Sábado 24 de Junio del 2017
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José Carvajal

Carlos Alberto Montaner: Otra vez adiós

El autor de una novela cumple su cometido cuando el que termina de leer la obra siente de inmediato el vacío de la irremediable despedida de los personajes que llenaron días de lectura placentera. Y fue precisamente un vacío con dejo de nostalgia lo que sentí yo al cerrar “Otra vez adiós”, lo más reciente de Carlos Alberto Montaner.

Por lo general intento leer ficción dejándome embrujar por el relato, pero igual me gana la manía de buscar defectos en el texto, y salvo algunos descuidos de edición, no necesariamente atribuibles al autor, puedo decir que el discurso narrativo de “Otra vez adiós”, entiéndase el estilo y el orden, es casi magistral. La historia fluye con naturalidad, los personajes respiran, sienten y se mueven solos, tan humanos como usted y como yo.

Mario Vargas Llosa sostiene que “la soberanía de una novela no resulta sólo del lenguaje en que está escrita. También, en su sistema temporal, de la manera como discurre en ella la existencia: cuándo se detiene, cuándo se acelera y cuál es la perspectiva cronológica del narrador para describir ese tiempo inventado”. Siendo así, Montaner nos ha entregado una gran obra de ficción.
Tres mujeres (Inga, Mara y Rachel) marcan las tres vidas que al final de la novela el propio David Benda reconoce haber vivido a lo largo de estas más de 400 páginas en las que transcurre un lapso de unos setenta años.

Benda es un pintor judío nacido en Viena que siendo muy joven huye de la persecución poco antes de la Segunda Guerra Mundial y se establece en Cuba, adonde llega tras la falsa acusación de homicidio por la muerte de su novia Inga, un crimen atroz cometido por un ex compañero de escuela de él, por demás antisemita, y de quien el artista jura vengarse. Todo eso obliga a David Benda a cambiar de nombre para salvarse de una muerte inminente; al principio de la novela se llama Ludwig Goldstein.

Durante el viaje en el Saint Louis, “el barco de los condenados”, Benda conoce a Rachel y se enamora de ella, pero se separan al llegar a puerto de La Habana. Un amigo de Benda, Yankel Sofowicz, que había llegado a Cuba primero, lo tenía todo arreglado para que el gobierno de Fulgencio Batista lo recibiera sin mayores complicaciones. Sin embargo, y aunque lo intentó, Benda no pudo lograr que Rachel desembarcara con él porque después de muchas negociaciones sólo le concedieron una visa de inmigrante y Rachel iba acompañada de su padre. Ella decide permanecer finalmente en el barco con su progenitor y Benda se queda en La Habana con la firme decisión de iniciar una nueva vida y borrar la mala experiencia del pasado.

En Cuba, David Benda conoce a Mara y se enamora otra vez. Pero al igual que la relación anterior, el adiós marca el fin de esta aventura del corazón cuando, atosigado por un régimen cada vez más totalitario y de cambios poco favorables en la isla caribeña, decide marcharse a Estados Unidos: primero Miami y luego Nueva York. El objetivo era la busca de la libertad absoluta.

En Manhattan, Benda se reencuentra con Rachel después de veinticuatro años sin verla. Para entonces ya no eran tan jóvenes, rondaban los cuarenta y tantos. Aun así Rachel, todavía sin hijos y sin suerte en el amor por la adversidad del destino, se aventura a quedar embarazada y nace Moses. Pero años más tarde la madre y esposa abnegada muere de cáncer.

En realidad, el marco de las aventuras de David Benda es todavía mayor y la estructura de la novela merece mejor tratamiento que este comentario mediático. Hay muchos temas que Montaner explora con sobrada madurez y experiencia: el amor, el odio, la traición, las relaciones humanas, el matrimonio, los sentimientos ante el dolor propio y ajeno, el desencanto, la traición, la amistad, la hipocresía política, las ideologías, la vanidad, las psicologías femenina y masculina, el erotismo, las casualidades de la vida, el coraje de morir, el perdón, el arte al servicio de intereses particulares, el arte puro, y, por encima de todo, la libertad del hombre como derecho innegociable.

También es palpable un cruce de géneros y oficios: aparecen en esta magnífica historia el Montaner periodista culto, el ensayista y el comentarista político. Sin embargo, además de la Libertad con mayúscula, la gran protagonista de esta ambiciosa obra es la Historia, o ese deseo de narrar los hechos dentro de un marco temporal histórico para que todo parezca más verdad que mentira. Ciertamente, diría Vargas Llosa, “no se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo”.

Para los que gustan de la literatura, el capítulo nueve de “Otra vez adiós” no tiene desperdicio. Es la crónica de una tertulia en la Galería Hermanos Bécquer en La Habana y que tiene como invitado especial a Ernest Hemingway. Por allí desfilan decenas de autores cubanos cuando solo eran promesas o grandes figuras literarias en potencia (el narrador los describe así: Carpentier, la gran promesa; Lino Novás Calvo, extraordinario escritor; Nicolás Guillén, simpático y dicharachero; Lydia Cabrera, folclorista magnífica y una buena cuentista; Virgilio Piñera, cuentista y dramaturgo excepcional; Lezama Lima, el joven obeso que fuma tabaco y habla pausadamente). En fin.

Aquella tertulia, inventiva riesgosa de Montaner como toda su novela, terminó en “una feroz e inútil discusión” cuando alguien le hace una pregunta al conferencista, quien inevitablemente hablaba de la Guerra Civil Española: “Dígame, señor Hemingway, ¿por qué no cuenta la verdad sobre lo que ha ocurrido en España? ¿Es por eso que John Dos Passos se ha distanciado de usted?”.

Sin duda tenía razón Carlos Fuentes cuando escribió en su último libro “La gran novela latinoamericana” que “la novela es un cruce de caminos del destino individual y el destino colectivo expresado en el lenguaje. La novela es una introducción del hombre en la historia y del sujeto en su destino; así es un instrumento para la libertad”.

“Otra vez adiós” termina con una exposición de siete retratos, pintados por David Benda, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Pero en el capítulo que precede a ese final de éxito y liberación absoluta, Montaner resuelve dos “cabos sueltos” en lo contado hasta ese entonces, y para ello se inventa dos llamadas telefónicas: la primera, de una amiga de Mara para darle a Benda la triste noticia de la muerte de ésta, víctima de un alud que aplastó la casa que la pareja compartió en Cuba; la segunda, de un oficial del ejército estadounidense encargado de la oficina de Washington que investigaba casos de criminales nazis, para informar que habían detenido y que juzgarían a Volker Schultz, el asesino de Inga.

No quiero concluir sin ponerle nombre a ese “diplomático dominicano” que aparece en el capítulo 26 de la novela, y que ofreció de forma dudosa el territorio de su país cuando se negociaba el desembarco de los judíos del Saint Louis en La Habana. Es probable que el susodicho diplomático que no se nombra en el texto se llamara Porfirio Rubirosa, el famoso playboy que gozó siempre de la protección del dictador Rafael Leónidas Trujillo y que hizo fortuna como embajador en Alemania, ofreciendo visas de inmigrantes a los judíos perseguidos por Hitler. Rubirosa no sólo cobraba altas sumas por ese “gesto humanitario”, sino que en muchos casos se quedaba con los bienes de sus clientes para protegerlos, pero éstos nunca llegaban a recuperarlos una vez fuera de Alemania.

También debo hacer una observación que me parece importante para futuras ediciones. En un diálogo con Mara en Cuba, Benda dice que había leído una vez un “libro magnífico” titulado “Lesiones de historia”. El narrador se refiere a una obra que reúne crónicas del disidente cubano Raúl Rivero, publicada en 2006, es decir, que no existía todavía en aquellos años en que se desarrolla la historia contada por Montaner.

La observación, sin embargo, no debe tomarse por un error que desmerite esta magna novela de Montaner. Vargas Llosa llama este tipo de señalamientos una pérdida de tiempo, porque “la verdad de la novela no depende de eso” sino de “su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia”.

En verdad, hacía mucho que no leía una novela latinoamericana de factura extraordinaria como esta de Carlos Alberto Montaner. Una obra en la que Historia y Ficción caminan de la mano de un autor que tiene todo bajo control, hasta la respiración de sus personajes.

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