Domingo 28 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

De Maquiavelo a Rousseau: realismo e idealismo en politica

El sustrato de “realismo” brutal que había tenido la actividad política desde la decadencia de la civilización griega hasta el siglo XVI de nuestra era, confirmado con base en una exhaustiva investigación histórica, fue lo que esencialmente quiso poner de manifiesto Nicolás Maquiavelo (1469-1527) con sus disquisiciones sobre el tema.

Ciertamente, tanto en “El príncipe” (escrito en 1513 y publicada en 1532) como en sus escritos conexos, el pensador florentino procuraba mostrar de manera manifiesta que, en los hechos, la política y la moral tenían “jurisdicciones separadas”, y que, por consiguiente, no debería intervenir en la actividad política aquel que no estuviese dispuesto a sacrificar “los principios de moralidad corriente” en el ara de la “necessitá” del Estado.

Azorín, en un texto ya olvidado que llegó a ser libro de cabecera de muchos dirigentes partidistas y de Estado, lo dice de otra manera: “... el político ha de ser fuerte y hábil: esta es la doctrina de Maquiavelo”. Pero tal “doctrina”, empero, no es tal en sentido estricto: más que una declaratoria de principios, la obra de Maquiavelo contiene una sesuda reflexión sobre lo que ha acontecido históricamente en la liza de la política.

Aquella visión “realista” de la política no dejaba de ser viable a la luz del hecho de que se había amamantado en el seno de épocas históricas en las que el Estado en tanto institución aún no se imponía sobre la voluntad personal de divinidades, reyes y seres humanos comunes y corrientes. Diríase, hoy en día, que esa visión respondía al “nivel de desarrollo” existente a la sazón tanto de la sociedad como del pensamiento humano. No obstante, probablemente contra los deseos y las expectativas de Maquiavelo, ella dio pie, posteriormente, a una interpretación de su pensamiento que terminó en el descrédito de éste y sus admiradores.

Claro, no se debe olvidar que Maquiavelo fue un hombre del Renacimiento, y que la búsqueda de la verdad que caracterizó a este período histórico de la humanidad enfrentó a muchas cabezas brillantes con el cristianismo, a veces incluso por meras necedades religiosas o supersticiones teológicas. Pero también hay que recordar que si bien teóricamente el cristianismo (que ya había adquirido bastante estatura como referente de cultura a partir de la caída del Imperio Romano de Occidente) intentó hacer menos flexible aquel pragmatismo salvaje de la “real politik”, a la postre sus operarios esenciales concluyeron pactando con el poder terrenal y participando en el festín del mando público.

En términos históricos, la reacción más contundente contra el “realismo” político fue inicialmente encabezada por pensadores de orientación socialista, quienes intentaron acercar la moral y la equidad al laborantismo de la política. Así, la primera oleada del socialismo nace como un ideal constructivo fundado en consideraciones de colectivismo, igualitarismo y justicia a partir de las realidades de las sociedades europeas de los siglos XIII, XIV y XV (es decir, antes que algunas propuestas absolutistas o liberales), pues no otra fue la estrategia de aquellos esfuerzos dispersos y fragmentarios que quedaron englobados bajo la común denominación de “socialismo utópico”.

El primer socialista utópico de relevancia fue el teólogo y político católico inglés Thomás Moro (1478-1535), quien en una obra titulada “Utopía o Libro áureo, no menos saludable que festivo, de la mejor de las repúblicas de la nueva isla de Utopía”, publicado en 1516, en forma de diálogo y descripción expone su concepción de una sociedad basada en la propiedad común (pues para él “la causa de los males de la gente es la propiedad privada”), en el trabajo obligatorio, colectivo y hereditario (cuyos frutos se distribuirían equitativamente), y con un Estado democrático de carácter electivo cuyos funcionarios, con excepción del monarca que sería vitalicio, sólo permanecerían en sus puestos por un año.

El pensador y activista social italiano Tommaso Campanella (1568-1639) es otro de los más importantes representantes originarios del socialismo utópico. En su obra “La ciudad del sol” (1612), escrita en forma de memorias dialogadas de viaje, hace una descripción de la sociedad perfecta que ha encontrado en la isla de Taprobana. Esta sociedad se caracteriza porque el trabajo es obligatorio en función de las aptitudes e inclinaciones de cada ser humano, la propiedad privada no existe, todo lo producido es propiedad común, y el Estado es democrático, siendo elegidos los funcionarios por una asamblea de todos los ciudadanos que sanciona o rechaza las propuestas del Gran Consejo, un órgano que fiscaliza sus funciones.

Por otra parte, como se sabe, fue fundamentalmente en brazos del iluminismo inglés y el enciclopedismo francés que la política terminó de mezclarse con la filosofía y la economía (dando origen a unas combinaciones de pensamiento y acción que más adelante generarían a la sociología), con lo cual empezó a consagrarse como una disciplina teórico-práctica independiente de pretensión científica y susceptible de estudio e interpretación.

Entre los pensadores ingleses a los que la política le debe buena parte de su racionalidad hay que mencionar siempre a Thomas Hobbes (1588-1679), quien sobre todo en su obra “Leviatán” (1651) formuló las bases teóricas del Estado monárquico absolutista, construido a partir de la renuncia del hombre al derecho a gobernarse por sí mismo, tras reconocer que por su propia naturaleza egoísta y violenta no lo podía hacer (“el hombre es un lobo para el hombre”, proclamaba), y cediéndoselo por tanto, en el marco de un “contrato social” que da origen al Estado, al soberano. Este último, por su lado, tiene obligaciones con sus súbditos: proveer seguridad y libertad.

El poeta y ensayista inglés John Milton (1608-1674) también contribuyó notablemente a darle base conceptual al accionar político, pues en su opúsculo “Sobre la potencia de los reyes y de los dignatarios” (1649) sostiene, a tono con sus concepciones religiosas, que “todos los hombres nacen libres por naturaleza”, y por lo tanto han sido creados para gobernar y no para someterse, pero que el pecado los conduce a las discordias, por lo cual se hace necesario establecer mecanismos de protección como las ciudades y los Estados, cuyo poder se delega “en una o varias personas para sancionar a los violadores de la paz y para administrar justicia”. Milton sostiene que el soberano tiene el deber de responder ante el pueblo, y éste tiene el derecho de revocarle el mandato. Por estos juicios, el autor de “El paraiso perdido” es considerado como uno de los pioneros del principio de la soberanía popular.

John Locke (1632-1704), para muchos el padre del liberalismo, erigió en “Dos tratados sobre el gobierno” (1689) los pilares conceptuales del Estado moderno, negándole facultades absolutas al soberano a través de una total adhesión a la ley y en virtud de una distribución compensatoria de los poderes, destacando como atributos irrenunciables del hombre la libertad y el derecho de propiedad, y enfatizando en que el “convenio social” que garantiza la existencia de la sociedad y de su gobierno debía necesariamente hacerse con base en el “consentimiento individual”. Locke fue el verdadero creador de la teoría de la división o separación de los poderes, distinguiendo entre el legislativo (encargado de hacer las leyes), el ejecutivo (encargado de aplicar las leyes, y que absorbe el área judicial) y el federativo (encargado de la política exterior).

Entre los pensadores franceses también acreedores de la racionalidad de la política siempre hay que mencionar al jurisconsulto y economista Jean Bodín (1530-1596), autor de “Los seis libros de la república” (1576). A Bodín se le atribuye ser el creador del concepto de soberanía (definida por él como “el poder absoluto y perpetuo de una república”), siendo uno de los primeros teóricos de la monarquía absoluta, régimen que, según él, tenía origen divino y era la única garantía de la unidad del Estado frente a la fragmentación del poder que caracterizaba al feudalismo.

El escritor y sociógrafo francés Charles Lois de Secondat, mejor conocido como el barón de La Bredé y Montesquieu (1689-1755), se considera uno de los fundadores de las ciencias sociales. Concibe tres “formas correctas” de Estado (la democracia, con el poder supremo en manos del pueblo; la aristocracia, donde el poder es ejercido por un grupo selecto de personas; y la monarquía., en la que el poder lo tiene una sola persona) y una “forma incorrecta” (el despotismo, opuesto a los anteriores). Siguiendo el hilo de conducción de Locke, es el promotor más conocido, a través de su obra “El espíritu de las leyes” (1748), del principio de la separación de los poderes y, por lo tanto, del Estado basado en un régimen político de pesos y contrapesos, que es lo único que en su opinión asegura la legalidad y la libertad. A diferencia de Locke, Montesquieu propone que el Estado se articule con base en el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial, tal y como lo conocemos en las democracias modernas.

Las obras del filósofo y literato francés Francisco María Arouet, mejor conocido como Voltaire (1694-1788), fueron un importantísimo caldo nutricio de la racionalidad de la política, sobre todo porque su crítica mordaz y despiadada al feudalismo (y muy especialmente a su fundamento ideológico: el pensamiento religioso, el fanatismo, la superstición y la intolerancia) contribuyó notablemente a definir algunos de los valores que hoy son consustanciales con la democracia. Su obra más difundida ha sido “Cartas filosóficas” (1734), condenada a la hoguera por el parlamento francés, aunque es autor de una gran cantidad de dramas, novelas y cuentos que, igualmente, recogen aspectos esenciales de su pensamiento. Sin ser ateo, abominaba de las ideas de la Iglesia Católica (a la que denominaba “la infame”) y era un infatigable promotor de la libertad de pensamiento, de opinión y de prensa, por lo cual fue objeto de múltiples persecuciones. “La libertad -afirmaba- radica en depender únicamente de las leyes”, por oposición a la censura monárquica y al absolutismo religioso.

Jean Jacques Rousseau (1712-1778), en particular por conducto de su famosa obra “El contrato social” (1762), propone las bases originales de lo que sería la democracia para que el hombre, siendo parte de la sociedad y aceptando la autoridad del Estado, “siga siendo, a pesar de esto, libre”. En el proyecto de Rousseau, los gobernantes deberán ser elegidos directamente por el pueblo, sin intermediarios (soberanía popular, única, indivisible e inalienable, expresada como “voluntad general”), y cada ciudadano estará en la obligación de participar personalmente en la discusión y sanción de las leyes. En otras palabras, las ideas de Rousseau, que desde su formulación han ejercido una influencia notable tanto en el pensamiento como en la práctica política, apuntan hacia un régimen de democracia directa.

Por último, resulta imprescindible reiterar que, sobre todo bajo el influjo de los iluministas y enciclopedistas en general, la Europa de los siglos XVII y XVIII se vio abocada a importantes transformaciones políticas, sociales y económicas (la revolución inglesa de 1642-1649, la declaración de independencia de los países bajos de 1649 y la revolución francesa de 1789), eventos con los cuales la política terminó acercándose más a las ideas de justicia, igualdad y libertad.

Por supuesto, esas revoluciones generaron sus propias ideas y pensadores políticos, y su desenlace histórico no necesariamente se correspondió con sus proclamas iniciales: finalmente hubo un distanciamiento de sus orígienes programáticos que, aunque cimentado en las “razones de Estado” y los apremios de la “salud pública” (nuevos apelativos de lo que Maquiavelo había llamado “necessitá” del Estado), por reflejo de aversión dio origen al socialismo y condujo a una parte del liberalismo a acercarse al cristianismo, dando lugar a nuevos debates y apuestas en torno a las cuestiones del “realismo” y el idealismo en la actividad política... Pero esta, naturalmente, es otra historia.

(*) El autor es abogado y profesor universitario
lrdecampsr@hotmail.com

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