Domingo 23 de Julio del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

Los “pendejos” de la guerra restauradora

El 18 de marzo de 1861, el general Pedro Santana y Familia, materializando una idea que había acariciado durante largo tiempo, oficialmente proclamó la llamada “anexión a España” y, con ello, la Republica Dominicana, en tanto Estado soberano e independiente, quedó por el momento extinguida desde el punto de vista constitucional.

Como se sabe, empero, algunos bravos “pendejos” reaccionaron casi de inmediato contra tal acto de yugulación de la soberanía nacional: a principios de mayo del mismo año se produjo en el Cibao el levantamiento del coronel José Contreras y sus seguidores, y al mes siguiente entraron por la frontera Sur, procedentes de Haití, los generales Francisco del Rosario Sánchez y José María Cabral encabezando una expedición militar.

El trágico saldo de ambas protestas armadas también es harto conocido, pero no se puede dejar de destacar que a resultas de la última el general Sánchez, uno de los más descollantes “pendejos” del movimiento que 17 años antes había proclamado la independencia nacional, cayó herido en una emboscada en las inmediaciones de El Cercado, resultó hecho prisionero y trasladado a San Juan de la Maguana, y finalmente, el día 4 de julio de 1861, fue ejecutado por decisión de un tribunal militar influenciado por el general Santana.

No obstante, la alianza entre los ocupantes españoles y el “inconsulto caudillo” del Este (que decidió cambiar la dignidad presidencial por un ridículo nombramiento de capitán general) pronto se empezaría a desmoronar, pues aquel, acostumbrado a ejercer el poder de manera unipersonal y a obtener todo lo que deseaba, se disgustó con sus aliados peninsulares debido a la cuestión de los nombramientos y el mando efectivo, y ya en enero de 1862 presentaría renuncia y sería sustituido por el general Felipe Ribero Lemoine. Al aceptarle oficialmente la renuncia, la reina Isabel II de España crearía para Santana, el 28 de marzo de 1862, el pintoresco título nobiliario de Marqués de Las Carreras.

Por lo demás, fue enteramente cierto que las autoridades españolas no cumplieron a plenitud con algunos de los compromisos nodales que hicieron al momento de negociarse la anexión: dar a la media isla (en los hechos, no en los papeles) el tratamiento institucional de provincia española, utilizar tanto en los servicios civiles como en los militares a los dominicanos en disposición para ello, amortizar la totalidad del papel moneda circulante, y reconocer como válidos los actos nacionales de gobierno desde 1844 hasta la fecha de la anexión.

En adición a ello, los gobernantes peninsulares (cuyo comportamiento siempre tuvo una fuerte dosis de racismo) adoptaron o promovieron en un período de tiempo relativamente breve tantas medidas administrativas, económicas, financieras, personales y hasta religiosas de carácter discriminatorio o sencillamente odiosas para los dominicanos y sus relacionados, que en menos de dos años su impopularidad había desbordado las propias expectativas de los opositores a la aventura anexionista.

Por eso, en 1863 casi toda la geografía nacional era un hervidero de conspiraciones patrióticas o puramente anti españolas, y aunque el primer levantamiento importante de ese año se produjo en el mes de febrero en Neyba bajo la dirección del comandante Cayetano Velásquez, los focos protestatarios más relevantes se encontraban en el Norte bajo la dirección del general Santiago Rodríguez, quien se proponía iniciar una gran insurrección el día 27 de ese mismo mes.

El complot nacionalista cibaeño, empero, fue develado en Guayubín el día 21, y el general José Antonio Hungría, comandante de armas de Santiago, marchó presuroso hacia esa localidad para encararse con las huestes de Rodríguez, circunstancia que fue aprovechada por los patriotas santiagueros para proclamar la sublevación en su ciudad, lo que obligó a Hungría a retornar a ésta para sofocar a los rebeldes. Una vez garantizó el control de Santiago, Hungría avanzó nuevamente hacia el noroeste, y aunque Rodríguez y sus seguidores le dieron el frente no pudieron sostener la resistencia. El general Rodríguez debió huir hacia Haití.

La Guerra de la Restauración propiamente dicha comenzó el 16 de agosto de 1863, cuando un puñado de dominicanos procedentes de Haití (Santiago Rodríguez, José Cabrera, Benito Monción, Eugenio Belliard, Segundo Rivas, Alejandro Bueno, Palilo Reyes, Juan de Mata Monción, el español Angulo, el artillero San Mézquita, Tomás Aquino Rodríguez, Sotero Blanc y Juan de La Cruz Álvarez) cruzaron la frontera y, junto a otros que los esperaban en territorio dominicano, tomaron el cerro de Capotillo y enarbolaron la bandera tricolor anunciando el reinicio en firme de las hostilidades contra el gobierno ocupacionista español.

En las siguientes semanas la guerra se generalizaría en el Norte, y el empuje de los patriotas fue de tal magnitud que en el mes de septiembre los españoles quedarían sitiados en el Fuerte San Luis de Santiago tras violentos enfrentamientos que incluyeron el incendio de gran parte de la ciudad. En el ínterin los españoles recibieron apoyo de refuerzos provenientes de Puerto Plata, pero aún así no pudieron romper el cerco de los patriotas. Finalmente, el 13 del mismo mes, luego de concertar un armisticio, los peninsulares abandonarían la heroica ciudad cibaeña, y al día siguiente se instalaría el Gobierno Provisional Restaurador, encabezado por el general José Antonio Salcedo (simpatizante de Buenaventura Báez) e integrado por ciudadanos de reconocida trayectoria patriótica o civilista.

El primer gobierno restaurador fue encabezado, como ya se ha dicho, por un militar baecista de probada capacidad como jefe de operaciones bélicas, obviamente en razón de las necesidades de mando de la guerra en marcha, pero entre sus integrantes (el vicepresidente era Benigno Filomeno Rojas, y los restantes miembros fueron Ulises Francisco Espaillat, Máximo Grullón, Pablo Pujol, Pedro Francisco Bonó, Alfredo Deetjen, Sebastián Valverde y Belisario Curiel) se destacaban varios de los “pendejos” que habían protagonizado la revolución cibaeña de julio de 1857 y prohijado la Constitución liberal de febrero de 1858.

Las jornadas militares patrióticas de la Restauración asumieron básicamente la forma de una “guerra de guerrillas”, con una duración de casi dos años, y mientras se desarrollaban se registraron importantes acontecimientos y cambios políticos tanto de un lado como del otro: en el bando anexionista se produjo una obligada sucesión de gobernadores españoles (Carlos de Vargas en octubre de 1863, y José de la Gándara en agosto de 1864), hubo enfrentamientos entre Santana y los jefes españoles, y se conoció la muerte del caudillo hatero en su hogar (julio de 1864), mientras que en el sector restaurador afloraron abiertamente las contradicciones entre los patriotas (golpe de Estado contra Salcedo en octubre de 1864 y su sustitución por el general Polanco, y los gobiernos de Rojas, en enero de 1865, y Pimentel, en febrero de 1865), el nacimiento del liderazgo del general Gregorio Luperón y la puesta en vigor de una constitución liberal (casi la misma de Moca de 1858).

En el primer trimestre de 1865 ya era notorio que el sesgo de los acontecimientos había convencido a las principales autoridades de España de que la aventura anexionista no era viable, y las cortes votaron la salida de territorio dominicano, decisión que fue oficializada por la reina al firmar un decreto al tenor fechado el 3 de marzo de 1865. El estado de guerra, sin embargo, terminaría en realidad el 10 de julio de 1865 cuando, después de unas tratativas en las que la parte dominicana se negó a aceptar condicionamientos de ningún tipo, los españoles empezaron a abandonar la isla, en reconocimiento pleno de la victoria de los restauradores.

De manera, pues, que bajo el signo ideológico del patriotismo liberal renace de sus cenizas la República Dominicana, aunque desde luego no sólo por la presencia de la pluma y la palabra sino también, y fundamentalmente, por efecto de la guerra de guerrillas, el golpe de machete y la fuerza de las bayonetas. La Segunda República fue, pues, hija de la voluntad libertaria armada de los dominicanos.

Es obvio que, a la luz de los criterios hoy preponderantes sobre lo que deben ser la política y sus operarios, la Restauración de la República fue conceptualmente una obra victoriosa de los “pendejos” contra los “realistas” y los “prácticos”, e inauguró una singular etapa de la historia dominicana en la que desempeñaría un rol trascendental una falange político-social que se incubó en su seno: el Partido Azul (también denominado Partido Nacional, Partido Liberal o Partido Nacional Liberal), liderado por uno de los héroes de esa trascendental gesta patriótica, el general Gregorio Luperón.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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