Sábado 22 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Lauros y perversiones de la democracia

El modelo democrático de organización social (liberal en términos clásicos, al margen de matices y trasmutaciones) sigue siendo, por mucho, cualitativamente superior a sus competidores de todos los tiempos, y la mejor demostración de ello es que les ha sobrevivido (si bien evolucionando constantemente) a pesar de que en múltiples latitudes su funcionamiento exhibe aberracciones jurídicas, defectos institucionales, exclusiones sociales e inequidades de variopinto pelaje.

La permanencia histórica de ese modelo, más allá de los apelativos y de las reivindicaciones individualistas que remiten a los muchas veces misteriosos entresijos de la naturaleza humana, se fundamenta precisamente en un hecho tan notorio como la luz del sol pero a veces olvidado tanto por expertos en la materia como por profanos: su capacidad (adquirida y cimentada en el establecimiento de una sociedad libre y plural que aspira a ser cada vez más abierta) para reinventarse a partir de cada ciclo de crisis.

A la inversa, el fracaso de los modelos que han intentado disputar la hegemonìa histórica a la democracia, también màs allá de las denominaciones y de las apuestas de reivindicación social que apuntan hacia una humanidad y un ser humano más justos y solidarios, se ha precipitado a partir de un hecho correlativo igualmente evidente: su incapacidad (aprendida y basada en el establecimiento de una sociedad cada vez menos plural y libre que en un momento dado se resiste a todo tipo de apertura) para reinventarse a partir de cada ciclo de crisis.

El fenómeno, valga la insistencia, está bastante claro en la historia universal (tanto en la pre como en la post democrática), pues desde las primeras civilizaciones hasta nuestros días es posible comprobar que los sistemas políticos y económicos nacen y mueren a resultas de su incompetencia para satisfacer las aspiraciones sociales de progreso y bienestar (a veces en una especie de centrífuga histórica que desafía al poder y a la "razón política"), sin que las apuestas reformadoras o conservadoras surtan efectos reconstituyentes, por dos causas que devienen denominador común: el carácter cerrado de la sociedad y, subsecuentemente, la ausencia de libertades.

La inferencia, pues, parece obvia: sólo las reformas estructurales que, concomitantemente con sus contenidos económicos y políticos, promueven o garantizan una apertura de la sociedad, el respeto a la diversidad, la consagraciòn de la pluralidad como norma y la prevalencia de derechos y libertades en favor del individuo, son realmente trascendentes y de largo alcance histórico, y la ausencia de semejantes condiciones, por el contrario, termina convirtiendo los procesos en coyunturales o pasajeros.

Un primer ejemplo, a ese respecto, podría ilustrar más que mil palabras: la situación de crisis económica derivada del crack financiero de 1929 (en Estados Unidos, pero con algunas importantes repercusiones en el resto del mundo) pudo ser sorteada porque el liberalismo se reinventó (las fórmulas clásicas de Smith y Ricardo fueron morigeradas por recetas tomadas del intervencionismo keynesiano con los auspicios del Estado democrático) sin caer en el totalitarismo ni restringir la libertad, aún con los ataques frontales de comunistas y conservadores de toda laya.

El caso de la URSS, para no salir del siglo XX, es igualmente paradigmático al respecto, aunque en sentido contrario: en esta confederación de naciones el totalitarismo estalinista (filosófica y factualmente una pedestre y acomodaticia interpretación de Marx y de Lenin) liquidó el espíritu humanístico y libertario que originalmente animó a la Revoluciòn de Octubre, y consagrando la dictadura y la acriticidad (persiguiendo, encarcelando o ejecutando a los disidentes) como norma de Estado, puso fuera de juego a los promotores de la reinvención del modelo a partir de sus sucesivas crisis, y cuando se intentó retomar ese olvidado camino (la “perestroika” y el “glasnot” de Gorbachev a fines de los años ochenta, ambos muy a tono con la tradición crítica del marxismo original) ya se había hecho tarde: la Historia le había cobrado su tributo inexorable.

La democracia moderna, por su parte, enfrenta un desafío cada vez más urticante: detener el avance creciente de la concentración del poder en manos de unos pocos que, siendo elegidos por la mayoría, no representan los intereses de ésta sino los suyos (haciéndo creer lo contrario con base en la distribución de prebendas o favores que pagan con dinero del Estado y no de sus bolsillos), y que dada la magnitud de su control político, económico y cultural se han estado constituyendo en una especie de aristocracia del sistema.

La democracia moderna, ciertamente, opera a través de una lógica de control político y económico en la que ciertas élites dominantes son las que definen los candidatos y los hacen viables a través del dinero y los medios de comunicación, convenciendo a la mayoría de los miembros de la sociedad no sólo de que voten por ellos sino de que (¡ilusión de ilusiones!) aquellos son sus representantes en la conducción de la cosa pública. Tal realidad de aristocratismo factual es, como se sabe, contradictoria con la esencia de la democracia: la soberanía plena de la mayoría social.

En bastante medida, además, esa lógica entraña una perversión de la democracia: aparte de que establece una dictadura fraudulenta de la mayoría no dirigente (en tanto las victorias electorales son resultado del manejo abusivo e inescrupuloso del dinero, el Estado y los medios, no de la competencia sana y justa con los adversarios), a la postre hace de ésta una rehen de las élites (porque se encuentra narigoneada por el "compromiso" que crean las prebendas y los favores) y, por añadidura, la obliga a actuar como preboste de las minorías y los disidentes en general.

Más aún: semejante perversión de la democracia crea un círculo vicioso de lealtades, parapetado tras las banderías políticas, en el que los integrantes no sólo están dispuestas a sacrificar sus derechos y lesionar las libertades clásicas del individuo (subordinándolos a las demandas del partidarismo, a las urgencias de la barriga y el bolsillo o a las necesidades de la "seguridad nacional") sino que paulatinamente, bajo la máscara festiva de las cifras del "crecimiento económico" o de cualquier otro indicador de las finanzas públicas, hace retroceder a la sociedad en términos de desarrollo humano y de bienestar colectivo: el ser de carne y hueso año tras año recula socialmente y vive en peores condiciones, pero paradójicamente no lo cree.

La más importante secuela de esa enajenación de la mayoría (a la que, como ya se insinuó, el "boroneo" desde el Estado despoja de su identidad colectiva y, promoviendo soluciones individuales a los problemas sociales, no le deja ver su propia realidad y le paraliza sus potencialidades protestarias y eventualmente transformadoras) es, justamente, que convierte a la democracia en una caricatura: sus mecanismos políticos, económicos y culturales sólo funcionarán en la medida en que les produzcan beneficios a las élites conductoras, sea en poder institucional, en control social o en pago de coimas y comisiones.

Esa parece ser, ciertamente, la causa nodal de la realidad que vive hoy el mundo liberal: la democracia es cada vez menos democrática, la economía es cada vez más elitista y deshumanizada, los programas sociales son cada vez más ineficientes y parasitarios, y las voraces demandas del Estado (financieras, logísticas, políticas o de seguridad) están cada vez más por encima de las necesidades del ser humano. Es el Leviatán de Hobbes, pero con caperuza de abuela indulgente, faltriquera de ladronzuelo y voz de "mariposita noctámbula".

La pena, la verdadera pena no es que todo eso esté aconteciendo en esta era de apertura social y comercial, globalización, civilización digital y sociedad de la información (lo que es, naturalmente, curioso y contraproducente de por sí porque la suposición era la contraria: todo ello nos haría más libres y críticos) sino que, por desgracia, le estamos legando a nuestros descendientes un mundo en el que ellos no serán más que aditamentos automáticos (esto es, piezas y cerebros sumisos dentro de un engranaje en serie) de un sistema político, económico y cultural creado para exclusivo beneficio de las elites financieras: un mundo dirigido por simples capataces del capital, especuladores sin escrúpulos o rentistas de alma negra (y, por lo tanto, hostiles al pensamiento y a la cultura), y no por dirigentes partidistas o líderes comunitarios.

Los dioses del liberalismo político-social (Locke, Montesquieu, Mill, Rousseau, Thoreau, Weber, etcétera) son ya cadáveres malholientes, y a los partidos y los líderes, por lo menos como los conocimos en los últimos dos siglos, les están construyendo sus ataudes y criptas: a la vuelta de los siglos, la política ha retornado a ser asunto exclusivo de “sestercios, pan y circo”, y las apuestas contra la "exclusión" y la "inequidad" (vocablos con los que los organismos financieros internacionales sustituyeron la expresión "injusticia social", que era demasiado gráfica y vergonzosa) podrían pronto ser meras ensoñaciones de grupitos marginales de ex esclavos digitales.

La conclusión es más que obvia: la democracia moderna también tiene sus alcahuetes y sus rameras, y probablemente Michel Foucault, el iconoclasta y agudo crítico de las marañas y argucias del poder que ahora se está poniendo de moda nuevamente en algunos cenáculos intelectuales de universidades europeas, si viviera estaría afilando ideas contra ella sin parar mientes en la rumbosa fiesta de máscaras que actualmente entraña el laborantismo político.

Eso si: de seguir las cosas como van en esta democracia moderna tan frívola, deshumanizada y embaucadora, se puede apostar “peso a morisqueta” que nuestros nietos tendrán menos derechos, bienestar verdadero y libertades que nosotros, y estarán más en riesgo, por consiguiente, de convertirse en ciudadanos de papel, simples votantes o zombis dignos de conmiseración en una polis dirigida por imitadores del Gran Hermano que nos describiera George Orwell.

(*) El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com

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