Jueves 30 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Carlos McCoy

¡Bien por Haití!

Confesamos que al principio, como la mayoría del pueblo dominicano, nos sentimos frustrados ante la decisión de las autoridades haitianas de impedir, basados en un simple rumor, la entrada de productos dominicanos a su territorio.

Nos fue imposible no retrotraer las veces que el pueblo y gobierno dominicanos han sido solidarios con el pueblo y gobierno haitianos.

Apenas hace unos días, el Presidente Danilo Medina, ante la avanzada degradación que acusa el suelo de nuestros vecinos, les ofreció un programa de reforestación, similar al que se lleva a cabo en nuestro país, para comenzar a rescatar la exuberancia que antaño mostraba toda la isla.

Los hospitales dominicanos, en todo el territorio nacional, admiten pacientes haitianos, principalmente parturientas, sin cobrarles un solo centavo ni ponerles ningún tipo de trabas.

Atrás quedaron los días donde los haitianos estaban confinados a un pobre batey de los ingenios azucareros, e indefectiblemente eran repatriados cuando terminaba la zafra para la cual fueron contratados. Hoy, su presencia, legal e ilegal, se hace notoria en casi todas las actividades nacionales, sean estas comerciales, laborales, educativas, etc.

Tenemos que confesar que lo menos que pensamos fue que los haitianos, o por lo menos sus autoridades, eran unos malagradecidos.

Pero, poniendo todo estos acontecimientos en perspectiva, tenemos que admitir que lo único que han hecho las autoridades haitianas es ejercer su derecho a admitir o no en su territorio, los productos o bienes que consideren aptos.

Nosotros debemos aprender, no de esta lección, sino de las lecciones que nos han venido dando el gobierno y la diplomacia haitiana a través del tiempo y en diversos escenarios, tanto nacionales como internacionales. Donde casi siempre nos mantienen a la defensiva.

Creemos que este debe ser el punto donde nuestro sistema judicial y el Servicio Exterior Dominicano comiencen a adecuarse a las exigencias del mundo legal y diplomático. Tenemos que dejar de seguir siendo los eternos acusados aun haciendo, en todos los casos, lo humanamente correcto.

No podemos criticar a los haitianos por aplicar sus leyes en su territorio. Lo que urgentemente debemos hacer nosotros es aplicar las nuestras en el nuestro. Para eso, el sistema judicial y la cancillería deberían preparar jueces y diplomáticos enviándolos a estudiar al extranjero, si fuera necesario, para que adquieran las destrezas que han demostrado poseer nuestros vecinos de occidente.

Aquellos que quieran representar nuestro país deben prepararse para hacerlo con los conocimientos y pericias indispensables. No podemos seguir dando lástimas en foros extranjeros y hasta en nuestro propio territorio.
¡Bien por Haití! ¡Mal por nosotros!

Imitémoslos. Hagamos respetar nuestras leyes. ¡Todas y cada una de nuestras leyes!
No creemos que sea mucho pedir.

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