Miercoles 26 de Abril del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Manuel Morales Lama

A propósito de la representación diplomática

Manuel Morales Lama
En la actualidad, la diplomacia organizada pone al alcance de todos los países, independientemente de su poder político o económico, un medio de comunicación permanente y una valiosa herramienta de negociación, sustentada en la reciprocidad internacional. Es en virtud de la función de representación que la diplomacia se convierte en un efectivo proceso continuo (C. de Icaza). La representación, es asimismo, la base para el ejercicio de las demás esenciales funciones de la misión diplomática contemporánea.

En el mismo contexto, el éxito de la política exterior de los Estados depende en forma creciente de la formación, destreza y talento, con que cuenten sus representantes en el extranjero, para promover y salvaguardar los intereses fundamentales del propio país, del cual deben ser sus “genuinos representantes”. De ahí debe emanar su credibilidad como “autorizados interlocutores confiables”.

En lo relativo a la misión diplomática, conforme a requerimientos actuales, lo que garantiza la eficacia de su gestión es un efectivo trabajo profesional, en el marco del plan de gestión respectivo, con objetivos precisos de acuerdo a los lineamientos de la respectiva política exterior. Lo que, obviamente, suele facilitarse, cuando los integrantes de la misión cuentan, consistentemente, con los correspondientes conocimientos (que incluyen el entrenamiento específico para este ejercicio), igualmente con la debida “responsabilidad laboral” y el correcto sentido de la disciplina que se requiere en este quehacer. Es por tal razón que diversos países han establecido lo que se ha convenido en denominar “carrera diplomática”.

Ahora bien, sin una “carrera diplomática” institucionalmente establecida, o que no cuente con el rigor correspondiente, el personal de la misión tiende a ser de una “imprevisible diversidad”, con sus obvias consecuencias. En ese marco, mientras en unos casos podría contarse con funcionarios que se propongan realizar las labores correspondientes “lo mejor que les sea posible”.

En otros casos, conforme lo relatan en sus “memorias” diplomáticos de diversos países, podrían presentarse determinadas características más complejas. Partiendo de que estos funcionarios por diferentes motivos “incursionan incidentalmente” en ese ejercicio, no resulta ajeno a ello que pudiera haber entre éstos quienes se propongan ejecutar sus particulares “proyectos”, e igualmente no es infrecuente que existan entre los mismos quienes pretendan desconocer que en las misiones diplomáticas las acciones deben realizarse con “la aprobación, dirección o conocimiento” del titular de la misión, y, que asimismo, en este ámbito existen principios, normas y procedimientos, cuya observancia resulta esencial, tanto para la eficacia de la acción exterior del Estado, como para la adecuada imagen del país en el extranjero.

Obviamente, lo precedentemente señalado requiere especiales esfuerzos del jefe de misión para el adecuado ejercicio de sus funciones. Dada la composición, y eventualmente, lo numeroso que pudiera ser el personal de la misión, se debe evitar, por los medios institucionales a su alcance, que se altere el imprescindible orden y la respectiva disciplina en la misión diplomática en cuestión; no obstante eso, debe procurarse, en la medida de lo posible, la participación del personal en la gestión.

Sobre todo el jefe de misión dirigirá su máximo esfuerzo y atención a la eficiente ejecución del respectivo plan de gestión, plenamente consciente de que debe realizar una labor profesional en beneficio de su país, consonante con la responsabilidad que le ha confiado el propio Estado.

En caso de que el jefe de misión sea una persona que “incursiona incidentalmente” en el ejercicio diplomático, es evidente, en el orden práctico, que la asignación de una responsabilidad no concede, en modo alguno, los conocimientos para ejercerla. En estos casos, si lo que se busca son resultados, debe tenerse la grandeza de espíritu y la humildad, y del mismo modo, la inteligencia y capacidad gerencial para asesorarse y asistirse adecuadamente. Asimismo, deben saberse realizar los máximos esfuerzos por aprender en la marcha y adquirir la correcta experiencia requerida.

Cabe resaltar, finalmente, que por lo fundamental que resultan ser las relaciones entre los Estados, tanto en el ámbito multilateral como bilateral, y por la complejidad que han adquirido tales relaciones, resulta un imperativo indelegable, para la eficacia de las acciones en este ámbito, que su manejo sea “profesionalmente multidisciplinar”.

Como es ampliamente conocido, en el desarrollo de dichas relaciones, deben conciliarse convenientemente, responsabilidades fundamentales en este campo, como las económicas y comerciales con las de carácter jurídico (que, además, inciden significativamente en ellas) y de igual modo con aspectos que conciernen al área política y diplomática propiamente dicha, ya que resultan ser en gran medida su canal ejecutor. Sin olvidar, por supuesto, que la negociación es “el eje fundamental de la actividad diplomática”. Por tal razón la formación de los diplomáticos contemporáneos debe estar “consistentemente orientada” a la labor que habrán de realizar, y por supuesto, a la efectiva consecución de los objetivos de la respectiva política exterior.

El autor es Premio Nacional de Didáctica y embajador de carrera
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