Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Danilo y Leonel: el desafio silente

Aunque hasta el momento las decisiones y, sobre todo, las indecisiones del gobierno del licenciado Danilo Medina han creado la sensación general de que entre éste y el doctor Leonel Fernández existe una suerte de modus vivendi político, el singular estilo del actual jefe del Estado y las inaplazables demandas de la real politik pudiesen constituir serias amenazas a la “convivencia pacífica” interna de los dos más importantes líderes del PLD.

(Se aclara, por supuesto, que no se habla aquí de las cancelaciones de empleados públicos leonelistas para reemplazarlos por danilistas que se anuncian sotto voce para este mes, ni tampoco de las declaraciones críticas sobre la pasada administración ofrecidas casi al desgaire por algunos de los funcionarios del presente gobierno: a lo que se refieren estas notas es, mas bien, al perfil de distinción que intenta vender la gestión del licenciado Medina con respecto a su predecesor, asunto realmente peliagudo si se toma en cuenta que aquel nació en las entrañas de este último).

Ciertamente, en la medida en que transcurren los días se hacen consistentes los esfuerzos del gobierno del licenciado Medina para crear distancia facial y programática con respecto a la administración del doctor Fernández, y en muchos sentidos tal postura no sólo tiende a colocarlo en una actitud crítica frente al ex mandatario (hasta el elogio desproporcionado del Metro luce una palmadita de hombro funcional a esta estrategia) sino que al mismo tiempo le crea enemistades al actual gobernante (discretos pucheros y dicterios incluidos) en los dilatados y poderosos dominios internos de aquel.

En el PLD, por el momento, no hay ni puede haber división interna, básicamente porque ya no es un partido sino una corporación política y económica, y sus directivos y accionistas saben que el derrumbe de uno podría arrastrar al resto. Ello no significa, empero, que el peledeísmo está exento de la posibilidad de que en el futuro inmediato (como siempre acontece en las estructuras de su tipo cuando el hartazgo infla los egos) pudieran presentarse determinados conflictos de “intereses hegemónicos” en su cúpula directriz y, desbordando la concepción fascista de disciplina que lo caracteriza, se hagan públicas las discrepancias interiores.

Tal aserto alcanza mayores visos de viabilidad si tomamos en cuenta que, más allá de la imagen de armonía que se empeña en proyectar el Comité Político del PLD en cada sesión y de las constantes amenazas que suelta el secretario general de la organización (que ha asumido un curioso rol de censor de opiniones, conductas y poses políticas), es harto conocido que mucha gente del actual gobierno (sea por resentimiento, sea por convicción o sea por diferenciarse en algo de la gestión del doctor Fernández) está trabajando soterradamente para minar las bases del leonelismo.

Y eso, por supuesto, es de lo más natural: como se ha visto aquí, allá, acullá y allende los mares, cuando la jefatura del Estado (y, por consiguiente, el liderato máximo formal de la nación) es ejercida por alguien distinto de quien ostenta el puesto de figura principal del partido de gobierno, es inevitable que entre ellos surjan divergencias, resquemores y enfrentamientos. En la política vernácula del siglo XIX había una expresión coloquial que retrataba la cruda realidad al tenor: “En una misma cueva no pueden vivir dos culebras machos”.

Claro está, en el caso del PLD la cuestión es mucho más especial y potencialmente peligrosa, pues la persona que ocupa la máxima posición de dirección partidaria no sólo fue quien precedió al incumbente presidencial actual sino que también se presume (deducción elemental que él se encarga de engordar todos los días) que aspirará a sustituir a este último en el próximo evento comicial, lo que lo obliga a estar muy pendiente de lo que pudiesen hacer o no sus compañeros en el gobierno para beneficiar o perjudicar su imagen pública. No hay que engañarse: en buena medida, el presente y el futuro políticos del doctor Fernández están en las manos del licenciado Medina.

Desde luego, el sector del doctor Leonel Fernández cuenta para el logro de sus objetivos tácticos mediatos e inmediatos con tres elementos fundamentales: el instinto de supervivencia del PLD (fuerte e intenso debido a su carácter de estructura corporativa), la prohibición constitucional de la reelección presidencial (que tiende a debilitar el liderazgo del presidente de la república a partir de su segundo año de gestión) y el estilo personal del licenciado Medina como líder político (sobrio, dúctil, pragmático y al margen de las grandes pretensiones del llamado “liderazgo histórico”).

Ahora bien, si el licenciado Danilo Medina no aprovecha ahora su alta nombradía y su principalía en el Estado (principal sostén orgánico y económico de la estructura corporativa peledeísta) para imponer total o parcialmente su liderato dentro de su partido sería el primer presidente dominicano del siglo XX que no lo hace, y dado que ello entrañaría a la postre una desmovilización (absoluta o relativa) de sus fuerzas internas, luego de salir del poder (cuyo ejercicio, como es sabido, en nuestros países es capaz de desgastar y desprestigiar hasta al mismísimo rabí de Galilea) quedaría expuesto tanto a las eventuales desconsideraciones de un sustituto ávido de vindicación como a una pérdida natural de liderazgo dentro de su organización.

(A estas alturas ya parece evidente que la decisión del sector del doctor Fernández de promover hace un par de años la permanencia de los principales cargos internos de la organización estaba justificada en la conciencia de la probabilidad de una derrota electoral en 2012 y, en caso contrario, en la posibilidad de que se cristalizara ese dilema actual del licenciado Danilo Medina: semejante providencia no sólo garantizó al primero el control de la estructura nodal del PLD sino que obligó al segundo a no sustituir de sus puestos gubernamentales a importantes dirigentes adeptos al presidente saliente).

Es obvio que ni el licenciado Medina tiene suficiente control de las estructuras del PLD (es cierto que le ha faltado tiempo, pero también voluntad) ni el doctor Fernández está en su mejor momento para encararse con aquel para dirimir la cuestión del liderazgo interno en términos categóricos (sobre él penden, más que las espadas de Damocles de la oposición política y las miradas a veces mimosas de Themis, las garras de una sociedad civil insobornable), pero no hay dudas de que el asunto está en camino: aún es silente, pero el desafío en algún momento será bullicioso… Y, por cierto, cuando esto último ocurra, a muchos peledeístas que ahora están haciendo farándula y algazara les convendrá quedarse en las graderías… para que no se les pegue un foul.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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