Jueves 25 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Bolívar, García Márquez y la subversión de la historia

Gabriel García Márquez descolló en las letras universales sobre el lomo resbaladizo de la apostasía: su lenguaje tiene la exquisita ferocidad del anatema mesiánico, sus imágenes son ardientes evocaciones de realidades trastrocadas por una imaginación rica en matices y, por añadidura, el discurso esencial de toda su obra es una filípica despiadada contra las sinuosidades de la memoria social y la historia de nuestros países.

En otras palabras, el celebrado autor colombiano, más allá de su vanguardista ideología estética y de su abierto compromiso con determinadas causas sociales y políticas, devino un nuevo profeta de la herejía en el terreno siempre anchuroso del laborantismo literario.

Pero los apóstatas -no lo olvidemos- son habitualmente prisioneros de la temporalidad: toman por asalto una época, se la restregan en el rostro a sus contemporáneos provocando urticarias y cardenales, y terminan colmándola hasta el hartazgo con sus novedosísimas elucubraciones. Nada más, empero: nacen, se glorifican y mueren en los brazos de cierto extremismo no penalizado, y después apenas se recuerdan en cenáculos y peñas como ecos apagados de un delirio creador preterido por la embestida inapelable de los tiempos. Esa es, insisto, la tragedia de los herejes: la inmortalidad sólo les roza el pellejo.



Por supuesto, Gabriel García Márquez, en honor a la más pura verdad, no quiere ni puede ser del tipo universal de los herejes: su vida, los meandros de su “sesera” y la obra que lo ha hecho famoso no “cuadran” al respecto. Pero creo, y debo decirlo sin vacilación alguna, que a veces ha estado en riesgo, probablemente de manera consciente, de dejarse arrastrar por aquella infeliz orquestación de la Historia. Y no es extraño: la frontera entre apostasía y decrepitud en ocasiones puede ser tan trivial como un bostezo matinal.



Ciertamente, hay momentos de la existencia creativa de García Márquez en los que parece que no le bastaron la sedición de la realidad y los arrestos radicales de la imaginación, pues tomó el peligroso vericueto de la subversión del mito histórico en su más hondo contenido sentimental. Este fue el caso, por ejemplo, de “El General en su laberinto”. Y aunque su arma fuera el testimonio novelado, parapeto siempre propicio para los despropósitos y las sinrazones de autores amados por las muchedumbres, la peligrosidad, insisto, no deja de ser evidente.



Lo diré a pesar de que no ignoro cuantas cortadas de ojo que provocará mi atrevimiento: “El General en su laberinto” es un libro desgraciado. El enorme esfuerzo que supuso la recreación de Bolívar y sus circunstancias durante las últimas jornadas de su existencia, se desvanece ante el estrépito bochornoso del mito desarticulado y quebrado. No es justo. Toda la luz del Libertador (que la tiene de sobra, pese a las inquinas de sus críticos de ayer y de hoy, incluyendo a don Carlos Marx), por obra de un espectáculo de exploración que desviste hasta las tripas emocionales, es agredida gratuitamente por la bruma de lo nimio e intrascendente.



Confieso sin rubor alguno que semejante audacia de García Márquez me dejó un sabor acre en el alma tras acometer la primera lectura del texto de marras, pues tuve la impresión de que el Gabo, en un letal intento por navegar en las intimidades de Bolívar con aire de graciosa honestidad, terminó complotando contra la gloria de aquel a caballo de una descripción demasiado ruda y cruda de las insignificancias y los pormenores de su vida doméstica. ¡Lastimero, mezquino y deplorable empeño que, paradójicamente, es hijo de la voluntad de un escritor de vuelo aquilino y definida conciencia histórica!



¿Lo digo con toda vulgaridad? Me ha parecido que a García Márquez sólo le ha faltado sentarse en su excusado y defecar en nombre de Bolívar ante toda la humanidad reunida para la ocasión. Porque, insisto: ese virtual desembarco agresor sobre la privacidad de la alcoba y del humor familiar supone un ejercicio literario de intenciones dudosas par un autor como García Márquez. ¿Desde cuando los improperios caseros, las nocturnas erupciones vomitivas o las deposiciones en letrinas de antaño son objetos o materiales atractivos para el arte de la narración?

La libertad de creación, en mi humildísima opinión, no se puede extremar hasta ciertas latitudes íntimas sin caer en el terreno pantanoso del agravio. Cuando un escritor invade el ámbito de las miserias intestinas de un héroe, no parece animado por el espíritu lícitamente irrespetuoso del arte o por las urgencias desmitificadores de la conciencia estética: más bien, parece que siembra la semilla podrida de la sospecha, y provoca más hedores que hervores. ¡No hay que confundir la irreverencia de pensamiento (que casi siempre es plausible porque persigue la verdad) con la desfachatez retórica (que casi siempre es condenable porque persigue la mentira)!

La cuestión es simple: en realidad un héroe, en tanto símbolo y ejemplo para la gente, no necesita esa banal y torturante desnudez para ser mostrado en sus pequeñas dimensiones de simple mortal. Se sabe que no es divino sino terrenal, y siempre hay posturas públicas que lo retratan o debilidades culminantes que lo develan. Además, entrar sin permiso a la “cocina” o al “inodoro” de la vida de los vivos está penado por las reglas de la convivencia social. ¿Y la “cocina” y el “inodoro” de los muertos? ¿No tienen para los vivos cierta veda ante la ley suprema de la conciencia? Las malandanzas domésticas constituyen, según creo, una historia personal que debería ser respetada tanto por el bisturí del literato como por la pluma del historiador.

(Da pena, mucha pena ver cómo los más sucios entresijos de la vida de un grande de la Historia son echados a los perros de la cotidianidad para que sean devorados como desechos de carnicería. La gente que lee y goza al autor de “Cien años de soledad” ha sido víctima, por así decirlo, de un asalto de alienación: no otra cosa significa la transmisión de aquellas imágenes penosas, gemebundas y degradantes con una morbosidad que se oculta tras la trascendencia de su nombre).

Pero hay algo más. ¿Tiene derecho un literato a valerse de su nombradía y de la libertad de creación para modificar la visión histórica de sus lectores sobre un héroe? En el caso que nos ocupa, la obra, al operar con brutalidad de brigada de demolición, casi derrumba una simbología y un ejemplo que son columnas marmóreas de la Historia de América. No creo que los lectores de García Márquez le agradezcan por semejante desafuero histórico: bastan las miserias humanas y las inconductas de los malos para definir paradigmas (aunque sea a la inversa) o para justificar todo rechazo a las elegantes tentaciones del nihilismo.

Aunque no ignoro que las presentes reflexiones se desbocan por el viejo territorio de las humanidades en el que creadores literarios e historiadores cruzan fieramente sus sables, todavía me pregunto por qué tanta gente ha lisonjeado a “El general en su laberinto”. La verdad es que, después de más de una decena de lecturas, a mí todavía me es imposible aplaudir ese texto del celebrado autor colombiano, y me sigue produciendo una portentosa angustia y una desilusión aluvial.

Me parece, y lo digo sin ambages aunque me “premien” con “bembitas” de todo tipo o me cuelguen el sambenito de ignorante, que “El General en su laberinto” es un libro sórdido y desventurado. Y por eso en su momento opiné de él lo mismo que sostengo sobre la última creación de García Márquez (“Memorias de mis putas tristes”): se trata de un texto impropio de su grandeza, y él no debió escribirlo nunca.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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