Domingo 23 de Abril del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

La vieja vaina del "bien común": anatomía del político pendejo

Es una verdad de Perogrullo que cuando se habla en la actualidad de político “pendejo”, al margen de ideologías y latitudes, se está designando a aquel individuo que participa en la actividad partidarista sobre la base de premisas de pensamiento y responsabilidad social que no sólo no le reportan beneficio material o personal alguno sino que muchas veces se expresan en pérdidas económicas, infortunios existenciales maledicencias sociales o agravios gratuitos.

Es más, recordemos que el mismo diccionario de la Academia, en un curioso ejercicio de prolijidad, luego de definir el vocablo “pendejo” como “Pelo que nace en el pubis y en las ingles”, ofrece dos acepciones del mismo que validan la afirmación que precede si se las aplicamos al individuo que participa en política: “Hombre cobarde y pusilánime” y “Hombre tonto, estúpido”.

Desde luego, lo último impone aclarar que modernamente hablamos de un político “pendejo” para referirnos no necesariamente al oficiante cobarde, pusilánime, tonto o estúpido (que, por otra parte, existe y abunda como la verdolaga aquí, allá, acullá y allende los mares): en realidad, la idea y el concepto se aplican muy específicamente, tal y como ya se ha sugerido, a aquel dirigente o militante que participa en actividades partidistas con espíritu de servicio y situándose al margen de las hoy “sacrosantas” apetencias materiales o pancistas.

En otras palabras, lo de “pendejo”, en el terreno en que discutimos, en estos momentos no se relaciona absolutamente con la falta de energía, voluntad, inteligencia o habilidad sino todo lo contrario: tiene que ver, puntual y concretamente, con la integridad personal, la verticalidad doctrinaria, la renuencia a ser parte de los rebaños políticos y la tendencia al privilegio de la ahora nada acreditada proclividad al “bien común” en tanto objetivo estratégico de la vida en sociedad y el activismo partidario.


“Pendejo” es, pues, en el lenguaje hoy en boga tanto en nuestra sociedad como en parte importante del mundo, el ciudadano sencillo que se decide a participar en el laborantismo político con base en determinados ideales de redención social y progreso colectivo, es decir, no procurando excluyentemente beneficios materiales inmediatos o futuros sino promoviendo “eso” que antes se denominaba orgullosamente “sensibilidad social”, “compromiso patrio” o “bienestar general” (“eso”, por cierto, que hoy para muchos es motivo de vergüenza hasta pensarlo porque los sitúa ante sus congéneres en una despreciable posición de hilarante ingenuidad o, conforme a la nueva ideología del peledeismo, los tipifica como “envidiosos”, “provocadores”, “promotores de desórdenes” o simplemente “monigotes”).

“Pendejo” es el extrañísimo político que ejerce su rol de militancia o de dirigencia con sanidad de alma y conducta (fundamentado en valores como la decencia, la fraternidad y la solidaridad), preocupándose por los problemas de sus compañeros, auspiciando la protección de los intereses del país, de su partido y de sus asociados, y sobre todo entendiendo que la adhesión partidaria no es un ejercicio de vedetismo público ni una apuesta matemática de negocios sino un medio para alcanzar metas globales de bienestar humano y desempeñar un rol histórico de trascendencia positiva.

“Pendejo” es el dirigente o militante de la política que, informado y guiado por determinas coordenadas éticas (habitualmente emanadas de una de las grandes corrientes del humanismo histórico: el judaísmo, el cristianismo, el marxismo original y el espiritualismo oriental), es incapaz de aprovecharse de su condición para chantajear a nadie, no se escuda tras las estructuras partidarias para disimular u ocultar sus malas correrías sociales o inconductas individuales, y por ello mismo resiste la tentación de disponer en su favor de recursos o dineros puestos en sus manos para la realización de tareas propias de la organización o la institución a la que pertenece.

“Pendejo” es el político que dedica horas enteras a estudiar para aprender o para enseñar a sus congéneres, que investiga seria y sesudamente sobre la naturaleza y las soluciones posibles a los problemas nacionales o internacionales, que no habla en los medios de comunicación sin antes haberse documentado adecuadamente, y que se niega a decir cualquier cosa que no responda a la verdad aunque lo reclamen coyunturalmente la disciplina de grupo, la lógica partidaria o las conveniencia banderizas.

“Pendejo” es el político que escucha a los demás, que pregunta honestamente sobre lo que no sabe, que no se cree ni pretende ser un sabelotodo sino que reconoce sus limitaciones culturales o cognoscitivas, que sólo habla cuando tiene algo constructivo que decir, que se niega a hacer uso del dicterio o la maledicencia en la conversación personal o en el debate público, y que no promete absolutamente nada que no pueda cumplir.

“Pendejo” es el político que llega a uno de los poderes públicos que son recipiendarios de su laborantismo y no abusa de éste ni se enriquece sino que sale de él más pobre o con un patrimonio parecido al que tenía cuando entró (por lo cual puede publicar sus declaraciones juradas de haberes y pasivos a la entrada y a la salida de su gestión), o el que se dedica a servir y a promover el bienestar comunitario y no a engordar o favorecer sus intereses personales, familiares o de grupo, y que no intenta alcanzar o mantenerse en esa posición con malas artes, con dinero sucio (público o privado) o en contra de la opinión de sus propios electores.

“Pendejo” es, en fin, el político que se atreve a atesorar ideales (a contracorriente de una realidad social dominada por el utilitarismo, la petulancia acartonada, la ambición desmedida y la frivolidad), que está dispuesto a sacrificarse personalmente por ellos aunque le digan “poeta” o “filorio”, que piensa y actúa con honestidad en todas las circunstancias, que asume la actividad que desarrolla casi como un sacerdocio destinado al servicio de los demás, y que trabaja para que su organización política se convierta en una prefiguración de su ideal de sociedad.

De manera, pues, que si estamos contestes en que todo eso es lo que se denomina un político “pendejo”, la simple verdad es que la historia está llena de ellos (porque han sido los “pendejos” los que escribieron con su vida y sus ejemplos las más hermosas páginas del devenir nacional y planetario), independientemente de que actualmente sólo los recordemos en los libros, con los nombres de las calles o en el silencio marmóreo de los bustos, las estatuas y los monumentos.

Y, desde luego y por el otro lado, la conclusión luce más que obvia: tal aserto pone de manifiesto que, contrariamente a lo que se podría creer o suponer, nunca ha sido fácil ser un “político pendejo”, y mucho menos ahora, en esta “era” gloriosa del peledeismo posboschista en el poder, en la que, como se ha demostrado palmariamente, “el ratón está al cuidado del queso”.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

lrdecampsr@hotmail.com

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