Domingo 28 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La miseria ideológica de los partidos

Uno de los rasgos más sobresalientes de los partidos políticos dominicanos de principios del siglo XXI es la dispersión conceptual, fenómeno que en algunos casos bien podría estar emparentado con la confusión doctrinaria pero que, en realidad, en los más existe con autonomía respecto de esta última, pues es hijo básicamente de su notoria pobreza de ideas.

(No es solo que no se perciben diferencias de fondo en el “pensamiento” de nuestras organizaciones políticas esenciales sino que en la abrumadora mayoría de ellas se nota una verdadera miseria ideológica -tanto en sus debates interiores como en su vida exterior-, y las discrepancias entre sus integrantes o frente a sus adversarios, acaso por ello mismo, devienen puramente personales, circunstanciales o formales).

Tal dispersión conceptual se evidencia, fundamentalmente, en la ausencia de una “cosmovisión” o concepción general sobre el origen, el devenir histórico y la realidad del mundo de hoy (lo que era típico de las grandes ideologías universales), de un “proyecto de nación” (muy característico de las viejas ideologías nacionales) y de una doctrina sobre el “destino” ser humano (rasgo esencial del antiguo humanismo).

¿Cuáles son los resultados más manifiestos de esa miseria doctrinaria? Los cantaleteamos cotidianamente: la inexistencia de un discurso coherente (esto es, propio, sistemático y racional) y de una plataforma programática definida, lo que, a su vez, ha provocado una brutal liquidación del nivel de “inteligencia” interna de los partidos, ha rebajado y barbarizado las posibilidades de la controversia política y, finalmente, ha convertido gran parte del accionar partidarista (las excepciones sólo confirman la regla) en un vulgar ejercicio de “búsqueda” y artimañas.

En el plano de la conciencia cívica, como se ha comprobado no sólo aqui sino también en otras latitudes, la situación reseñada conduce a la penosa creencia de que la democracia consiste únicamente en la libertad para formar partidos y hacer campañas electorales, en la realización de elecciones cada vez que lo determine el calendario constitucional o legal, en la exaltación a las cumbres del poder público de determinadas figuras con base en esas expresiones de la “voluntad popular”, o en la sacramentalización de la alternabilidad o la no alternabilidad como supuestos ejes centrales del ejercicio de las funciones estatales en un régimen de libertades.

(Esa pedestre concepción -reflejo de una carencia de referencias históricas y una orfandad cultural alarmantes- ha calado tanto en nuestro país que, por ejemplo, en cierto momento condujo a uno de los nuevos partidos del país a enarbolar rimbombantemente en calidad de perfil doctrinario “el principio de la no reelección”, como si la alternabilidad absoluta pudiese reclamarse válidamente como esencia de la ideología democrática y de la democracia misma).

Por lo demás, la referida indigencia ha hecho posible que la degeneración ideológica de los partidos dominicanos se haya incubado, paradójicamente, de manera paralela al desarrollo de la democracia: en la medida en que la sociedad ha alcanzado mayores logros en su brega contra el autoritarismo (y por efecto de una transformación de la realidad que ha producido un arriamiento de las antiguas banderas de lucha sin que se hayan solucionado o superado los grandes problemas nacionales o internacionales que las legitimaron), la capacidad nacional para la fabricación de ideas políticas y apuestas doctrinarias generales parece habese “disecado”.

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué se ha producido esa “disecación” político-ideológica? Porque el pensamiento ideológico dominante en nuestro país, al margen de sus tendencias, ha estado históricamente vinculado al autoritarismo de toda estofa, a la dirigencia personalista y al determinismo histórico. Es decir, porque no se ha entedido que, a contrapelo de lo que se proclamaba hace unas décadas, los sistemas de organización social distan mucho de ser eternos y, en consecuencia, la historia no tiene fin: como ha demostrado la socialdemocracia, el desarrollo y el bienestar general en libertad sólo se alcanzan y mantienen a través de una concepción de “revolución pacífica y permanente”, no en función de caudillismos (arcaicos o de nuevo cuño), de modélicas camisas de fuerza (liberales o conservadoras) o de planteamientos fundados en el dogma. En otras palabras, muchos de los labradores del pensamiento ideológico nacional no evolucionaron conjuntamente con la sociedad sino que se situaron a la zaga de ésta en calidad de limosneros.

Más o menos atrapados en esas circunstancias, que por cierto en su momento escaparon al entendimiento o a la voluntad de nuestros conductores políticos mayores, los partidos dominicanos se han concentrado en las elecciones (su estrategia es la victoria comicial y la repartición de canonjias y botellas, no un programa o un proyecto social), y al hacerlo han olvidado los grandes principios que les dieron origen y han abjurado en los hechos de sus objetivos históricos (de carácter social, económico y político). De ahí que actualmente, en términos de ética ideólogica, los partidos políticos dominicanos sean lo más parecido a un conjunto vacío.

Subsecuentemente, esa vacuidad ideológica ha posibilitado que nuestros partidos hayan dejado de cumplir su antigua y noble función de escuela de la civilidad o de la justicia (sean éstas conservadoras o reformadoras): como actualmente no existen planes o programas de formación de los militantes (hay deseos e intentos, pero nada más), la discusión política entre sus miembros, como ya se ha insinuado, se reduce a temas banales, a discrepancias por cargos internos y candidaturas o, peor aún, a diatribas, truchimanerías e insultos de toda estofa.

La secuela de tal situación en el plano de la individualidad es todavía más penosa: por la falta de principios vertebrales y de orientación política adecuada, el militante es actualmente dominado por los hilos del interés económico inmediato, y las cúpulas de los partidos, cuando entienden que sus favoritos pueden perder los escrutinios internos, se aprovechan de ello (recurriendo a la “grasa”, las encuestas manipuladas o la “reservación” de candidaturas) para legitimar sus decisiones preadoptadas.Ya lo había dicho un dirigente estudiantil alemán de los años sesenta: la política sin educación deviene “una manipulación de las elites” dirigentes.

Por último, las consecuencias prácticas del fenómeno de marras son de conocimiento general: como no hay sustrato ideológico (es decir, no se cree en nada espiritual, patriótico, de alto interés nacional o humanitario) tampoco hay militancia firme y sostenida (esto es, cohesionada y erigida sobre bases morales duraderas), y cada vez es más frecuente que militantes y dirigentes se “disgusten” y “renuncien”, promoviendo fragmentaciones o “juramentaciones” en agrupaciones que en la víspera eran sus adversarias: la deslealtad y el transfuguismo están a la orden del día.

La verdad es que en la República Dominicana, sobre todo en los últimos años, se puede hacer una kilométrica lista con los dirigentes y militantes políticos que han pasado de un partido a otro sin importar antecedentes ni posiciones político-ideológicas. Es más, hay líderes de mediana importancia y hasta familias enteras que, cada cuatro años, saltan de un partido a otro, siempre en atención a sus urgencias materiales del momento, que obviamente disfrazan bajo sugestivos aunque consabidos apelativos (como el “interés nacional” o cualquier otro de su ralea).

Por ello, es casi seguro que si la Junta Central Electoral hiciera un “cruce” de nombres y números de cédulas cada cierto tiempo (es decir, no sólo en ocasión de una solicitud de reconocimiento de partido o movimiento electoral) se encontraría con la macondiana realidad de que, por un lado, muchísimos dominicanos “pertenecen” a varios partidos al mismo tiempo (tienen el “don” de la ubicuidad política), y por otro lado los antiguos enemigos de tales partidos representan en su interior una mayoría real con respecto a sus prosélitos originales (el PLD es el mejor ejemplo de ello: en sus estructuras, los balagueristas son ahora más que los boschistas).
En tales circunstancias, claro está, la “identidad” político-ideológica de los partidos es muy difícil de determinar.

En el país todavía hay mucha gente que no quiere que se recuerde que, en la cultura política nacional de fines del siglo XX, la “escuela” de la ideología y la ética la representaba Bosch (con sus diferentes expresiones y matices, a veces encontrados) y la “escuela” del pancismo y la inescrupulosidad la encarnaba Balaguer (con muy pocas expresiones y matices), y que aunque la formación del “Frente Patriótico” contra Peña Gómez en 1996 puso la historia dominicana “patas arriba” (una felonía antiliberal concebida por el balaguerismo y aceptada con desenfadado espíritu arribista por los “discipulos” del ilustre polígrafo de Río Verde), semejante realidad jamás podrá ser borrada de nuestros anales.

Por supuesto, lo trágicómico de todo ello es que cuando se mira exclusivamente al presente, la conclusión, aunque luzca maximalista, nada más puede ser una: la omnipresente miseria ideológica de los partidos dominicanos es una demostración inequívoca, más allá de toda reflexión filosófico-política y de toda auscultación sociológica, de que entre nosotros ha muerto la “escuela” política de Bosch y ha triunfado (y vive glamorosamente) la de Balaguer... Que los aplausos, por favor, nuevamente sean chinos.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.
lrdecampsr@hotmail.com

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