Sábado 29 de Abril del 2017
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José Carvajal

Adiós temprano al poeta del "esquizo"

ADRIAN JAVIER (1967-2013)

No sé ni sabré nunca qué escribía, qué investigaba, qué inquietaba al poeta del “esquizo” Adrián Javier a dos días de su repentino fallecimiento. En mi casilla de correo privado de Facebook quedó escrita la última frase que me dijo apenas el jueves antes del sábado 6 de abril en que ya no amaneció vivo, después que su familia lo llevó de emergencia a una clínica donde sufrió un paro cardíaco en horas de la madrugada. Este mayo cumpliría 46 años.

“No imaginaba que este Batista fuera tan ‘especial’”, me escribió. La persona que nombra es al también poeta León Félix Batista, director de la Editora Nacional.

El tema acerca del funcionario del Ministerio de Cultura surgió a raíz del propio Javier. Trataré de reproducir aquí lo que hablamos; fue realmente poco, porque yo respondía sus preguntas desde mi celular.

ADRIAN JAVIER: Hola, José, ayer estuve hablando con un amigo en común y me comentó que publicaste unos trabajos interesantes sobre el farsante de la Editora Nacional, dime cómo localizo esos textos, los necesito.

—En el archivo de mi blog: josecarvajal.com

AJ: ¿Cómo se llama el texto?

—Son como ocho (artículos).

AJ: Estuve hablando con… (jc: aquí omito el nombre por razones obvias) y me comentó tus textos que dice son excelentes y reveladores.

—Alguno tiene el nombre de León (Félix) Batista en el título.

AJ: Ok. Es increíble las cosas que pasan en Santo Domingo. Los leeré para ver si están al día con todo lo último.

—No creo que estén al día. Hace un año que los escribí.

AJ: No imaginaba que este Batista fuera tan “especial”.

Adrián y yo no fuimos amigos cercanos. Lo vi apenas dos o tres veces en mis esporádicos viajes a Santo Domingo. Digamos que teníamos una amistad “literariamente colegiada”, con más contacto en los últimos tiempos por medio de Facebook que personal. Chateábamos de vez en cuando, pero nada sustancioso, como puede verse en la reproducción que hago aquí de la última conversación electrónica que sostuvimos.

Creo que nos conocimos a finales del decenio de los ochenta, y luego en abril de 1997 me regaló un ejemplar autografiado de su poemario “Bolero del esquizo”. Allí escribió: “Para José Carvajal. Con admiración y respeto sincero, Adrián Javier”. En aquel entonces él era un poeta de versos sencillos, de lenguaje llano, pero no por ello carentes de calidad y hondura.

El fin de semana del velatorio no pude sino homenajearlo a distancia. Tomé de mi biblioteca aquel ejemplar del “esquizo” y leí algunos de sus poemas mientras en Santo Domingo sus familiares y amigos le daban el último adiós. Era un poeta auténtico, afanoso en el más ocioso del oficio del escritor moderno, y consciente además de que el papel del hacedor de versos no es copiar lo obvio de la cotidianeidad, sino descubrir el asombro. Así lo declaró en “Bolero del esquizo” a manera de presentación: “Una parte de estos textos la escribí en La Habana. Queriendo sentir, ver y mirar lo que otros no olían, ni oían, ni decían”.

Eso último es el mayor reto del poeta: “sentir, ver, oler, escuchar” lo que otros no logran por falta de sensibilidad y contacto con el ser colectivo y la inmensidad del universo. En otras palabras, si eres poeta, no me digas que el sol brilla y quema, porque eso ya lo sé; mejor sorpréndeme y descubre si existe una sombra en medio de la masa candente y hazla llegar a mí con la parsimonia de una mariposa que se posa en mi ventana.

En el prólogo a “Bolero del esquizo”, el también poeta Tony Raful destaca que “la poesía que vive en él (en Adrián Javier) no tiene nada de prestada. No viene de la racionalidad sino del temblor. No llega de la academia sino de la calle y de los ríos y del océano y de las islas. Es poesía, porque brota no de una estructura formal sino del huésped que la habita. Son versos sencillos y a la vez contentivos de una profundidad extraordinaria”.

Antes de “Bolero del esquizo” Adrián Javier publicó “El oscuro rito de la luz”, y su obra total abarca más de diez libros, varios de ellos premiados en el país. En conclusión, la muerte de un poeta es algo inmensamente desastroso porque su partida desacelera la creatividad humana y debilita el universo. Q.E.P.D. el poeta del “esquizo” Adrián Javier.

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