la postre le fue imposible escabullirse, y justamente cuando el Santo Padre estaba siendo intervenido quirúrgicamente la policía de Roma, gracias a la descripción que de él que habían hecho algunos testigos presenciales, logró ubicarlo y arrestarlo.

El detenido era un joven musulmán turco de 23 años llamado Mehmet Alí Agca. En su poder se encontró el arma con la que había disparado contra el papa (una pistola Browning Hi-Power semiautomática) y en uno de sus bolsillos se halló una nota escrita en lengua turca que decía: “Yo, Agca, he matado al papa para que el mundo pueda saber que hay miles de víctimas del imperialismo”.

El plan original, según la primera versión que Agca ofrecería sobre el hecho, consistía en que él y otro pistolero le dispararan al papa en la Plaza de San Pedro y luego se refugiaran en la embajada de Bulgaria, desde donde se harían arreglos para su salida airosa de Italia. Supuestamente, el día del atentado él y su misterioso cómplice se sentaron en la plaza y, mientras esperaban la aparición de Juan Pablo II, escribieron postales a amigos y familiares.

No obstante, el otro alegado pistolero hasta hoy no ha sido concluyentemente identificado ni tampoco ubicado en el lugar de los hechos, y lo único comprobado sin ninguna duda, con base en las descripciones de los testigos oculares, es que Agca fue quien le disparó al Santo Padre aquella tarde de la primavera de 1981, hecho por el cual fue sometido a la acción de la Justicia.

(Vinculado al grupo paramilitar ultranacionalista turco “Lobos grises”, Agca desde los primeros interrogatorios dio muestras de ser una persona mentalmente perturbada y ofreció a lo largo de los años múltiples y confusas versiones sobre los orígenes del atentado: afirmó, sucesivamente, haber sido reclutado por el KGB soviético y la inteligencia búlgara, y luego involucró en el hecho a funcionarios del Vaticano y, últimamente, al desaparecido ayatola Jomeini de Irán).

El 15 de agosto de 1981, exactamente tres meses y dos días después del atentado, el papa Juan Pablo II fue dado de alta del hospital. Estando en convalecencia, el Santo Padre había pedido “orar por mi hermano (Agca), a quien sinceramente he perdonado”. En 1983 él y Agca se reunieron y conversaron en privado en la prisión donde éste último se encontraba. Conforme al testimonio del obispo Dziwisz, cuando el pontífice “fue a visitar a la cárcel al hombre que le disparó, Alí Agca, a éste sólo le interesaba conocer el misterio de Fátima”.

El prelado contó que Agca se encontraba “turbado, confundido y no entendía la fuerza que lo había superado en la plaza el 13 de mayo. Él había apuntado bien, la víctima cayó, pero quedó viva”. El frustrado homicida le dijo al Santo Padre: “Yo sé que disparé bien, miré perfectamente. Sé que el proyectil era mortal... ¿Por qué entonces usted no ha muerto? La verdad es que no entiendo”.

Juan Pablo II siempre sostuvo que “una mano disparó y otra guió la bala”. Como se recordará, aquel 13 de mayo se cumplían 64 años de la primera aparición de la Virgen de Fátima a los niños Jacinta, Francisco y Lucía en el lugar homónimo de Portugal. “La extraordinaria protección de la Virgen se ha demostrado más fuerte que el proyectil asesino”, dijo el papa en su primera audiencia después del atentado. Un año después, el Santo Padre viajó a Fátima para agradecerle a la Virgen su intervención, y desde entonces los peregrinos pueden contemplar en la corona de la imagen la bala -colocada allí por aquel- que estuvo a punto de arrebatarle la vida.

En el curso del juicio de que fue objeto, los testimonios de Agca fueron incompletos y contradictorios. Sin embargo, admitió ser el autor de los disparos contra Juan Pablo II. Por eso, en julio de 1981 fue condenado en Italia a cadena perpetua, pero por solicitud del propio papa el presidente Carlo Azeglio Ciampi en junio de 2000 le otorgó el perdón de la pena. Luego fue extraditado a Turquía, donde fue encarcelado por el asesinato en 1979 del periodista Abdi İpekçi y otros delitos penales.

A principios de 2006, gracias a una reforma del Código Penal que presuntamente lo convertía en elegible para ello por “buena conducta”, Agca fue beneficiado con la libertad condicional. Esta decisión provocó una gran polémica tanto en Italia como en Turquía. Finalmente, el Tribunal Supremo turco decidió que la ley había sido erróneamente aplicada en su caso y falló en el sentido de devolverlo a prisión. Conforme a esta decisión, Agca debió estar confinado hasta el 18 de enero de 2014, pero fue liberado en el año 2010. En el libro “Me habían prometido el paraíso”, publicado en 2013, ofrece una nueva versión sobre el atentado: dice que la orden de asesinar al papa se la dio Jomeini.

Juan Pablo II moriría en su cama casi un cuarto de siglo después (a los 84 años de edad), exactamente a las 9:37 de la noche (21:37 horas de Italia) del 2 de abril de 2005, debido -según Joaquín Navarro Valls, entonces portavoz del Vaticano- a “un choque séptico con colapso cardiocirculatorio”.

(*) El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com

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