Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

PRD: El derrotero suicida de la división

El sesgo que han tomado los últimos acontecimientos en el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) parece indicar que en estos momentos sólo en una cosa pudiesen estar de acuerdo ciertas instancias cupulares de los grupos en pugna dentro de la entidad: hacer potable, viable y efectiva su división en el mas corto plazo.

(Por supuesto, aún con esa ansiedad cortoplacista la división del PRD puede gestionarse de dos maneras posibles: inducida, como los partos fuera de calendario, que parece ser la preferencia actual del sector aún minoritario que liderea el ingeniero Miguel Vargas Maldonado; o por simple gravedad, que es hacia donde apuntan, sea o no su estrategia, las últimas acciones del sector aún mayoritario cuya cabeza más prominente es el ex presidente Hipólito Mejía).

En efecto, la convocatoria de sesiones paralelas del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) y, sobre todo, la adopción en las mismas de resoluciones que podría ser elementos puntuales de sendas "hojas de ruta" de ruptura, dan pie al observador para que arribe a una conclusión deplorable desde el punto de vista de los intereses del perredeísmo y de las expectativas históricas inmediatas de la democracia dominicana: en los citados núcleos de poder interno está cobrando fuerza la idea de posibilitar una separación, tipo resquebrajadura, de hecho y de derecho en el PRD.

Y aunque el primer planteamiento público en el tenor indicado ha sido formulado (acaso rememorando la "Tesis Betancourt") por el doctor Hugo Tolentino Dipp, uno de los más lúcidos, experimentados y prestigiosos dirigentes del PRD, un hecho salta a la vista: es casi seguro que la mayoría de quienes están en estos momentos dándole aquiescencia a semejante planteamiento son perredeístas ofuscados por el resentimiento o cuyas referencias de la historia partidarista y de la sicología poliítico-social de América y de la República Dominicana no son muy abundantes.

(Se denomina "Tesis Betancourt" al planteamiento concientemente divisionista que realizara en 1967 Rómulo Betancourt, líder de Acción Democrática de Venezuela, a propósito de las discrepancias que lo separaban del sector de izquierda que encabezaban los doctores Luis Beltrán Prieto Figuero, secretario general de la entidad, y Jesús Angel Paz Galarraga, prominente figura de la misma, fundamentalmente en torno al tema de la candidatura presidencial para las elecciones de 1968. Betancourt sostuvo que era preferible la división y la derrota electoral antes que permitir que el sector citado -que él calificaba de "indisciplinado" y "disidente"- obtuviera la candidatura presidencial. Y, en efecto, eso fue lo que ocurrió: AD se dividió, Prieto y Paz formaron el MEP, y las elecciones fueron ganadas por COPEI, que llevó como candidato al doctor Rafael Caldera).

En la República Dominicana, en particular, la lección histórica ha estado meridianamente al ojo: nadie que ha abandonado o dividido a un gran partido (para formar tienda aparte o para "refundarlo") ha sido exitoso ni a corto ni a mediano plazo, y quienes, como Juan Bosch o Peña Gómez, pudiesen reivindicar alguna referencia victoriosa a partir de la aplicación de la "Tesis Betancourt", se encuentran en la tumba política: no sólo no alcanzaron a disfrutarla sino que en muchos sentidos, si estuvieran entre los vivos, se sentirían avergonzados de la forma en que gobernaron a posteriori sus organizaciones.

El error de abandonar el PRD ya fue cometido por gran parte de los perredeístas de la generación a la que pertenece el autor de estas líneas, impulsados en términos ideológicos y sentimentales por la convicción de que se estaba dando la respuesta correcta a los "traidores" (a propósito de las elecciones de 1986), por una defensa intransigente de puntos de vista grupales y por un acrisolado sentido de la lealtad personal hacia uno de los líderes, y las consecuencias se conocen: resultados pírricos en las elecciones, desmoralización y pérdida en el tiempo de una dirigencia formidable, sangría de apoyo popular, repetidas estampidas de regreso durante varios años y, sobre todo, fracaso orgánico y político de las nuevas opciones orgánicas conformadas.

La generación de quien escribe sabe, pues, muy bien lo que es una división partidaria (porque le tocó hacer militancia juvenil en la época de las atomizaciones políticas alimentadas por las discrepancias tácticas o doctrinarias) y, en particular, conoce de primera mano las secuelas del resquebrajamiento de 1989 en el perredeismo: es decir, no es tan sólo que atesora en calidad de enseñanza teórica las devastadoras consecuencias de las divisiones partidarias en América Latina o los ecos de los fraccionamientos del PRD a lo largo de su historia (1941, 1962, 1970, 1973, 1989, 2003) sino que tiene el aprendizaje directo que se deriva de haber vivido un proceso de esa naturaleza, y conoce de sobra los argumentos que se esgrimen (siempre los mismos) y la íntima falsía de sus alegatos, proclamas y acciones.

El PRD nació como un partido de estructura federativa (entendida ésta como oposición al totalitarismo unitario o verticalista), pues fue fundado por personalidades que eran jefes de grupos y, luego, se organizó en secciones o seccionales que también eran lidereados por cabecillas de grupos asentados en países o latitudes distintas. La razón era simple: surgió y dio sus primeros pasos en el exilio, donde no hay masas sino personalidades, y estas siempre forman grupos en su derredor para poder matener sus nombradías y liderazgos.

La verdad es, pues, que lo que ha dicho siempre el doctor Euclides Gutiérrez Felix en ese sentido es así: el PRD es una federación de grupos, y los perredeístas son los primeros que deberían estar concientes de ello (aunque, desde luego, sin la mala leche que el dirigente peledeista le pone a la afirmación). Con variadas intensidades y gradaciones, lo fue en el exilio, lo fue entre 1962 y 1965, lo fue entre 1965 y 1973, lo fue entre 1974 y 1989, y lo ha sido desde este últmo año hasta hoy. Y eso no habla mal sino bien del PRD: a pesar de su relajada disciplina y de sus a veces caóticas prácticas internas, es la más democrática y liibertaria de las entidades políticas dominicanas: plural, de amplia base social y conceptual, y casi transparente en su funcionamiento... Tal es su debilidad, pero también su fuerte.

Más aún: si vemos bien las cosas, el PRD ha ganado las elecciones cada vez que ha aceptado plenamente su carácter federativo y actuado en consecuencia: respetando la decisión soberana de sus bases, justipreciando el valor y las dimensiones de cada sector interno, y dándole la participación adecuada a los líderes que surgen en cada proceso o tramo histórico. Por el contrario, el PRD ha perdido las elecciones cuando algún líder o candidato ha pretendido ignorar esa carácter federativo, ha intentado alzarse con el líderazgo único y excluyente, ha tratado de convertirlo en un partido de estructura totalitaria y unitaria, o ha tomado el tortuoso derrotero de la división.

En consecuencia, si los perredeístas de la generación a la que pertenece el autor repiten el error de abandonar el PRD o promover su división para embarcarse en la formación de una organización nueva, no son más que unos tontos: habrán demostrado que carecen de memoria, que no han aprendido nada de la experiencia y que, por consiguiente, los años les han pasado en vano... Chacumbele les quedará chiquito.

Es más: a la citada generación no sólo le está prohibido moralmente repetir el error de marras sino que también le concierne la responsabilidad histórica de advertir a los jóvenes militantes y dirigentes de hoy sobre los peligros actuales y potenciales de tal andadura. Cada quien es libre de adoptar la postura que más se avecine a sus ideas, pero debe hacerlo con suficiente manejo de informaciones... La aventura divisionista hay que dejársela a quienes todavía no han incurrido en ese terrible y desolador yerro.

La puesta en marcha de la "Tesis Betancourt" sólo hubiera tenido posibilidades de éxito inmediatamente después de las elecciones del año pasado, sobre todo porque existían condiciones objetivas que la favorecían: un estado de repudio general al sector contrario; la justificación moral derivada de una "traición" o de un abandono de los principios; y la disponibilidad de tiempo para reorganizar la entidad o formar una nueva y situarla en condiciones de crecer para recuperar las fuerzas originalmente perredeistas.

Definitivamente, el de la división es un sendero cuyo final ya es harto conocido, y no sólo resultaría suicida para los perredeistas sino que constituiría un golpe letal contra la democracia dominicana: desmembraría y sacaría de juego a la única organización política que está en condiciones reales de encararse exitosamente con la corporación peledeísta gobernante ahora, mañana o en el 2016.

En estos momentos se impone, pues, que los perredeístas se vean en el espejo de la historia, piensen y actúen con cordura, resistan la tentación divisionista, y ofrezcan un caudaloso respaldo a las nobles gestiones unitarias que están realizando varios de los más importantes dirigente de relevo del PRD.

Por lo demás, ojalá y Dios ilumine a los que apuestan por la división para que no tomen el atajo por el que están a punto de desricarse.... Y si como quiera lo hacen (por intereses, fanatismo o inexperiencia), que sepan desde ahora lo que les espera: en esta ocasión, la historia no los absolverá...

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.
lrdecampsr@hotmail.com

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