Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

“Pendejos” Y “Realistas” en la primera república

El período histórico comprendido entre el 24 de noviembre de 1844 (día en que la Constitución de San Cristóbal fue oficialmente publicada en la capital de la república) y el 18 de marzo de 1861 (día en que fue proclamada la anexión a España en la plaza de la catedral de Santo Domingo), como se sabe, fue señoreado por la figura de Pedro Santana, y no sólo porque se impuso con la fuerza de las armas sino también por la dispersión o la división de sus opositores.

Por supuesto, el dominio del caudillo hatero no dejó de ser resistido desde el principio por algunos sectores nacionales, pues tanto antes como durante el proceso de sanción del texto constitucional hubo quienes objetaron su poder omnímodo, como en su momento se puso de manifiesto en el enfrentamiento de varios constituyentes con la Junta Central Gubernativa en cuanto a varios temas capitales: el proyecto de empréstito Hendrick, la declaración de inviolabilidad del 14 de octubre de 1844 o el fatídico artículo 210 del referido documento sustantivo.

Los estudiosos de la historia dominicana no tienen una opinión unánime sobre el artículo 210 de la Carta Magna de 1844, pues mientras unos (como, por ejemplo, Rodríguez Demorizi, Frank Moya Pons o Franklyn J. Franco) creen que se trató de un texto que consagraba la dictadura, otros (como, entre otros, Contín Aybar o Campillo Pérez) lo entienden como “una previsión política” enteramente atribuible a las “circunstancias” y a la “formación social de nuestro medio”.

Lo cierto es, sin embargo, al margen de toda discusión de fondo sobre el tema, que en lo relativo al mencionado artículo Santana logró finalmente imponerse (y no precisamente con base en la persuasión verbal o doctrinaria), y con ello propinó una estocada mortal al espíritu liberal del proyecto original de la Constitución de San Cristóbal y, en particular, colocó una espada de Damocles sobre las garantías y libertades fundamentales consagradas en el mismo.

Una vez “santificado” legalmente en el poder por conducto del Pacto Fundamental de 1844, Santana gobernó el país con un pedestre criterio de “salud pública” que lindaba con la tiranía: es absolutamente cierto que su espada preservó la paz interna y nos garantizó la independencia frente a las reiteradas amenazas de Haití, pero también lo es que conculcó los derechos constitucionales y cometió numerosos desmanes contra sectores o personalidades progresistas y liberales de la vida nacional que le adversaban.

En realidad, la administración de Santana significó, entre otras cosas, la derrota de los “pendejos” y la victoria de los “realistas”, tal y como se puso de manifiesto en la entronización de un estilo de gobernar cerril y tiránico, en los fusilamientos de María Trinidad Sánchez y los hermanos Puello, y sobre todo en el despiadado avasallamiento del ideal nacionalista y liberal que se había acunado en las entrañas de La Trinitaria.

Cuando Santana resignó el poder en septiembre de 1848 (abrumado por el descrédito y la impopularidad a resultas de su proceder despótico y de la galopante crisis económica) la nueva administración, encabezada por el antiguo trinitario Manuel Jiménes, supuso un cierto renacer de las esperanzas de los “pendejos”, sobre todo por la amnistía general que decretó y por el nuevo estilo de gobernar que adoptó. Sin embargo, en abril de 1849, el Congreso, preocupado por curso de una nueva invasión haitiana, acusó de debilidad al presidente Jiménes y llamó a Santana para “ayudar” a combatirla.

La “ayuda” de Santana fue doblemente “efectiva”: contribuyó a detener el avance de los invasores y, tras rebelarse contra el gobierno, provocó una guerra civil. La secuela es conocida: aplastó definitivamente a los “pendejos” (derrocando a Jiménes) y se erigió nuevamente en árbitro de la vida nacional. En las elecciones de julio de 1849 salió electo Santiago Espaillat, el candidato señalado por Santana, pero ante la negativa de aquel a aceptar la presidencia (en la convicción de que el poder detrás del trono lo sería el caudillo seibano) en agosto se realizaron nuevas elecciones, y resultó elegido, con la bendición del santanismo, el entonces presidente del Congreso, Buenaventura Báez.

La primera administración de Báez se caracterizó por su independencia frente a Santana, fortaleciendo su propio liderazgo y adoptando providencias (como la amnistía a ciertos grupos de exiliados, la reorganización del ejército y la negociación de un Concordato con la iglesia) que disgustaron al caporal del Este, quien, al terminar el mandato del primero, lanzó su candidatura presidencial, y resultó escogido como Primer Magistrado de la Nación por segunda vez en febrero de 1853.

El segundo gobierno de Santana fue también de confrontaciones y represiones. Se encaró nuevamente con la iglesia, deportó al ex presidente Báez y promovió un acuerdo de protección con España. La oposición liberal en el Congreso se manifestó abiertamente frente a los métodos autoritarios de Santana, y exigió una revisión constitucional que eliminara los poderes extraordinarios de que éste disponía. Constreñido por las circunstancias, Santana aceptó, y en febrero de 1854 se votó una nueva Constitución, relativamente más liberal y progresista que la anterior.

Ese triunfo de los “pendejos”, no obstante, fue efímero. Santana no estuvo conforme con la nueva Constitución: alegó que no le permitía gobernar adecuadamente en las circunstancias prevalecientes. Bajo amenazas de todo tipo, obligó al Congreso a votar la reforma constitucional conservadora de diciembre de 1854 que, entre otras cosas, estableció un Congreso unicameral y amplió el período y los poderes del presidente de la república. En los hechos, la nueva Carta Magna establecía una semidictadura.

Luego de enfrentarse exitosamente una vez más a las incursiones agresoras de Haití, Santana fue víctima de la impopularidad que le generaron la crisis económica, los consabidos procedimientos dictatoriales, la abierta oposición de los simpatizantes de Báez y las intervenciones en su contra del cónsul español Antonio María de Segovia, quien recelaba de sus tratativas con los Estados Unidos. Así, sintiéndose virtualmente solo, se retiró a su finca de El Seibo y, desde allí, renunció en mayo de 1856. Lo sustituyó el vicepresidente Manuel de la Regla Mota.

En octubre del año citado, Báez retornó al poder en virtud de una maniobra urdida por el cónsul Segovia (se le designó vicepresidente y, a seguidas, de la Regla Mota renunció, dándole paso a él). Este segundo gobierno de Báez se caracterizó por ser sectario y vengativo (apresó y reprimió a sus adversarios, y envió al ostracismo a Santana), y por una política de emisión monetaria que liquidó el valor del peso dominicano y se convirtió en una estafa sobre todo para los productores del Cibao, provocando la ruina de éstos y generando la espantosa crisis financiera que dio lugar a la revolución cibaeña de julio de 1857.

La revolución cibaeña tenía un fundamento político e ideológico liberal, es decir, fue obra de los “pendejos”. Declaró derrocado a Báez y se estableció un gobierno provisional bajo la dirección del general José Desiderio Valverde, como presidente, y del abogado Benigno Filomeno de Rojas, como vicepresidente. Las tropas del nuevo gobierno marcharon sobra la capital, donde se encontraba atrincherado Báez, quien contaba con el apoyo de sus partidarios en el Este y en el Sur, y la sitiaron. Ante la exitosa resistencia de éste último, en agosto el gobierno de Santiago decidió amnistiar a Santana y ofrecerle el mando de sus tropas. Así, increíblemente, el caudillo conservador se convierte en jefe militar de la revolución liberal. Los “pendejos”, como se dice, popularmente, habían “afilado cuchillo para su propia garganta”.

En septiembre, mientras la guerra se desarrollaba en todo el país, el gobierno de Santiago convocó a un Congreso Constituyente. Éste se reunió en la villa de Moca desde la primera semana de diciembre, y luego de deliberaciones en las que se impusieron ampliamente el ideal republicano y los principios progresistas de la democracia y la libertad, en febrero de 1858 votó un nuevo texto: la llamada constitución liberal de Moca, la primera que estableció el sufragio universal en el país, indudablemente hija del pensamiento y la voluntad política de los “pendejos”.

Como era de esperarse, Santana fue adverso a la nueva Carta Magna. Tan pronto Báez sale del poder y marcha al exilio (en junio del año citado), Santana entra victorioso a la ciudad de Santo Domingo como amo de la situación. Y, tras algunas escaramuzas verbales, ejecuta el golpe de Estado del 27 de julio de 1858 que anuncia el fin del gobierno revolucionario de Santiago. En el mes de agosto los cibaeños aceptan el hecho consumado, reconociendo su inferioridad militar, y el 27 de septiembre Santana decreta la restitución de la constitución conservadora de diciembre de 1854. Una vez más se habían impuesto los “realistas” con la fuerza de las armas.

La tercera administración de Santana tuvo que enfrentarse al estado de ruina económica y financiera en que quedó el país tras la guerra, y adicionalmente a la amenaza de una nueva invasión haitiana. Afortunadamente, Faustino Soulouque fue derrocado en Haití, y esta última posibilidad no se concretizó. De todos modos, la situación eran tan difícil que por lo menos desde fines de 1859 Santana tenía otra vez entre ceja y ceja la idea de que la única solución era el protectorado extranjero, y por eso inició negociaciones secretas con el gobierno de España. El 27 de abril de 1860, en carta a la reina, solicita formalmente la anexión a España.

Finalmente, el 18 de marzo de 1861, en medio de una situación general matizada por la crisis financiera, la pérdida de la fe en el Estado nacional, las amenazas norteamericanas de intervención, la oposición pancista del baecismo y unas muy escasas voces de “pendejos” defendiendo la independencia, Santana proclamó la anexión a España en la plaza de la catedral. Así murió la Primera República. El Estado dominicano, sacudido por las luchas intestinas y la preeminencia de los “realistas” sobre los “pendejos”, solo pudo sobrevivir por algo más de tres lustros.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

lrdecampsr@hotmail.com

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