Sábado 27 de Mayo del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
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Luis R. Decamps R.

De Marx a Bosch: la "envidia" de los "pendejos" socialistas

El socialismo, como se sabe, originalmente fue una corriente de pensamiento bastante disímil y multiforme, hasta el punto de que individuos y grupos humanos de concepciones políticas absolutamente encontradas adoptaron tal denominación en la primera mitad del siglo XIX.

La idea general que actualmente se tiene del socialismo, empero, si bien matizada o desbordada por múltiples interpretaciones posteriores, es la que echa sus raíces en la publicación en el año de 1848 del “Manifiesto Comunista” (su título original era “Manifiesto del Partido Comunista”), folleto en el que Carlos Marx y Federico Engels plantearon las bases para la definición de un nuevo ideal socialista.

A partir de una reinterpretación de la historia universal, Marx y Engels anunciaban la “inexorable desaparición” de la “moderna sociedad burguesa” en virtud de que sus variadas e insalvables contradicciones internas terminarían provocando una nueva revolución: “El proletariado andrajoso, esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios”.

En virtud de tales consideraciones, Marx y Engels profetizaban el inevitable advenimiento de una nueva sociedad, caracterizada por la abolición de la propiedad privada y la supresión de las clases sociales, la colectivización de los medios de producción (tierras, fábricas, etc.), la regeneración y revaloración del trabajo humano (liquidando la explotación del hombre por el hombre) y la distribución de los bienes de consumo según las necesidades (a fin de terminar con el hambre y las desigualdades económicas)… Es decir, se trataba de dos “envidiosos” de marca mayor.

En la reestructuración político-social preconizada por Marx y Engels existiría en principio un Estado de transición que adoptaría la forma de una “dictadura del proletariado” (por oposición a la “dictadura de la burguesía”), pero luego sería eliminado todo aparato estatal y la sociedad se gobernaría auto gestionariamente en un ambiente de fraternidad universal y recíproca colaboración entre los seres humanos. “El reino de la necesidad”, proclamaría Marx en algún momento, “será sustituido por el reino de la libertad”… Muy “envidioso” el “moro” judío alemán, ¿no?

Es justo consignar, a modo de reiteración, que la aparición del mencionado opúsculo de los “envidiosos” en alusión no sólo entrañó una recomposición del ideal socialista de todo el mundo (empezando la diferenciación entre los “socialistas científicos” y los otros) sino también, como ya se ha reseñado, una reformulación de la base social de las entidades que se asumieran como tales, pues en lo adelante ésta sería fundamentalmente de carácter obrero o proletario.

Con esos cambios de las bases sociales en la organización de partidos, fundamentada en la novedosa teoría sociológica de la lucha de clases como “motor que hace girar las ruedas de la historia”, nacería una nueva forma de decir y hacer en la política (la que subrayaba el “interés de clase” por encina de los valores ancestrales del ser humano individual), y subsecuentemente se entraría al terreno de una revaloración de los conflictos de la sociedad y a un rediseño del partidarismo teniendo en cuenta exclusivamente esa nueva perspectiva.

Marx y Engels desarrollaron de manera conjunta, contando con colaboradores y seguidores en toda Europa, una intensa labor intelectual y práctica para la promoción del nuevo ideal casi a todo lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Eran unos “monigotes” tan necios que durante más de tres decenios se comportaron como “envidiosos” radicales frente al poder y los privilegios que éste reditúa a sus operarios corrompidos.

La labor intelectual virtualmente se inició con los trabajos de Marx en el periódico “La Gaceta Renana” (Colonia, 1842) y los suyos y de Engels en la revista “Anales Franco-alemanes” (París, 1843), contentivos de un enfoque crítico y tajante sobre las realidades económicas, políticas y sociales de la época, y continuó con un libro conjunto (sátira a la “filosofía crítica” de Bruno Bauer) denominado “La sagrada familia” que constituyó un fracaso editorial, pues casi nadie estaba interesado en este tema cuando salió a la luz pública en 1845… Era lógico: se trataba de un tema para “pendejos”.

La labor práctica formalmente comenzó con la vinculación de Marx a la “Liga de los Justos” (París, 1844), que era una entidad radical obrera que combatía a los Estados y partidos burgueses desde una óptica intransigente y conspirativa, y con la posterior conversión de ésta en “Liga de los Comunistas” (1847). Precisamente por encargo de esta organización fue que Marx y Engels redactaron el ya mencionado “Manifiesto Comunista”, probablemente el libro más famoso de la historia, luego de la Biblia.

La actividad intelectual de Marx y Engels, unas veces de manera individual y otras veces en colaboración, se expresó en una buena cantidad de textos, entre los cuales vale la pena mencionar, por su trascendencia o su influencia en la actividad política, a “La ideología Alemana” (conjunta, 1845-1846), “Miseria de la filosofía” (Marx, 1847), “El 18 brumario de Luis Bonaparte” (Marx, 1851), “El capital” (Marx, 1865-1867), “Anti-Duhring” (Engels, 1878) y “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” (Engels, 1884).

La actividad práctica de Marx y Engels estuvo enfocada hacia la formación de una entidad supranacional (“Asociación Internacional de Obreros” o “La Internacional”, Londres, 1864), que no sólo incluía a sus seguidores (situados en minoría por entonces) sino también a los gremialistas ingleses y a los prosélitos del líder anarquista Miguel Bakunin y del pensador francés Jean Pierre Proudhon. Tal entidad, concebida como una hermandad de solidaridad global con “secciones” nacionales, constantemente se debatía en frontales contradicciones internas, y sobrevivió hasta el año de 1876.

Básicamente debido a la labor de los seguidores de Marx y Engels, más adelante, en el año de 1889, se constituyó la “Segunda Internacional”. Esta organización se diferenció de la que le precedió, entre otras cosas, en que era casi totalmente marxista y en que actuaba como una asociación internacional de partidos nacionales. La “Segunda Internacional” sobrevivió hasta la Primera Guerra Mundial (su último congreso unido fue el de Basilea de 1912), cuando en los hechos quedó disuelta como resultado de las graves e inconciliables contradicciones internas que se habían originado sobre todo a partir de las concepciones “revisionistas” de Eduard Bernstein y de las diferentes posiciones de sus líderes sobre la conflagración planetaria.

La división definitiva de la “Segunda Internacional” se consumó en 1919 cuando, tras una virulenta polémica con Karl Kautsky (el antiguo secretario de Engels que influía poderosamente en la entidad), Lenin y sus aliados constituyeron en Moscú la “Internacional Comunista” o “Komintern” (también conocida como “Tercera Internacional”), dando lugar a la constitución oficial de los partidos comunistas y al predominio del pensamiento leninista en el movimiento socialista.

En el decenio de los años veinte hubo varios intentos por reorganizar la “Segunda Internacional” (convocatoria del congreso de Ginebra de 1920 y fusión con la “Segunda Internacional y Media” en 1923), y aunque no fueron del todo infructuosos, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el protagonismo internacional que alcanzaron los comunistas bajo la dirección de José Stalin imposibilitaron su exitosa cristalización: muchos de sus puntos de vista (integrantes de una visión pluralista del socialismo) resultaron sobrepujados por la ola de totalitarismo que a la sazón cubría al pensamiento político progresista de Europa y del mundo.

La “Internacional Socialista”, fundada en Francfort en el año de 1951, en buena medida puede considerarse como la heredera histórica de la “Segunda Internacional”, sobre todo porque asumió gran parte de su visión no totalitaria del socialismo sin abandonar completamente las raíces marxistas-bernsteinianas y obreras de aquella, y dio origen a los modernos partidos socialistas y socialdemócratas, caracterizados específicamente por su distanciamiento del leninismo y del modelo comunista soviético.

Carlos Marx y Federico Engels fueron objeto de persecuciones de todo tipo por sus ideas de redención social y por la “envidia” que destilaban sus criterios, pero el primero en particular (porque el segundo provenía de una familia inglesa acaudalada) fue varias veces deportado por gobiernos europeos de la época y, algo peor aún, vivió constantemente atormentado por las carencias materiales y las dificultades financieras.

Una carta de Marx a Engels del 18 de junio de 1862, cuando el pensador alemán atravesaba por una de sus recurrentes crisis, pone de manifiesto que él era, además de un “envidioso”, lo que en estos momentos se denomina un “pendejo”. He aquí sus palabras: “Mi mujer me dice que desearía encontrarse en la tumba, junto con sus hijos, y no puedo reprochárselo, porque en este momento, las humillaciones, los terrores y los tormentos son intolerables”.

La breve reseña histórica que precede, más allá de toda discusión sobre la viabilidad o no de las ideas socialistas en el mundo de hoy, podría servir para recordar que el profesor Juan Bosch, en el momento de mayor apogeo de su liderazgo, se declaró “marxista no leninista” y admirador del socialismo, y que, a la luz de lo que piensan actualmente sus antiguos discípulos peledeístas sobre la forma en que debe manejarse la cosa pública, el ilustre polígrafo de Río Verde fue todo un “monigote”, un verdadero “envidioso” y un gran “pendejo”.

(*) El autor es abogado y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

lrdecampsr@hotmail.com

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