Miercoles 29 de Marzo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La feria de la política: pinceladas históricas para pendejos

En la República Dominicana la política siempre ha tenido características feriales o carnavalescas, es decir, se ha desarrollado como una actividad más o menos pintoresca en la que, en general, predominan la palabra hueca, el bullicio, los gestos provocadores u obscenos y la burla en forma de sátira o de demagogia.

El doctor Julio Genaro Campillo Pérez (en su “Historia electoral dominicana”) puso de manifiesto que los primeros lances políticos escritos de cara a la definición del ser nacional se produjeron entre nosotros con la confrontación de ideas en varias publicaciones rudimentarias. El distinguido historiador, jurisconsulto y genealogista dominicano ha denominado este período como el de “los antagonismos entre el grillo y el ruiseñor” (1).

Esas primeras divergencias de opinión política que se expresaron por escrito en nuestro país asumieron perfiles de relajamiento o de cierta espectacularidad: las fábulas de don José Núñez de Cáceres en “El duende”, las opiniones de José María Serra en su hoja manuscrita firmada por “El dominicano español”, los “ruidos” de doña Manuela Rodríguez en “La chicharra”, o los duelos de palabras escenificados en el umbral de la independencia por conservadores y duartistas a través de “El grillo dominicano” (redactado por Juan Nepomuceno Ravelo) y los sueltos autonomistas radicales firmados por J. M. Filorio.



El posterior carácter ferial de la política dominicana ha quedado recogido profusa e indubitablemente por múltiples documentos y autores a lo largo de nuestra accidentada historia, aunque, como es sabido, durante el siglo XIX y parte del XX la misma en variadas ocasiones asumió la forma de revueltas armadas, intrigas interregionales y guerras civiles.



Ulises Francisco Espaillat, el único dominicano que ha renunciado pura y simplemente a un rango de General de Brigada, advertía en 1875 sobre los amaneramientos propios de la política dominicana. En efecto, en una carta dirigida al presidente de la Sociedad Liga de la Paz (publicada en “El Orden” del 13 de junio de ese año), el ilustre repúblico, luego destacar las características de los procesos electorales estadounidenses, decía: “…en los Estados Unidos pasaría por impostor cualquier persona, por respetable que fuera, si contara que en nuestra patria, cuando un aspirante desea llegar al poder, emplea un medio más sencillo, aunque en extremo indecoroso, cual es el de las revueltas. No se admirarían tanto de la poca dignidad del pretendiente, cuanto de la extremada ignorancia del pueblo, que se presta torpemente a ser el instrumento de su propia desgracia”.



En el discurso que pronunció el 29 de abril de 1876 al juramentarse como presidente constitucional de la república, el mismo Espaillat señalaba lo siguiente: “No es raro oír decir que a ciertas personas no se las puede castigar, ya porque pertenecen al partido que está en el poder, ya porque son buenos peleadores. Esto no puede seguir así, por más que algunos pretendan asegurar que este sea un medio de robustecer a un partido. Yo creo que este es un gravísimo error, y pienso que si los partidos políticos aquí se han ensañado tanto, ha sido debido en su mayor parte a este ruinoso modo de entender la justicia”.



El gobierno de Espaillat, como se sabe, duró menos de siete meses, pues fue derrocado por una absurda revuelta de partidarios de los ex presidentes Báez y González. Aún en la derrota, era tal el prestigio del destacado civilista cibaeño que los golpistas no se atrevieron a encarcelarlo ni a deportarlo, y le permitieron regresar al hogar en su Santiago natal. Luego, decepcionado, Espaillat anunció su retiro de la política, y con él lo hicieron descollantes figuras del liberalismo dominicano, entre ellos el padre de la historiografía nacional, don José Gabriel García.



En abril de 1878, dos semanas antes de morir, el egregio patriota rechazó una designación como representante del gobierno en el Cibao, y en la carta que a tal efecto envió a Ignacio María González, entonces presidente de la República, afirmaba lo que sigue: “En países combatidos por las discordias civiles, como desgraciadamente lo está el nuestro, es imposible para el público el separar los intereses puramente de la sociedad, de los de partido, de tal modo que son muy pocos los que dejan de ver las cosas bajo el prisma de sus respectivos intereses personales”.



Francisco Moscoso Puello, un médico y escritor dominicano de principios del siglo XX de gran lucidez como sociógrafo, en sus “Cartas a Evelina” nos habla sobre la política de manera zahiriente: “Para la gran mayoría, la política… es la ciencia de los audaces, la ciencia de los cínicos, lo cual he estado a punto de creer muchas veces, debido a la rareza con que los hombres dignos son escogidos para conducir los pueblos”.



Sobre los políticos, en particular, Moscoso Puello tampoco tenía la mejor de las opiniones: “Los políticos constituyen una casta especial de hombres, inficionados de un ideal morboso, devorados por las más bajas pasiones que usted pueda imaginarse y que aman apasionadamente la Hacienda Pública. La verdadera calamidad del trópico son estos seres políticos, los mosquitos, los huracanes, el mal de Bright y el paludismo. No podría establecer diferencias importantes entre estas calamidades”.



En otro contexto, al referirse a las aspiraciones en política de los dominicanos, Moscoso Puello ya había señalado: “Un hombre sin un cargo público, en este país, no es un hombre completo. Un cargo público es algo indispensable para cumplir con los fines de la vida. La vida es algo, pero el cargo es casi todo. Un hombre sin un cargo público es una cosa, un artefacto, no se le toma en cuenta nunca, ni siquiera se le mira. Porque lo que es digno de admiración, de codicia y de respeto es el cargo”.



Más adelante, Moscoso Puello, al declarar satíricamente su intención de postularse para concejal (“porque la mejor manera de defenderse de estas calamidades es inmunizarse con ellas mismas”, pues los “mosquitos no les pican a los otros mosquitos”), recuerda divertidamente lo siguiente: “Hay que ser algo. Cualquier cosa, menos un ciudadano pacífico y respetuoso; eso sí que es grave en el trópico y hasta no deja de tener sus peligros. Los cargos públicos constituyen un medio de vida, el único medio de vida, cuando se aspira a una vida cómoda y desahogada. Es además una posición de defensa. Si no se tiene un cargo se está expuesto a muchas contingencias. Por el contrario, cuando se tiene alguno, se goza de consideraciones”.



José Ramón López, un periodista y escritor de aguda capacidad de observación que es considerado por algunos como el primer sociólogo dominicano, decía a principios del siglo XX que la política era una “patogenia” en la República Dominicana que se expresaba como “una forma nocivísima de la neurastenia”. Y agregaba: “Política es, entre nosotros, pasión a caballo o en automóvil”.



En el país, afirmaba López, “No hay verdad en ningún adjetivo ni en verbo alguno en política. A un hombre público de cualquier época lo califican sus enemigos de tirano. Sus amigos, cuando menos, dice de él: redentor, providencial, salvador, pacificador, etc.… Los partidos no luchan: pelean… No sustentan ideas: defienden u ofenden personalidades”.



Luego de haber afirmado que “Política, para muchos, es endiosamiento, indiscutible suficiencia, pasiones, simpatías, antipatías: todo lo que es sentimiento que no ha llegado al cerebro”, el destacado periodista precisa lo que sigue: “En la verdadera política, en la política de intereses morales y materiales de la colectividad, hay también intereses personales, porque nada humano está desprovisto de ellos. Pero los intereses personales no van dentro del carro, no son cosa principal. Cada uno de los que empujan el carro lleva sobre sí sus aspiraciones, sus deseos y, claro está, a medida que avanza en el trabajo de empujar el continente de los intereses generales, quiérase o no, también progresan los personales que lleva encima cada empujador”.



Finalmente, López hace una recomendación que parecería concebida para el siglo XXI dominicano: “Civilicémonos. No se ha civilizado pueblo alguno por la indumentaria ni por la arquitectura. Vestir bien y tener buenos edificios sólo prueba que se tiene dinero. Civilización es, por sobre todo, cultura moral, prescindencia o domesticidad de la pasión, para que la ciencia y el buen sentido dominen serenamente en la conciencia de los pobladores”.



El doctor Joaquín Balaguer, en el discurso que pronunció en ocasión de su ingreso como Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, resumió la historia política del país como “una pugna sin fin entre los demagogos vulgares que ansían a toda costa el poder y los teorizantes de espadín y capa que bajan a la plaza pública envueltos en la gloria desgarrada de los héroes”.



Balaguer es autor de un singular texto sobre las contiendas cívico-militares dominicanas entre 1867 y 1911 (“Los carpinteros”) que debería ser libro de almohada de los dominicanos por la vastedad de sus enseñanzas políticas prácticas. En esta obra, probablemente única en su clase, el ex-presidente de la república hace la historia de la política dominicana en el período señalado, y nos muestra el carácter irracional, levantisco y oportunista de la mayoría de sus oficiantes: habla de los sueños revolucionarios truncos, de las traiciones más abominables, de las asonadas sin sentido, de los magnicidios, de la “polilla palaciega”, del arribismo, del burocratismo, de la soledad del poder y de las frustraciones personales y sociales generadas por la política en nuestro país.



Sobre lo pergeñado en sus propias vivencias, Balaguer (en “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”) ha hecho la reflexión que se transcribe: “¿Es que existe una moral valedera para los actos de la vida política y otra muy distinta para los de la vida privada? No lo sé. Pero lo cierto es que la política pone una venda sobre los ojos de los hombres y los convierte muchas veces, inconscientemente, en instrumentos dóciles de causas que en lo íntimo de su ser rechazan como incompatibles con sus sentimientos más elevados”.

En el mismo texto, Balaguer dice: “La experiencia de alrededor de 60 años de vida pública me convence de que las enemistades políticas son siempre circunstanciales. El distanciamiento en política no suele ser hijo del odio ni de la pasión, sino más bien del desconocimiento y de la falta de comunicación personal entre enemigos aparentemente enconados. El enemigo de hoy puede trocarse mañana en el mejor colaborador y en el mejor amigo… Paradójicamente muchos otros hacen alarde exagerado de su adhesión política y en un momento dado por cualquier razón, a veces sin motivo aparente, se transforman en enemigos acerbos y en detractores gratuitos. Esa es desgraciadamente la naturaleza política y esa es asimismo la naturaleza del hombre”. Y luego concluye, de manera sentenciosa: “En cada político hay un Yago (el personaje simulador, intrigante y traidor de “Otelo”, la célebre tragedia de Shakespeare, nota de L. R .D. R.), pero hay también un Juan Isidro de la Paz, quien al ver a Duarte en peligro de muerte acude a él para decirle: Sé que vas a morir y vengo a morir contigo”.

El doctor Campillo Pérez, por otra parte, es quien nos ha legado la más exacta cronología clasificatoria de la historia político-electoral dominicana, y esta no puede ocultar su inefable curso teatral: “a) Primer Ciclo: Ciclo Santana, por haber dependido de la fuerza de este caudillo la suerte de los procesos que ocurrieron bajo su égida; b) Segundo Ciclo: Ciclo de los Colores, al participar alternadamente en el mando los bandos políticos que se denominaron rojos, azules y verdes; c) Tercer Ciclo: Ciclo Heureaux, al ser controlado el ejercicio del sufragio de manera absoluta por el “Pacificador de la Patria”; d) Cuarto Ciclo: Ciclo de los “dos gallos”, que recoge las pugnas entre los dos bandos rivales que encarnaban Juan Isidro Jiménez y Horacio Vásquez, representado el bando del primero por un “gallo bolo” y del segundo por un “gallo rabú”; e) Quinto Ciclo: Ciclo Trujillo, en el cual sólo predominó la voluntad omnímoda de Rafael Leonidas Trujillo; f) Sexto Ciclo: Ciclo actual, que se inicia después de la muerte de Trujillo y que se está viviendo en estos momentos”.

Como se puede observar, la verdad simple y sencilla es una sola: en la República Dominicana, en términos históricos, hemos disfrutado y sufrido alternativamente con una auténtica feria de la política, y en esa virtud han abundado (unas veces con algarabía mordaz, pero otras veces con estruendo trágico) los domadores de fieras, los payasos, los malabaristas, los “fenómenos” humanos, los animales salvajes, los carruseles, las montañas rusas, y, desde luego, también los dueños del circo (que, por cierto, han terminado convirtiendo a los ciudadanos decentes en unos verdaderos “pendejos”).

(1) Las fuentes en las que se originan esta y las siguientes citas se encuentran consignadas en el original de este artículo, pero han sido suprimidas expresamente para hacer su lectura menos densa.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo

lrdecampsr@hotmail.com

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