Sábado 24 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Encuentro entre ruinas coloniales

Las tertulias literarias son siempre buenos puntos de encuentros. Hace unos días estuve en la que organiza el poeta Tomás Castro en una de las naves del Centro Cultural del Instituto Dominicano de Telecomunicaciones (Indotel), un espacio pintado de un azul celeste y marino que hace destacar una decoración inmobiliaria muy moderna en medio de un océano de ruinas coloniales, pues delante de la estructura se extienden la conocida Plaza de España y el Alcázar de Colón, visitados por miles de turistas que llegan en cruceros a un puerto citadino para recorrer con curiosidad antropológica el Santo Domingo antiguo, conocido como la primada ciudad de América. Entrar allí en el Centro de Indotel, en ese buque de la cultura dominicana, es bucear en aguas profundas del verbo o convertirse felizmente en un náufrago de la Historia.

Allí vi casualmente a más de un artífice de la palabra; poetas en su mayoría, que hicieron acto de presencia para cumplir con el afán cotidiano de ver asomar la sámara del olmo, como si se tratara de un nuevo amanecer. En esa ocasión la cita inexcusable fue el lanzamiento de una antología personal, demasiado personal diría yo, de la poeta dominicana Sally Rodríguez; y en segundo plano se le dio continuación a una serie de actividades con ocasión del centenario del natalicio de la poeta puertorriqueña Julia de Burgos.

La carga más pesada de la noche la tuvo el poeta y narrador José Enrique García, que presentó “Animal sagrado” de Sally Rodríguez. De acuerdo con José Enrique, en la obra de Sally “no hay azar. El concepto de poema que procura una imagen dramática se advierte en cada uno de los textos que dan forma a este libro”.

En realidad fue una presentación brillante, como todo lo de José Enrique, aunque deslucida por una lectura en público que robó las luces a la autora y provocó bostezos en más de uno de los contertulios; y no era para menos si se toma en cuenta que esa suerte de prólogo ocupa 15 de las 132 páginas del volumen. Al final del acto Sally Rodríguez leyó varios de sus poemas y se apagaron los reflectores para ella. Nadie se preguntó el porqué decidieron regalar el libro y no venderlo como lo manda la conciencia.

Antes de iniciar la presentación yo había saludado ya algunos amigos y conocidos, entre ellos al poeta Pastor de Moya, un ejemplar único de la literatura dominicana, y quien tuvo a su cuidado la edición del libro de Sally Rodríguez, según reza la página de los créditos de la obra. Por lo general no suelo saludar mucho, así que me escurrí lo más rápido que pude y me senté en el extremo de una banqueta que se extiende a lo largo de la pared principal de aquel “buque”. Desde allí vi, en lado opuesto, y en otro asiento similar al mío, a dos de los “literatos funcionarios” del Ministerio de Cultura: el siempre amable Valentín Amaro y el teórico Basilio Belliard. También me encontré con la académica Daisy Cocco de Filippis, a quien tenía muchos años que no veía y a cuyo mérito se suma el de ser la primera persona de origen dominicano que preside una universidad en Estados Unidos (Naugatuck Valley Community College, en Connecticut).

La noche, sin embargo, se me hizo mucho más familiar cuando vi entrar a los poetas Alexis Gómez y Mateo Morrison. Al primero me une la experiencia del Nueva York de los años ochenta y noventa, y al segundo una relación basada en contactos esporádicos durante mis viajes a República Dominicana.

La presencia de Alexis me motivó a cambiar de lugar para colocarme al lado suyo, lo que explica que en vez de quedarme en la banqueta, donde ya se había sentado una veintena de “viajeros culturales”, me subí a un taburete de cristal con base niquelada para ver desde lo alto el mundo de la noche. Allá, en el otro extremo, estaba José Enrique quemado por los reflectores; su voz se escuchaba apagada a pesar de tener en las manos un micrófono que me pareció poco práctico para un orador que al parecer prefiere leer un texto y no hablar sandeces en público. Después de José Enrique se le dio paso a Sally Rodríguez, cuya lectura no aportó mayor energía al ánimo de la sala.

En cuanto a la segunda parte, organizada por la poeta Chiqui Vicioso para conmemorar el centenario de Julia de Burgos, destacó la presentación de un grupo de jóvenes (dos muchachas y un muchacho) que tocó chelos y violines; la participación del Ballet Folklórico del Ministerio de Turismo, y una que otras lecturas e interpretaciones musicales de lo más importante de la poeta puertorriqueña fallecida en 1953 en Nueva York.

A mí en particular me gustó la lectura de dos textos que escribió en homenaje a Julia de Burgos el también poeta dominicano Luis Carvajal, a quien no me une ningún parentesco. Antes de salir de allí me le acerqué y le dije que me habían gustado sus poemas, pero él no me creyó, y eso, aquí entre nosotros, me hizo más feliz.

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