Domingo 28 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Elogio de la hipocresía

En la República Dominicana hay gente -y mucha- que quiere aparentar y se proclama ser cristiana (sin importar que el escenario sea el hogar, la política, la religión o los negocios), pero obviando con toda la seriedad del mundo que el divino rabí de Galilea era lo que más se parecía a un “pendejo” de la actualidad: en la ancha y abigarrada liza de la vida optó por el ideal de la redención (en beneficio de la humanidad) y no por el individualismo salvaje y el oro corruptor.

Ciertamente, Jesucristo anunció que era mensajero de “buenas nuevas” (interpretando las sagradas escrituras en sentido crítico frente a la potentada religión oficial y desafiando el orden ideológico uniformado prevaleciente); se encaró con la cultura de la barbarie pronunciándose a favor del perdón de los pecados, la justicia social y la solidaridad (con lo cual echaba las bases del humanismo); mostró un desapego total y absoluto por los bienes materiales (auspiciando una espiritualidad que le daba preeminencia a valores como la humildad y la piedad); y denunció tanto a los sostenedores de los poderes establecidos como a los “sepulcros blanqueados”.

En este país hay gente -más de lo imaginable- que quiere aparentar y se proclama ser duartiana (sin importar el partido, la academia o la clase social), pero olvidándose con toda la mala intención del mundo de que el Padre de la Patria era bastante parecido a un “pendejo” de hoy: a lo largo de toda su existencia optó por el ideal de la redención (en provecho de su pueblo) y no por el individualismo avispado y la riqueza malhabida.

En efecto, Duarte dijo que la política era una “ciencia pura” y “digna de ocupar las inteligencias nobles”, y se negó a conseguir apoyo con la fuerza bruta o la demagogia; en vez de hacer fortuna con su activismo político, sacrificó el patrimonio familiar; manejó pulcramente los recursos públicos que pusieron en sus manos; abominó del racismo y la discriminación social; condenó las luchas fratricidas y llamó ser “justos lo primero”; y aún en el otoño de la vida no se acercó al país para pasarle factura por sus servicios sino que vino a luchar por nuestra libertad en la tercera jornada independentista nacional, la de la Restauración.

Entre nosotros hay gente -y en “cantidades industriales”- que quiere aparentar y se proclama ser boschista (sin importar que sea en el PLD, en el gobierno, en los medios de comunicación o en la sociedad civil), pero ignorando con toda la desvergüenza del mundo de que el ilustre polígrafo de Río Verde era lo que más se parecía a un “pendejo” de esta época: desde sus años mozos hasta el momento de su desaparición física optó por el ideal de la redención (a favor de la sociedad que lo vio nacer y de la humanidad) y no por el individualismo deshumanizado y el lucro ilícito.

Es bien sabido que Bosch es el más importante referente moral de la política dominicana de la segunda mitad del siglo XX; que su vida y su obra política estuvieron dirigidas a luchar por la libertad y la justicia; que se opuso vigorosamente toda manifestación de tiranía; que denunció la corrupción de manera constante; que abominó de la politiquería y se negó rotundamente a usar el Estado para fines electoreros; que a la última organización que creó le dio como lema: “Servir al partido para servir al pueblo”; que se declaró marxista por ser contrario a la explotación del hombre por el hombre; que no estuvo interesado en hacerse rico ni siquiera con la venta de sus libros; y que murió siendo honesto y pobre.

En la sociedad dominicana de la actualidad hay gente -sin dudas más de la cuenta- que quiere aparentar y se proclama ser peñagomista (sin importar que sea en el PRD, en el liberalismo político o en los simpatizantes de la socialdemocracia internacional), pero desconociendo con toda la conciencia del mundo de que el Danton de Mao era lo que más se parecía a un “pendejo” de nuestro tiempo: durante toda su vida optó por el ideal de la redención (a favor de las grandes masas dominicanas depauperadas y de los pueblos oprimidos del mundo) y no por el individualismo extremo y la opulencia inmoral.

Se sabe muy bien que Peña Gómez ha sido el líder político dominicano más amado por los pobres; que no tuvo otra vocación que la de la política como servicio público; que promovió las ideas socialistas democráticas y rechazó el “capitalismo salvaje”; que respetó profundamente a quienes no compartían sus ideas; que fue un paladín de la lucha por la justicia social tanto en el país como en el mundo; que fue un gran conciliador aún en los momentos en que la nación o su partido crujían de inestabilidad; que fue tan desinteresado y honesto que no llegó a ser presidente de la república porque se negó a pactar con sectores oscuros de la vida nacional; y que nunca le tuvo amor al “poderoso caballero” y no le dejó herencia material a sus descendientes.

En otras palabras, hay gente -y mucha- que quiere aparentar y se proclama ser de una manera, pero piensa y actúa de otra muy diferente. ¿No es a eso que se le llama hipocresía? ¿No tiene eso mucho de cinismo? Como el autor de estas líneas ha dicho en otras ocasiones, la elección de los apegos existenciales es libre: cada quien está en el derecho de tomar el derrotero que mas se avenga con sus ideas, intereses y aspiraciones. Es una decisión personal muy humana, y no tiene nada de execrable. Lo cuestionable, lo definitivamente cuestionable es la doblez, la engañifa vulgar y el discurso demagógico.

Y que conste: los manidos argumentos justificatorios de las “nuevas circunstancias”, la “época diferente” o los muy populares “otros tiempos”, aireados por adversarios y conversos de aquellas figuras inmensas con absoluta cobardía únicamente en las discusiones de aposento, ni son creaciones recientes ni excusan seriamente la hipocresía y el cinismo de quienes los esgrimen: ya los usaron los miembros del Sanedrín y los fariseos contra Jesucristo, los anexionistas y los entreguistas contra Duarte, los reaccionarios y los “pragmáticos” contra Bosch, y los conservadores y los racistas contra Peña Gómez.

Por eso, si usted cree francamente que Jesucristo no fue más que un tonto (porque no se aprovechó de su condición de hijo de Dios para conseguir fama, prebendas y fortuna a los fines de gozar de la “dolce vita” y comprar la lealtad de sus familiares, amigos y seguidores), debería tener la bizarría de confesarlo: el suscrito no estaría de acuerdo, pero lo respetaría por su ejercicio de sinceridad.

Si usted cree íntimamente que Duarte no fue más que un “poeta” (porque no se aprovechó de su condición de Padre de la Patria para conseguir fama, prebendas y fortuna a los fines de gozar de la “dolce vita” y comprar la lealtad de sus familiares, amigos y seguidores), debería tener la honradez de decirlo: el suscrito no estaría de acuerdo, pero lo respetaría por su ejercicio de integridad.

Si usted cree que Bosch no fue más que un “cascarrabias” (porque no se aprovechó de su condición de líder político para conseguir fama, prebendas y fortuna a los fines de gozar de la “dolce vita” y comprar la lealtad de sus familiares, amigos y relacionados), debería tener el valor de comunicarlo: el suscrito no estaría de acuerdo, pero lo respetaría por su ejercicio de probidad.

Si usted cree que Peña Gómez no fue más que un “romántico” (porque no se aprovechó de su condición de gran conductor de masas para conseguir fama, prebendas y fortuna a los fines de gozar de la “dolce vita” y comprar la lealtad de sus familiares, amigos y relacionados), debería tener la rectitud de reconocerlo: el suscrito no estaría de acuerdo, pero lo respetaría por su ejercicio de arrojo.

Y, claro, si usted cree que el suscrito (que insiste con reiterada necedad en los tópicos que preceden) no es más que un “pendejo”, un “desfasado” y un “envidioso” (porque se asquea ante la inveterada tendencia de la política moderna de privilegiar la consecución de fama, prebendas y fortuna a los fines de gozar de la “dolce vita” y comprar la lealtad de familiares, amigos y seguidores, mientras la gente sencilla brega cotidianamente con problemas no resueltos que datan del siglo XIX), debería tener la gallardía de manifestarlo: obviamente no estaría de acuerdo, pero lo respetaría por su libre ejercicio de opinión (descaro aparte, desde luego.

El autor de estas líneas (que no ignora que la palabra “política” originalmente en griego significaba “artimaña”, el vocablo “religión” en principio venía de “releer” en latín y la voz “trabajo” es una derivación de “tortura” en esta última lengua), reitera que está persuadido de que entre nosotros hay muchos, muchísimos que piensan de esa manera (y lo hacen patente diariamente con sus actuaciones), pero duda de que las dimensiones de sus “timbales” les permitan ser tan cabales y corajudos como para reconocerlo públicamente... A ver: ¿quienes se animan a “salir del closet”?

(*) El autor es abogado y profesor universitario

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