Miercoles 24 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

El dia que Hitler escapo de la muerte

Adolfo Hitler, primero Reichskanzler (Canciller) y luego Reichsführer (caudillo, líder o guía supremo) de Alemania entre 1933 y 1945, fue objeto de por lo menos 40 atentados a lo largo de su vida, unos debidamente documentados y otros sólo conocidos de manera parcial o fragmentaria.

Hitler había comenzado su activismo político inmediatamente después de la finalización de la Primera Guerra Mundial en un pequeño partido de ultraderecha denominado Partido Obrero Alemán, que fue el germen de lo que más adelante se conoció como Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP, por sus siglas en alemán).

La prédica del NSDAP (sus miembros se conocían como “nazis” por lo de “nacional socialista”, en su lengua nativa) propendía a la recuperación del orgullo nacional en medio de la depresión social y la crisis económica en que había caído Alemania en 1918 tras la derrota en la guerra, y por ello denunciaban vigorosamente las estipulaciones del Tratado de Versalles, que entrañaban gravosos pagos de reparaciones de guerra y humillantes limites a la soberanía de su nación.

A tono con sus concepciones filosóficas (revoltillo de ideas en las que sobresalían el supremacismo ario de Friedrich Nietzsche y la sociología de la violencia de George Sorel) y en procura de sus fines estratégicos de poder, los nazis sostenían que la democracia había fracasado y, proclamando la superioridad de su raza y la necesidad de expulsar a los judíos, propugnaban un gobierno vertical y corporativista con base en una disciplina social sin fisuras.

En 1919 el partido de Hitler tenía 64 miembros, pero en los siguientes 13 años fue creciendo (con avances y retrocesos) en el curso de sucesivas elecciones parlamentarias: en mayo de 1924 obtuvo el 6.6 por ciento de los votos; en diciembre del mismo año el 3; en mayo de 1928 el 2.8; en septiembre de 1930 el 18.3; y en julio de 1932 el 37.4.

En esas últimas elecciones, los nazis, aún con los cuestionamientos de los partidos tradicionales y la ilegalización de las terroríficas Sturmabteilung (mejor conocidas como las SA, su fuerza paramilitar), consiguieron más de 13 millones de votos, convirtiéndose en el partido mas votado. No alcanzaron, empero, la mayoría parlamentaria de ley para llevar a Hitler a la Cancillería.

En los meses subsiguientes, se aliaron con el Centro Católico y los nacionalistas en el Parlamento, al tiempo que promovían la desestabilización política del país, y esto, en comunión con el hecho de que habían ganado 22 procesos electorales locales, hizo posible que el 30 de enero de 1933 su líder fuera nombrado Canciller (jefe de gobierno) por el presidente Paul von Hindenburg.

Inmediatamente después, Hitler presionó para nuevas elecciones parlamentarias, y en éstas los nazis y sus aliados nacionalistas alcanzaron la mayoría de regla, lo que les permitió aprobar la “Ley Habilitante” de 1933, que facilitó la puesta de todo el poder en manos del jefe nazi. Así, el camino hacia la dictadura quedaba despejado.
El siguiente paso que dio Hitler para consolidar su dominio fue la ilegalización de todos los partidos (en virtud de la disposición del 5 de julio de 1933 y bajo el alegato de que representaban el “viejo orden”, tenían un cariz “conspirativo” y eran “innecesarios”) y la prohibición de formar nuevos (14 de julio de 1933). Con estas medidas anti democráticas se estableció un régimen de partido único que desembocaría en un Estado totalitario.

Luego, Hitler permitió que las SA actuaran como virtual brazo armado del Estado y dejó campo abierto para que las SS (Schutzstaffel, tropas de élite, guardia pretoriana del dictador alemán) se establecieran como un organismo fundamental del ejército. También crearía la policía secreta del Estado (Geheime Staats Polizei en alemán, y por sus siglas Gestapo). De este modo, el jefe nazi completaba su control del poder político. Más adelante, cuando entendió que las SA constituían un peligro para su autoridad, ordenó el asesinato de sus dirigentes principales durante la “Noche de los cuchillos largos” (30 de junio-2 de julio de 1934).

Como ya se ha señalado, a lo largo de su vida el caudillo alemán fue objeto de repetidos intentos de asesinato. Probablemente Hitler haya sido el político que más atentados haya encarado en toda la historia humana. La cantidad de ellos nunca ha podido ser establecida con exactitud, pero se sabe, como también ya se ha reseñado, que no fueron menos de cuarenta.

Ahora bien, sin la menor duda el atentado contra Hitler que tuvo mayores probabilidades de consumarse fue el del 20 de julio de 1944, planificado por varios altos cargos militares, apoyado por algunos civiles y ejecutado por el conde Claus Schenk von Stauffenberg.

El atentado era parte de un plan de liquidación del régimen nazi para terminar con la guerra (disfrazado bajo el nombre de la “Operación Valquiria”, programa de emergencia contra disturbios), que comenzaría con la muerte de Hitler y, en apretada síntesis, se desarrollaría con los siguientes pasos: a) El ministro de Propaganda y mano derecha del führer, Joseph Goebbels, sería detenido; b) Los principales centros de comunicaciones en Berlín serían ocupados, desde donde se darían instrucciones al ejército; c) La misma acción se llevaría a cabo en París y Leipzig; d) El diplomático Friedrich-Werner von Schulenburg obligaría al mariscal Günther von Kluge a entablar negociaciones de paz con Eisenhower; y e) El general Ludwig Beck sería el nuevo jefe del Estado.

La conspiración había estado desarrollándose silenciosamente en el ejército, algunos de cuyos oficiales de alto rango abominaban del tipo de gobierno que estaba haciendo Hitler, se habían manifestado contrarios a la continuación de la guerra y se sentían incómodos con la creciente intromisión de las SS y la Gestapo en las labores propias de la institución militar.

Los jefes militares comprometidos con el complot, luego de algunas dudas, confiaron para llevar adelante el atentado contra Hitler en un joven oficial a quién el coronel Henning Tresckow (uno de los jerarcas complotados) había conocido en el verano de 1943. Se trataba del conde Claus Von Stauffenberg, teniente coronel del ejército, quien había evolucionado de simpatizante de Hitler a adversario furibundo de los nazis.

Stauffenberg, al ser testigo de los métodos criminales de las SS antes de sobrevenir la humillante derrota militar de Stalingrado, se sintió lesionado en su honor como uniformado, y decidió participar en cualquier acción destinada a acabar con la vida de Hitler. Luego, fue gravemente herido en África, y mientras convalecía se había convencido de que el régimen iba por mal camino. “Ese hombre es un monstruo, y hay que salir de él”, le dijo a su esposa en cierta ocasión, “por Alemania, por nosotros y por nuestros hijos”.

Al finalizar el año de1943, por recomendaciones del general Friedrich Olbricht, uno de los cabecillas complotados, Stauffenberg fue estratégicamente colocado en Berlin como jefe del Estado Mayor del general Friedrich Fromm (máxima autoridad de la Ersatzheer, el ejército de reserva). En el primer trimestre de 1944 el joven oficial era ya el eje práctico de la conspiración.

La referida asignación de Stauffenberg le permitía asistir a las reuniones de Hitler con los jefes de las operaciones militares del régimen, y por lo menos dos veces tuvo bombas en su maletín para ejecutar el atentado, pero como era clave incluir a Heinrich Himmler y Hermnn Goering (posibles suscesores de aquel) entre los ajusticiados, y éstos no estuvieron presentes en esas ocasiones, había decidido posponer la acción.

Hitler convocó una reunión para el 20 de julio de 1944, y Stauffenberg y sus superiores estimaron que era el día adecuado para poner en marcha su plan. En el último momento, el dictador decidió que ese mismo día volaría al cuartel general de Rastenburg, donde se reuniría con el duce italiano Benito Mussolini, y por ello la hora de la sesión fue adelantada. Se realizaría en una estancia conocida como Wolfsschanze (“Guarida del lobo”) porque el búnker, lugar habitual de las juntas, estaba siendo objeto de reparaciones y resultaba muy caluroso. Cerca de la hora pautada, los oficiales convocados fueron congregándose alrededor de una pesada mesa de madera. La temperatura era bochornosa, y las ventanas fueron abiertas.

Tan pronto llegó, Hitler se puso al frente de la reunión, sentándose en un puesto de la mesa desde el que dominaba todo la escena: justo en el centro, frente a las ventanas abiertas. A su izquierda se colocaron el mariscal Wilhelm Keitel y el jefe de su Estado Mayor Alfred Joel, mientras que a su derecha estaban el jefe de operaciones Adolf Heusinger, el general Gunther Korten y el coronel Heinz Brandt, ayudante de Hitler.

Stauffenberg, acompañado del teniente Werner von Haeften, había llegado a las 11:30 de la mañana, y de inmediato es informado de que la hora de la sesión de trabajo se ha adelantado, por lo cual pide un cuarto para mudarse de ropa. En ningún momento se separa de su maletín, donde dos dispositivos explosivos han sido ocultados.

Encontrándose aún en la habitación activa el primero, y cuando se propone hacer lo mismo con el segundo un ayudante militar le interrumpe para decirle que la reunión va a iniciarse.

Resuelto y exhibiendo nervios de acero, Stauffenberg se apersona a la sala de conferencias a las 12:35, siendo anunciado por el mariscal Keitel, y se coloca entre el general Heusinger y el coronel Brandt. Mira a su alrededor y chequea su reloj con aire distraído, y cuando han transcurrido exactamente diez minutos se disculpa y abandona la sala. El maletín con los dispositivos de explosión ha quedado bajo la mesa. En breve los infiernos se desatarán sobre la sala de reunión.

Sin embargo, momentos después ocurría algo inesperado: accidentalmente, el coronel Brandt, moviendo las piernas por debajo de la mesa, tropieza con el maletín y, buscándole una mejor ubicación, lo sitúa al lado de una de las gruesas patas del mueble. Por su parte, Stauffenberg se apresura a abandonar la estancia en su vehículo, y minutos después escucha una explosión. Es obvio que la sala ha estallado, y viendo a sus espaldas el humo que se elevaba a las alturas se marcha con la convicción de que Hitler ha muerto. La verdad fue, empero, que la explosión afectó gravemente al general Heusinger, al coronel Brandt y a otros altos cargos, pero apenas tocó al caudillo nazi, que sólo sufrió algunos rasguños y pequeñas heridas.

¿Qué aconteció? ¿Por qué Hitler sobrevivió a las ondas expansivas y las llamas de la explosión? Los estudiosos del tema han aventurado variadas explicaciones, pero la más socorrida da cuenta de que el inocente movimiento del maletín por parte del coronel Brand fue lo que le salvó la vida al dirigente alemán, pues alegadamente la recia y resistente pata de madera de la mesa absorbió buena parte del impacto de la explosión.

Aunque Stauffenberg llegó a Berlin convencido de que Hitler había muerto y así lo informó a sus compañeros (el propio Fromm en principio permitió el desarrollo de la “Operación Valquiria” para alzarse con el poder), pronto la dirigencia civil y militar nazi leal al führer pudo comprobar la verdad y, tras momentos de tensión y confusión, bajo la dirección de Joseph Goebbels retomó el control.

Entrada la noche, Hitler dirigió un mensaje radiado al pueblo alemán denunciando el atentado, y en las siguientes horas Beck se suicida, mientras que Olbricht, Stauffenberg, Haeften y otros son fusilados apresuradamente por órdenes de Fromm, quien, siendo partícipe del complot, intentaba borrar todo indicio de ello, maniobra que resultaría infructuosa, pues más adelante, por instrucciones del führer, sería juzgado por “traición” (y ejecutado el 12 de marzo de 1945).

Al despuntar el siguiente día, Berlin ya estaba bajo control absoluto de los leales al régimen, que inmediatamente desatarían una labor de persecución y retaliación que le costaría la vida a más de cinco mil personas (civiles y militares) que fueron acusadas, con pruebas o sin ellas, de ser parte de la fallida conspiración contra Hitler.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo
lrdecampsr@hotmail.com

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