Sábado 24 de Junio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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José Carvajal

R. Rodríguez Soriano con pasaporte literario

René Rodríguez Soriano ha hecho su trabajo. Ha puesto en la mirada de los pocos lectores de su país y de ciertos escenarios internacionales su más reciente obra “Solo de flauta”, publicada este año por el sello Alfaguara. Es sin duda un pasaporte editorial que ha convertido a René en una especie de diplomático de la literatura dominicana. Y eso está bien.

Los escritores que son publicados por sellos importantes y se duermen en sus laureles mueren en el intento. En estos tiempos una editorial, por más grande y poderosa que sea, espera que el escritor se convierta en el mayor promotor de su propia obra, a fin de que el producto se vea mucho para que despierte entusiasmo en los lectores y, tal vez, se venda.

Pero eso no ocurre con todos los escritores. Muchos, los más creídos y desposeídos de talento, esperan que las editoriales los lancen al estrellato sin ellos hacer nada en lo absoluto, como si su obra fuera una lámpara de Aladino. Más que ayudar en el proceso de la colocación de su obra en el insípido mercado del libro en español, algunos autores se convierten en personajes incómodos, exigentes y hasta enemigos de sus editores, a quienes terminan acusando de no invertir lo suficiente para darlos a conocer debidamente.

A lo anterior se suman las dudas de los “genios literarios” que esperan vivir de su único libro publicado y creen que las editoriales los están engañando porque no reciben ningún tipo de ganancia por concepto de ventas. También se agregan las quejas porque no se les promueve a la altura de los grandes de la literatura contemporánea; quieren estar en las principales ferias del libro, encuentros importantes de escritores, aparecer con frecuencia en diarios, en programas de radio y televisión, y figurar en publicaciones especializadas para llamar la atención de la crítica sesuda.

He conocido muchos escritores famosos, más de los que debiera haber conocido en mi vida para darme cuenta de que la grandeza de estos no está precisamente en su obra sino en la manera en que asumen su papel de promotores de sí mismos, cuidando los detalles y los excesos. Además de que lo lean, el objetivo primario es que lo vean. Y eso es positivo para el mundo editorial que pervive de la exhibición de sus autores y sus obras.

Aun así a veces sorprende lo poco que se venden los libros en español. Es la queja constante de la industria. Recuerdo que en un desayuno al que asistí una vez junto a decenas de profesionales del libro en México, el grito de todos era la falta de lectores y lo mucho que se invierte en promoción para poder lograr las ventas. Y lo peor del cuento es que en la mayoría de los casos la venta no cubre el esfuerzo ni el gasto publicitario. Todo eso hace que se retrase o que nunca llegue a manos de los escritores el famoso diez por ciento que casi siempre se estipula en los contratos como pago de derecho de autor.

También recuerdo mis intentos de conectar a escritores dominicanos con el mundo profesional del libro fuera del país. Unos hacían tantas exigencias que se cerraban las puertas, mientras que otros quedaban empantanados en nimiedades del contrato que podían superarse sobre la marcha, como suele ocurrir en todo tipo de negociaciones.

Me alegra que René haya comprendido el esfuerzo de la autopromoción, que se haya descubierto a sí mismo como un producto literario capaz de lograr cierta aceptación fuera del patio y de los guetos citadinos. Quizá “Solo de flauta” sea hasta ahora la obra publicada por Alfaguara-Dominicana más comentada y promovida en el país y en el extranjero, pero es algo que le tocará determinar a los editores cuando llegue el momento de pasar balance. Desde fuera todo lo de René se ve positivo, enhorabuena.

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