Miercoles 26 de Abril del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

Autogestión y responsabilidad literaria

La escritura es un acto de soberbia. Quien no sea soberbio que no escriba, porque dudo que logre algo que valga la pena. Con ese tema terminó un diálogo electrónico simultáneo que sostuve recientemente con las dominicanas Josefina Báez (Nueva York) y Glenda Galán (Miami), dos defensoras de la "autopublicación" ante las dificultades de no encontrar editoriales que tomen en cuenta sus libros. Cuando alguien se queja de no encontrar editorial y de lo difícil de llamar la atención de esa insondable industria que ordena el pensamiento de los hombres y las mujeres, lo primero que pregunto es hasta donde han hecho la tarea.

Lamentablemente, el 99 por ciento de esos autores no ha hecho ni siquiera el mínimo intento de tocar puertas por temor al rechazo. Se entiende que para un escritor inseguro un rechazo editorial sería poner en tela de juicio la calidad de su obra. Sin embargo, la mayoría de las veces las obras “rechazadas” no han sido leídas ni consideradas, debido al volumen de trabajo de los editores. Una empresa respetuosa del oficio enviará al escritor una carta en la que casi siempre explicará que “por el momento no estamos interesados en su obra”. Para muchos autores el “no estamos interesados en su obra” se convierte en una sentencia que cuestiona la calidad del libro y por lo general se desalientan de tal manera que no vuelven a intentarlo.

Un caso archiconocido de lo que puede suceder con una obra literaria de calidad enviada a un editor repleto de trabajo fue lo que ocurrió a mediados de los años sesenta con “Cien años de soledad” y Carlos Barral, fundador del famoso sello Seix Barral que lanzó al estrellato a los autores del boom latinoamericano. El mismo Barral dijo en una entrevista que el éxito de “Cien años de soledad”, del nobel Gabriel García Márquez, le sorprendió con una copia del manuscrito perdida entre una pila de novelas inéditas que tenía sobre el escritorio a la espera de su lectura y aprobación.

Hay muchas anécdotas sobre la relación escritor-editor. En un repaso por diarios de editores, el fundador del sello español Anagrama, Jorge Herralde, subraya como caprichos de la suerte el que la clásica novela “Lo que el viento se llevó” de Margaret Michell se convirtiera en el mayor éxito comercial de Gallimard, la editorial cuyo comité de lectura la rechazó en primera instancia, pero luego logró rescatarla para el mercado francés. Un caso similar le ocurrió con la obra de Marcel Proust, que los editores también recuperaron para el bien de la literatura universal.
El tema es amplio y creo que no se han hecho todavía las reflexiones pertinentes del porqué unos sí y otros no. Y el porqué a veces se hace necesario escoger entre calidad literaria y ventas. El editor Edmund Buchet, citado también por Herralde, lo registró así en un diario íntimo: “Si se quiere encontrar gran público hay que ponerse a un nivel deplorablemente bajo”.

Pero aquel “nivel deplorablemente bajo” era sin duda una obra de poca calidad, pero bien editada. No es el caso de la mayoría de los libros "autopublicados" en español. El descuido de éstos es preocupante, porque pasan por alto el vistazo y la corrección que pudiera aportarles un editor. No debemos confundir el oficio de editor con el trabajo de publicar, pues una obra puede reproducirse a millares durante muchos años y aun así permanecer no editada. De hecho, gran parte de las principales editoriales en español no tienen modo de reproducir ellas mismas las obras que editan, por lo que se ven obligadas a enviarlas a una imprenta.

Reconozco que la "autopublicación" ha abierto algunas puertas. Un ejemplo reciente es el caso del estadounidense de origen colombiano Sergio de la Pava, que ganó el Premio PEN con una novela de 678 páginas que publicó de manera independiente luego de pasarse seis años escribiéndola y de enfrentar algunos rechazos. Pero el hecho de que De la Pava haya ganado ese prestigioso premio literario con una obra de autogestión, antes de ser acogida por la editorial de la Universidad de Chicago, no quiere decir que concursó con un libro no editado. Si el texto no llega limpio, depurado, trabajado, editado, tal vez el jurado del PEN no hubiese perdido su tiempo en considerar un libro tan extenso.

En conclusión, la "autopublicación" no es mala si el autor es consciente del paso previo a la impresión: la edición. Pues nos guste o no, en el plano profesional queda claro que no todo lo que se escribe debe ver la luz; y los lectores, pobres lectores, no merecen el engaño de que se les venda gato por liebre. De modo que el problema no está en "autopublicarse", sino en pasar por alto el proceso de edición, que es distinto al de reproducir la obra. Lo primero es un acto de vanidad; lo segundo una falta de responsabilidad literaria.

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